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EN POCAS PALABRAS

  • Foto del escritor: Francisco Almagro
    Francisco Almagro
  • hace 6 días
  • 4 Min. de lectura

Totalitarismo e Intrahistoria



Tomado de Unplash: Comedia y Tragedia
Tomado de Unplash: Comedia y Tragedia

Por Francisco Almagro Domínguez


Fue Don Miguel de Unamuno (29 de septiembre 1864, Bilbao-31 de diciembre 1936, Salamanca) quien acuñó el término de Intrahistoria: el discurso “silencioso y cotidiano” del pueblo. Unamuno, tal vez el filósofo y escritor más importante de la Generación del 98, hizo visible a través de ese concepto la narrativa detrás del relato oficial. El erudito bilbaíno creía que el discurso de las elites opacaba, minimizaba el más profundo y significativo dado por las raíces culturales y las costumbres decantadas por siglos de historias compartidas.

De algún modo, desde la Antigua Grecia, la Comedia giraba en torno a contraponer la narrativa oficial u oficiosa con la vida que vive la masa lejos de los afeites, las lumbreras y los palacios. Creían los dramaturgos helenos que la Comedia era como una purga social; aliviaba la fatuidad del poder absoluto. En la medida que la Tragedia dejó de ser asunto de superhéroes y dioses peregrinos, la Comedia trajo al pueblo el catártico imprescindible para la Democracia. Aristófanes y sobre todo Esquilo, son los representantes de lo que sin duda pudiera considerarse historia alternativa, aquella que en tono de sátira y desde lo absurdo enfrenta a la historia oficial.

Desde entonces la mejor literatura ha sido la que hurga en la profundidad de la cultura popular, en las costumbres acrisoladas por miles de años; entrega obras de aparente fácil factura, pero con empatía hacia el lector. En la buena obra de arte autor y lector parecen haber vivido experiencias similares: calzan los mismos zapatos. De ese modo, a toda historia oficial, según Michel Foucault, existe una contraparte distinta. El éxito de la tiranía consiste en hacer dominante el discurso único, uniformador.  

Uno de los méritos de la novela más importante en lengua castellana, El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, es confrontar las heroicas novelas de caballería a la frustrada, real vida delirante de Alonso Quijano. Su escudero, Sancho Panza, es el depositario de la Intrahistoria: devuelve a su amo la realidad del mundo en un proceso que los estudiosos han llamado “la sachización”. Cervantes usa la ironía y la parodia para enfrentar realidad y locura. La fantasía se hace certidumbre. La realidad se torna entelequia cuando Sancho se “quijotiza”.

En Cien años de Soledad García Márquez usa la “intrahistoria macondiana” para oponerse a la narrativa del poder, en este caso, de la United Fruit Company. Sucede al narrar la masacre de las bananeras. Inspirado en un hecho real -la matanza de los trabajadores en Aracataca, Colombia, de 1928-, el escritor deja como testigo único a José Arcadio Segundo. La versión oficial es que no hubo muertos. Pero la Intrahistoria la asume el personaje poco antes de caer de bruces y fallecer: 

-Acuérdate siempre de que eran más de tres mil y que los echaron al mar.

En la sociedad del control total el escritor solo puede ceñirse a la narrativa que emana del poder. Todas las imprentas, recursos como el papel, el lápiz, las librerías y los centros de distribución pertenecen a un solo dueño, al Partido-Estado. Hasta el invento de la imprenta de tipos móviles por el alemán Johannes Gutenberg, el catolicismo tenía el control absoluto de copistas y scriptoriums. Consecuentemente, cuando el Protestantismo se hizo de las imprentas, surgieron las “leyendas negras” de la Iglesia Católica.

Porque en el Totalitarismo no hay margen a la Intrahistoria. Antes, y es parte esencial de su sobrevivencia, construye su propia “extrahistoria”: la narrativa que hace embonar -a veces de forma violenta- con su centro ideológico; la justificación positiva a la negación de la duda humana. Debido al poder sobre todas y cada una de las esferas del conocimiento público -escuelas, universidades, medios de comunicación, centros culturales y recreativos- el Totalitarismo rescribe de un modo nada silencioso, pero si con disciplinada cotidianidad, la historia con nuevos héroes y hazañas superlativas.

Es acaso una de las razones por la cual la literatura totalitarista siempre posee un tinte trágico, un tufo funerario, dioses encarnados en lideres insepultos. Además de aburridas, las letras opresivas suelen estar mal escritas; un problema de desconexión sináptica y sintáctica. En la narrativa absolutista no hay espacio para la ironía y el desacato. Para el error y el arrepentimiento. Para lo humano, siempre falible y pecador. Fueron los pecados culturales de Pasternak, Solzhenitsyn, Kundera y Vaclav Havel.

En Cuba los habituales imperdonables: Guillermo Cabrera Infante, Jorge Mañach -quizás el primero en advertir el papel de la Intrahistoria cubana por ser un conocedor de la obra de Unamuno y de Ortega y Gasset- y el dramaturgo Virgilio Piñera. La obra de este último expresa como casi ninguna otra tal vez la cubanidad en su frustración e inmadurez política valiéndose del sarcasmo y el absurdo, quizás la mejor forma de comprender “la maldita circunstancia del agua por todas partes”.  

En los últimos años del siglo pasado el llamado Realismo Sucio de autores como Charles Bukowski y Raymond Carver pareció inspirar a varios escritores insulares. Y es que fue poco más o menos que imposible escribir sobre la Involución sin apelar a la sátira, lo irracional, la escritura minimalista. La narrativa de lo que llaman Continuidad en periodismo, ensayo o ficción, es un discurso en sí mismo incoherente, de propensión milenarista, y es lo que más se acerca al ridículo, a la comedia si no fuera por tan trágicas consecuencias para los ciudadanos.  

Por suerte, en un futuro no muy lejano, habrá suficiente talento en el exilio –“interior” y “exterior”- para recomponer la Intrahistoria cubana, hecha girones por la narrativa oficial. Si para Unamuno la búsqueda del “casticismo” era restaurar la cultura y las costumbres españolas sin falsos conservadurismos, es decir, la Intrahistoria, para los intelectuales cubanos ha llegado la hora de reparar la “cubanidad”, escindida a la fuerza un siglo atrás; aquella sacudida irreverente que dividió en dos mitades a un pueblo que nunca ha dejado de ser el mismo.         

 

 

 

 

 
 
 

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