ULTIMOS DIAS DE LA HACIENDA
- hace 7 días
- 4 Min. de lectura
Venturas, aventuras y desventuras de un Chulo.

Por Francisco Almagro Domínguez
A diferencia de otros regímenes totalitarios -quiere decir que no hay separación de poderes- el Castro-Continuismo es una suerte de alcahuete improductivo que ha vivido como cualquier organismo parasitario: de los demás. Al revisar la historia de setenta años de comunismo insular no existe un solo momento en que la industria nacional haya sido autosuficiente. Ni siquiera la producción de azúcar de caña en sus mejores momentos -finales de la década del sesenta- fue suficiente para pagar el combustible que consumía, a pesar de que en un acuerdo desventajoso desde el punto de vista comercial para la URSS, se pagaba a Cuba la libra de azúcar muy por encima del precio internacional.
El parasitismo castrista comenzó con la Acumulación Originaria del Capital del Capitalismo. El régimen incautó propiedades extranjeras sin la compensación adecuada, causa eficiente del embargo. Embargo, no Bloqueo, que es lo que se le hace a cualquier ciudadano que no paga la casa o el auto. Después vino la Ofensiva Revolucionaria del 68. Acabó de robarse lo que quedaba de propiedad privada, la única hasta ahora demostrada vía para producir de manera eficiente y eficaz -algo que los comunistas asiáticos con su milenaria sabiduría han sabido aprovechar.
Desmantelado todo el parque productivo y la propiedad privada a finales de los años setenta, y tras el enorme fracaso material y humano de la Zafra de los 10 millones, el régimen hizo su primera cita jineteril con el Campo Socialista: la integración al Consejo de ayuda Mutua Económico, CAME, una suerte de países satélites europeos que gravitaban alrededor de la Unión Soviética. A Cuba le toco seguir siendo el productor agrario, el “guajiro” del CAME.
El resultado era de esperar: la Isla se hizo más monoproductora y dependiente que nunca, exportando productos agrícolas, del mar y algún ron y tabacos. Es la época de los masivos envíos de petróleo -revendidos en el extranjero una buena parte-, y las construcciones faraónicas de escuelas y edificios multifamiliares por todo el país. Como cualquier mantenido, el régimen pedía sin dar nada a cambio excepto la sangre de sus hijos en aventuras bélicas en África, y el apoyo en instituciones internacionales a los también episodios guerreristas soviéticos -Afganistán. En aquellos días nadie hablaba de “bloqueo”.
Con la anunciada caída del Socialismo real, Cuba se vio huérfana de proxeneta. Lo peor es que al mirarse en el ombligo, no habían desarrollado la industria nacional ni se había diversificado la economía. La producción agropecuaria seguía estando rezagada respecto a otros países del área. Entonces, fieles los lideres a su traza pedigüeña rescataron el turismo, campo maldito en los años sesenta y setenta.
La Isla se resembró de hoteles, y reaparecieron las prostitutas y los chulos, “reeducados” por la Involución en sus primeros años. Hoteles, campos de golf, albercas y playas paradisíacas en remotos cayos del archipiélago. Y una vez más, a pedir insumos: yuca desde Costa Rica, frijoles de México, arroz de China, frutas tropicales del Caribe -como si la Isla estuviese en la Estepa Siberiana. Acaso unos pocos centavos para la industria agroalimentaria, energética, infraestructura vial y de comunicaciones. También hizo su reaparición el dólar revuelto y brutal. Autorizado de un plumazo… enemigo salvador.
Con suerte siempre aparece un celestino. Fue Hugo Chávez. A cambio de permanecer en el poder, fue el siguiente mantenedor. Hoy se sabe que entregó a la Isla, además de su dignidad y seguridad, miles de millones de dólares. Los jineteros insulares liderados por el exlíder difunto se dedicaron, no a reparar la red eléctrica, o las calles. Como sucede con el dinero fácil, lo emplearon con rabia incontenible en la batalla sin ideas, al regreso de una red de espías atrapados por otra red, la del contraespionaje, a mítines y expediciones extraterritoriales para pedir, ahora sí, el fin del “bloqueo”.
Pensando que la ubre bolivariana nunca se secaría, inventaron la revolución energética, llevándose por delante los refrigeradores y sus juntas, las cocinas norteamericanas que todavía servían, los bombillos incidentes -¡O Villano de los muñequitos del sesenta!- por unos “ahorradores” que se fundían sin repuestos. Para un país sin combustibles fósiles, entregaron a las inocentes abuelas y madres un “módulo de cocción”… eléctrico. Compraron cientos de plantas, también alimentadas con fuel oíl y no modernizaron las termoeléctricas ni invirtieron en fuentes renovables. La industria, la infraestructura, los servicios médicos y las escuelas, al decir del poeta, ahí siguieron muriendo.
Esta es tal vez una innecesaria recapitulación que sirve para comprender el estado calamitoso e irrecuperable del país, que antecede a todo “bloqueo criminal”. Ha sido la impronta parasitaria, el “figurao” y la más absoluta desidia de un sistema inoperante y cruel la causa primera de lo que vemos hoy. Parte de este final se lo debemos a que rusos y chinos se cansaron de ser “Sugar Daddy”. Ya no tenían manera de decirle a la veterana meretriz reclamante que se pusiera a trabajar de verdad.
Eso no tendría importancia si no fuera porque lo que nos deja la Involución no es solo la destrucción material y espiritual de un pueblo. Es también la herencia, muy introyectada en algunos compatriotas, de que está bien vivir de los demás, pedir y no pagar, vegetar y no asumir responsabilidad por los actos. Al colocar en el “imperio” la causa del desastre han instalado en la mente del cubano una grave distorsión: los “americanos”, como culpables, son los que deben pagar. No ocultan la desfachatez cuando todos los años, sin especificar el dato y como lo obtienen, achacan al “bloqueo” la perdida de miles de millones de dólares. Y eso hay gente en Cuba que se lo cree. Más de los que podemos imaginar.
Llegados al fin de una Hacienda que solo sabe pedir y vivir de los demás, incluyendo el sacrificio y la sangre de su propia gente, tal vez la reconstrucción sea tan rápida que sorprenda al más optimista. Lo difícil será cambiar la mentalidad de “mantenidos”, de chulampines, que, por cierto, no es un “don” del totalitarismo comunista. En la Colonia no pocos criollos se mantuvieron ajenos a las guerras de independencia mientras la tubería peninsular pagaba sus excesos tropicales. Combatir la “mentalidad de pichón” será una tarea difícil. Las remesas a Cuba, aunque imprescindibles para sobrevivir con cierta dignidad, han hecho mucho daño. Nadie como el comunismo sabe fomentar la dependencia y la inmadurez social para mantener el control del ciudadano.


Comentarios