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EL DURO CAMINO A LA INFELICIDAD

  • 29 ene
  • 5 Min. de lectura

5. Ser o no ser adulto

 

Verdes y Maduros. Foto Unplash
Verdes y Maduros. Foto Unplash

El mayor dilema del ser humano es atravesar la invisible barrera que separa la niñez y la adolescencia -el semi-niño- de lo que llaman adultez joven o temprana. A veces la ruta está llena de escollos del ambiente, la familia y la sociedad. En ocasiones la etapa parece un tránsito casi imperceptible porque los primeros compromisos laborales o el inicio de estudios superiores pasa sin apenas notarse. La importancia de esa travesía es que la vía que se tome con frecuencia es un viaje sin retorno. Uno de esos caminos lleva a lo que llaman bienestar. El otro, a la oscura calzada de la desdicha.  

El gran filósofo danés Kierkegaard dijo que la puerta de las venturas se abría hacia adentro; debías retirarte un poco para abrirla; si se empujaba, la puerta se cerraba cada vez más.[1] En pocas palabras significa que es un proceso cuyo comienzo es al interior del individuo y tiene sus tiempos; forzarlos llevaría a lo contrario. De otra manera, el camino a la infelicidad es la impaciencia, y depositar en manos ajenas lo que con derecho natural compete solo a la persona.   

La palabra adulto proviene del latín, adultus. Significa “el que ya ha crecido”. Sinónimos con maduro, sensato, prudente, juicioso. Continuando con las analogías, pensemos en la madurez como sucede con la fruta.  La fruta no madura toda a la vez. Siempre hay lugares que sazonan más rápido que otros. En ocasiones ciertos espacios que no lo harán nunca. El fruto estará listo para comer cuando la mayoría de la piel y al tacto confirmen que el proceso ha terminado. De la misma forma, los seres humanos dan muestras de maduración de la personalidad a través de su responsabilidad, acertadas decisiones, metas y logros.

La adultez mediatizada es la forja para la infelicidad. El adulto infeliz carece de “vista” para procesar adecuadamente los conflictos y tomar decisiones. Obrará en su contra suya, por muy absurdo que parezca. El adulto que no ha llegado a estar “en sazón” tiene tres características en común: no es capaz de percibir la realidad, es un muy dependiente o demasiado independiente y su escala de valores está en lo inmediato, en la gratificación perentoria.  

La adecuada percepción de la realidad como parte del éxito estará siempre en la objetividad. Aunque las fantasías son parte de la vida, no todas alimentan el futuro. El adulto debe tener un instante donde necesita separar lo posible de lo irrealizable. El poeta Schiller escribió que la fantasía siempre sería joven pues lo que no ha ocurrido, nunca envejece.[2] Es característico que la persona infeliz viva en y para las quimeras. Suele aferrarse, y he aquí el esfuerzo contranatural, a lo que no ha existido ni tiene posibilidades de realizarse. Dicho, en otros términos, la infelicidad construye castillos en el aire, y disfruta vivir en ellos. Cuando la realidad derrumba los muros, el llanto inunda los fosos que evitaban el acceso a la realidad.

La infelicidad se acompaña, invariablemente, de la dependencia o la independencia absoluta. El ser humano maduro está “diseñado” para la Otredad.[3] Como la fruta en el árbol, no debe permanecer siempre pegada a él para siempre ni soltarse cuando aún no está lista. Al madurar la sustentación se hace frágil, y se desprenderá de donde se ha nutrido, crecido, madurado. La etología, ciencia que estudia el comportamiento de los animales, nos dice que los mamíferos suelen tener un tiempo limitado para permanecer junto a la madre; vencido este, la propia madre lo rechaza. El vástago es expulsado en dirección opuesta a la manada para evitar el incesto y la degeneración de la especie.

Los seres humanos infelices suelen ser extremadamente dependientes de los demás o independientes hasta tocar la penitencia. Las órdenes religiosas de clausura, que se suponen  “ajenas a este mundo”, se aíslan de lo terrenal para estar mejor acompañados, cerca de Dios. Oran, laboran y hasta comparten sus silencios, como los monjes trapenses. La persona inmadura e infeliz se aísla sin que medien razones lógicas o espirituales. Pierde la capacidad de enriquecimiento personal y sin duda necesita hacer mucho para evitar que otros seres humanos se comuniquen con ellos.

La escala de valores es otro índice de madurez. No todo es “disfrutable”, y no todo el tiempo. Suele decirse que los “grandes placeres” de la vida encierran grandes peligros. Es el núcleo conflictual que atrapa a Fausto en la obra de Goethe. Mefistófeles le propone goces materiales como distracción, y de ese modo el hombre se aleja lo trascendente, lo que importa. Es una Filosofía del Gozo.[4] 

Aprender a posponer las gratificaciones inmediatas, colocar los valores de larga duración en primer lugar -estudios, familia, salud- son garantías para tener futuros momentos felices. Podría pensarse que requieren esfuerzos adicionales. Es lo opuesto: el ser humano maduro encuentra agrado en aquellas actividades que, en vías de concreción, le aportaran felicidad a largo plazo. Soñar lo imposible, depender de otros para supuestamente lograrlo, e hipotecar el futuro “disfrutando” el presente necesita grandes “sacrificios” aunque no lo parezca.

Los niños suelen ser felices viviendo sus fantasías. No se preocupan por nada porque saben que dependen de sus padres. Todas las metas están en jugar hoy sin pensar en mañana.  Sus valores son metas de muy corto plazo porque el mundo conocido es apenas una casa de muñecas, un trencito de juguete, en una tropa de soldaditos sin armas ni sentimientos, un parque donde otros niños sueñan con hacer amigos.  

Pero, ¿qué sucede cuando el adulto sigue jugando, mintiendo, recostado a otros sin tener mas intenciones que amanecer mañana?  ¿Les sorprendería saber cuán difícil ha sido perder amigos, matrimonios, empleos e incluso la libertad?                             

Notas:


[1] S.A. Kierkegaard (1813-1855) puede considerarse el padre del Existencialismo, corriente filosófica de gran impacto en los siglos XIX, XX y en nuestros días. Plantea que es la libertad y la responsabilidad individual, así como la subjetividad del individuo lo que conforma la autenticidad, piedra angular del pensamiento existencialista.          

[2] J.F Schiller (1789-1805) es considerado uno de los poetas y dramaturgos alemanes más importantes junto a Goethe, con quien tuvo una gran amistad y compartieron ideas sobre el arte y la filosofía. La cita en el texto obedece a que se le considera el ‘poeta de la libertad” y al mismo tiempo de la sensatez.   

[3] El concepto del “Otro” u Otredad, ha sido para las Humanidades, y la ética en particular,  un aporte significativo. Pone en el Otro, diríase en el “prójimo”, toda la atención. Emmanuel Lévinas (1906-1995) es uno de sus maximos representantes. Dentro del campo del Existencialismo -variopinto-, Lévinas destaca por la responsabilidad de cada uno hacia los demás, Ser-para-el-Otro. Un libro indispensable: El tiempo y el otro. Ediciones Paidós Ibérica. 1993.          

[4]Fausto: ¡Mefistófeles! He explorado la ciencia, he amado, he destruido. ¿Dónde está esa felicidad suprema que prometiste? Mi corazón sigue anhelando algo más allá de este mundo.

Mefistófeles: ¡Oh, eres incorregible, sabio mío! La felicidad no es más que una ilusión, una apariencia fugaz que los tontos persiguen. ¿No te he dado poder, riquezas, el amor de la más bella joven? ¡Disfruta el momento y olvida la sed de infinito!


Capitulo V: Texto en preparacion: El duro camimo a la Infelicidad.

 

 
 
 

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