CONFLICTO Y PROBLEMA: NAVEGANDO HACIA LA LUZ
- 11 mar
- 5 Min. de lectura
1. Un grupo cualquiera
En los difíciles días del llamado Periodo Especial en la Cuba de los noventa la afluencia a los servicios de salud mental, con toda lógica, tuvieron un importante incremento.[1] Curiosamente, las enfermedades más graves como la psicosis o las depresiones profundas, no. Quizás se debió a que los desencadenantes de esos padecimientos en su mayoría eran factores endógenos y hereditarios, ajenos a toda perturbación ambiental. Los suicidios si eran más frecuentes que en otras épocas, sobre todo los considerados “duros” como el ahorcamiento, la precipitación y el fuego.[2]
En los servicios de salud mental de todo el país sonaron las alarmas. Debido a la escasez de medicamentos se dio una gran oportunidad a la psicoterapia, un recurso que no necesita sino capacitar al personal en las distintas formas de hacer intervenciones psicológicas, individuales, familiares y grupales. Es sabido que ciertos trastornos de ajuste y otros problemas circunstanciales pueden rebasarse con la ayuda de la palabra; solo se necesita el terapeuta adecuado en el caso y el momento conveniente.
Para entonces quien escribe trabajaba como residente de psiquiatría en un hospital de la capital, La Habana. Había sido una estancia a la usanza española del Siglo XIX para atención medica de emigrantes asturianos y abonados. Tenía grandes pabellones de alto puntal; ventanales que se abrían de par en par, dejando que las brisas del atardecer refrescaran las habitaciones. Las salas de psiquiatría, al fondo de la antigua Quinta Covadonga, poseían el arcano del encierro a la locura: los olores típicos de la transpiraciones medicamentosas, las puertas gruesas con cierres para evitar las fugas; las luces fluorescentes y las sombras de los insomnes.
La profesora Rosa Gaínza había sido psiquiatra en tiempos pre-revolucionarios, y tuvo práctica privada. Conservaba la oficina en casa, con diván y todo. La biblioteca era un compendio de las mejores obras de la literatura psiquiátrica y psicológica. Ella era una especie de “gurú” referencial para todo el servicio de psiquiatría; no tenía cargos administrativos, y tampoco el más alto puesto docente. Pero todo el mundo sabía, y respetaba, que la doctora era la joya de la corona del departamento.
A petición de la dirección del hospital el jefe del servicio trató de convencer a la doctora de reditar las terapias grupales. Era una urgencia ante la crisis de salud mental. La profesora Gaínza había abandonado su método propio de terapia cuando el materialismo y el conductismo ruso invadió con ansias depredadoras el psicoanálisis “aplatanado” en nuestro suelo con idiosincrasia propia.[3] No venia todos los días a trabajar, y cuando lo hacía se encerraba en la oficina a revisar algún caso de difícil diagnóstico y tratamiento.
De inicio se negó a la propuesta. Sus métodos no encajaban con las actuales corrientes en la Isla. Y, además, dijo estar cansada después de ejercer por más de cincuenta años; no iba a jubilarse para que en la calle la llamaran “vieja” y no profesora, como todo el mundo le decía con respeto en el hospital. Entonces el jefe le hizo una propuesta que no podía rechazar: pondría bajo su tutela un residente joven. El cateto aprendería su método, y de esa manera el sistema de terapia creado por ella no se perdería para siempre. Ese joven residente fui yo.
Para armar el primer grupo se pidió a los residentes de los centros de salud que remitieran los casos al hospital. Allí serían evaluados según la necesidad de terapia. La doctora fue muy estricta en la selección de los candidatos; debían tener un coeficiente de inteligencia normal puesto que el proceso de sanación demandaba niveles de juicio apropiados. El volumen de pacientes fue tan alto que los evaluadores pasaron al grupo algunas personas que no calificaban para el tratamiento.
En las primeras sesiones todo parecía marchar hasta que la pericia clínica de la profesora detectó un paciente con retraso mental ligero. En realidad, el joven “no se metía con nadie ni con nada”. Se mantenía oyendo. Y a veces reía cuando no debía, o ponía rostro triste cuando se decía algo hilarante. Era cordial con el resto. Gracias a que era bien parecido fue el galán del grupo. Tal vez la doctora lo dejó permanecer porque su presencia daba cierta heterogeneidad. Los grupos homogéneos carecen de “sabor”. Los muy desiguales terminan siendo autodestructivos. La dinámica y la estructura de los grupos humanos es bien compleja.
Llegó el día en que la doctora trajo los temas de Conflicto y Problema. Explicó que era un problema, y quiso que los pacientes definieran que era para ellos un conflicto; que explicaran las diferencias, si las había, con el problema. Hubo un silencio prologado. Nadie se atrevía a hablar porque posiblemente para todos, entre quienes me incluía, conflicto y problema eran lo mismo. El muchacho del supuesto retraso mental levantó la mano y dijo:
-¡Un conflicto es el del Golfo Arábigo-Pérsico!
Por primera vez vi a la profesora sentirse sorprendida. No pidió al chico que explicara. Era muy plausible que el oyera en la televisión y la radio lo que ha sido un enfrentamiento que iba para decenas de años sin solución a la vista.[4] A la profesora bastaba el aporte que permitiría, durante la sesión, trabajar su técnica desde las perspectivas de Problema y Conflicto.
Las páginas a continuación son un homenaje a la doctora Rosa Gaínza, fallecida en Puerto Rico hace varios años, y a esas personas que, como aquel muchacho, nos enseñan todos los días que siempre podemos aprender de otros seres humanos, porque lo único que sabemos es que nada sabemos.
NOTAS:
[1] Al desaparecer el llamado Campo Socialista con el cual Cuba tenía alrededor del 80 % de su comercio a precios y créditos preferenciales, la economía se hundió hasta bordear la miseria. Las calles se llenaron de bicicletas pues no había combustible, las personas cocinaban con leña, y una parte de la población sufrió enfermedades carenciales como la neuropatía periférica.
[2] Cuba ha sido tradicionalmente un país de altos niveles de intentos de suicidio. Desde los tiempos de la colonia, y sobre todo en la población aborigen, se reportaban suicidios masivos. El suicido por fuego en la Isla tiene alta letalidad y frecuencia comparativamente. Hay numerosos estudios sobre el tema. Un trabajo reciente es Epidemiología del suicidio en Cuba, 1987-2014 Beatriz Corona-Miranda, Karen Alfonso-Sagué, Mariela Hernández-Sánchez, Paula Lomba-Acevedo. En MEDICC Rev. 2016 May– Aug;18(3)15-20.
[3] En algún momento será imprescindible rescatar la bibliografía de nuestros grandes psicoterapeutas, muchos de ellos formados con los pioneros del campo o sus alumnos.
[4] Era otro momento de confrontación a nivel diplomático, pero no enfrentamientos armados, lo cual, como veremos, diferencia el conflicto del problema para el presente texto.


Comentarios