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EL DURO CAMINO A LA INFELICIDAD

  • 27 ene
  • 5 Min. de lectura

4. Un semi-niño asustado


Un Poeta definió la adolescencia como un semi-niño asustado que mira a la gente. Y no hay nada más cierto. La adolescencia es una contradicción en sí misma. Por un lado, el individuo comienza a sentirse “hombre/mujer”; al mismo tiempo, la sociedad y la familia siguen tratándolo como niño. La disyunción entre sentirse y ser sentido ha hecho que autores como Piaget y Vygotsky valoren esta etapa de la vida como “critica”; suceden cambios dramáticos en el pensamiento y las conductas, y según el último autor, son el lenguaje y el factor social los elementos que terminaran conformando la personalidad. Alguien como Arminda Aberastury ha llamado a esta etapa “locura normal”  porque el adolescente es emocionalmente inestable, desafiante, contradictorio.[1]

Otros han visto en la rebeldía, el reto, una manera de diferenciarse de su progenie. Murray Bowen, médico psiquiatra, tomó del campo clínico la metáfora de la división y la diferenciación celular; en la medida que los tejidos se separan de las células madre se vuelven más específicos, menos parecidos a su origen, lo cual también sucede con las células cancerosas.[2] En los seres humanos es un proceso normal. Los vástagos se deben distinguir de sus familias de origen para que puedan madurar. Este proceso conocido como Diferenciación del Self -algo así como Yo Mismo-, posibilita la independencia, el razonamiento juicioso, el entendimiento con el medio.

Un individuo bien diferenciado no rompe con su familia original. Mantiene una saludable distancia que le permite no cometer los mismos errores que los antepasados. Lo contrario sucede con quienes no han podido diferenciarse; son fácilmente controlables, incapaces de valorarse a sí mismos, y van por la vida pidiendo perdón sin que nadie se lo solicite. Bowen también alertaba que el exceso de rebeldía e irresponsabilidad era un signo de poca diferenciación pues al final el individuo era un inadaptado social.  

De cierta manera, y aunque no es una relación causa-efecto sino circular, la Nutrición Emocional en la infancia, descrita en el capítulo anterior, pudiera verse como el sustrato del proceso de diferenciación boweniano. Aquellos niños bien nutridos con amor, comprensión, empatía suelen fortalecer el Yo, el Self; pasar por una adolescencia “loca” pero funcional: no dejaran los estudios, no tendrán problemas legales, y a pesar de que pueden consumir alguna droga, terminaran contrayéndose a sí mismos, resilientes hacia el entorno, y podrán despejar el camino a la felicidad.   

La Desnutrición Emocional, por exceso o por defecto, es un lastre para el proceso de Diferenciación. El “obeso nutricional” tiende a ser poco diferente de sus progenitores. Sus pobres mecanismos de adaptación no le permiten asumir “riesgos”, apartarse de lo desconocido. Los “desnutridos” podrían ser esos chicos rebeldes sin causa, tener escarceos con las drogas y el alcohol hasta quedar atrapados en ellas como formas de respuesta. Los problemas con la justicia y con las reglas sociales vienen dados porque las perciben tiránicas,  innecesarias, incitadoras a ser violadas. En ambos casos, el “susto” de que habla el poeta no es enfrentarse a una sociedad que los trata de un modo diferente a como se sienten. Es carecer del lenguaje y el nivel de abstracción-comprensión del mundo -hemos vuelto a Piaget y a Vygotsky- que los incapacita para ser felices.  

Es una época de la vida humana donde se adquieren “complejos” y “creencias” muy fuertes, y se arraigan en lo profundo del individuo. Han sido llamadas cogniciones. De modo muy simple, una cognición es un pensamiento que bajo determinadas emociones y contextos se incorpora como una “verdad” y condiciona la conducta. Es tal la fuerza con la cual ciertas cogniciones impregnan la vida que sus acciones, si bien parecen absurdas, ridículas, no son fáciles de manejar ni abandonar.[3]

Las etiquetas pueden ser cogniciones tempranas. A los niños y los jóvenes, las familias e instituciones como la escuela, asignan “papeles” que pueden cavar el sendero a su infelicidad. La familia que etiqueta a un niño o adolescente de “problemático”, o “bruto”, hará que este exhiba en el colegio esa conducta. La escuela puede ser el sitio donde etiquetas o cogniciones se reafirman o desaparecen. Un buen maestro, un consejero escolar, profesionales y hábiles, están en capacidad de descubrir que hay detrás de cada conducta; si obedece a un patrón asumido, y arraigado, o es una especie de lealtad invisible, y no porque el joven es “conflictivo”, o “retrasado mental” y cumple un rol asignado por la familia.[4]  Un joven a quien desde muy temprano lo han llamado “feo” en la familia, o en el vecindario, asumirá el “papel de feo” cuando vaya a la escuela, a una actividad social. El sentirse “feo” y comportase así implica aislamiento, estar triste y ansioso, evadir chicas y chicos se acercan en busca una relación cercana.

En lenguaje coloquial podría ser ‘complejos”. Pongamos un ejemplo, la acné juvenil. En ciertos países y épocas tener granos en la cara, además de desagradable, significaba que los varones se masturbaban, lo cual era un “pecado”. Siempre será un misterio para mí por qué a las niñas con acné no las acusaban de lo mismo, si sabemos bien por la ciencia que se masturban tanto o más que los varones. El “acomplejado” gastaba una fortuna en barberías y centros de belleza para limpiarse el cutis. Casualmente, la acné coincide con la época en que la “locura hormonal” hace que la masturbación sea una forma de alivio, de relajación. No tiene nada que ver la acumulación de grasa en los poros de la cara, con tener eyaculaciones autoprovocadas. Por supuesto, el joven desconoce que no existe relación causa-efecto. Pero la cognición o complejo sobre la acné-masturbación hace que trate de desaparecer las huellas del “delito onanista” con excesivas purificaciones de su cara.

El camino a la infelicidad que ya en la infancia los padres, la escuela y la sociedad habían comenzado a despejar, en la adolescencia encuentran una encrucijada, un camino que se bifurca. Para un joven con alta autoestima, el Yo-Self bien nutrido, empezar a vencer errores cognitivos, complejos, y etiquetas, es parte de la diferenciación, de la madurez. Es un proceso que se da natural cuando existe una relación armónica con la familia, y las instituciones. Para un adolescente cuya infancia ha sido triste, por exceso o defecto de calor humano, incomprendido y acosado por etiquetas y apodos, lo más próximo es seguir siendo “lobo estepario” u “oveja de redil”. Y aunque es la ruta más dolorosa por cuanto sufre,  más energía para esconderse que salir, buscar atención que pasar invertido, es en la adolescencia donde las personas deciden que el futuro pertenece, indefectiblemente, a la felicidad o la infelicidad.        

 

Notas:           

   


[1] Arminda Aberastury. Mauricio. Knobel La adolescencia normal.  Un enfoque psicoanalítico. Ed. Paidós Educador. 2013  

[2] Murray Bowen (1913-1990) figura descollante en la terapia familiar. A el debemos conceptos claves como la Diferenciación del Self, la Triangulación, y la Trasmisión Transgeneracional. Texto clásico: Family Therapy in Clinical Practice. Jason Aronson. 1978. Existe versión en español.

[3] La “revolución cognitiva” que produjo el médico psiquiatra Aaron Beck (1921-2021) en el mundo de la psicoterapia ha sido tal que hoy se aconseja entre las primeras líneas de intervención para la depresión y la ansiedad. Ver: Beck, A.T. Cognitive therapy and emotional disorders. International University Press. 1975.

 [4] El psiquiatra húngaro-estadounidense Iván Boszormenyi Nagy (1920-2007) describió las “lealtades familiares” como procesos inconscientes donde el individuo tenía conductas que, a pesar de ser contraproducentes, dañinas a la propia persona, no podían evitarse. 

 
 
 

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