El duro camino a la Infelicidad
- 25 feb
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Perseguir la Felicidad: la paradoja
En la Declaración de Independencia de los Estados Unidos hay una frase que siempre me ha resultado curiosa: “pursuit of happiness”. Algunos la traducen como “búsqueda” y otros como “perseguir” la felicidad. En ambas traducciones suponemos que la felicidad es un hecho. Los seres humanos solo tenemos que averiguar, preguntar, explorar donde esta ese bienestar e ir por él. Veamos que el verbo remite a una acción concreta: existe, pero hay que hacer ALGO para disfrutarlo. El hombre podría tener el deseo, el poder y el deber de hallar eso que se le ha dado como ventura. Cuenta con la conciencia de su existencia. El poder de usar los medios a su alcance para logarlo. Y el deber procurarse, y procurar a los demás, momentos felices.
Quizás porque el proceso de hallar y tener un instante feliz demanda acciones concretas, a veces complicadas, es que parecería más ardua la búsqueda del bienestar que aceptar los momentos de infelicidad pasivamente. Es cierto que la tendencia en nuestros días de tensión laboral y social están plagados de insatisfacciones, de mal humor y en no pocas ocasiones de tristezas, que en los hombres en particular se expresa como arranques de ira, disforia. Según como cada uno tenga el vaso, medio lleno o medio vacío, así evaluaremos por un hecho o varios si el día ha sido “bueno” o “malo”. En este punto interviene la subjetividad del individuo; sus construcciones del mundo, explicadas en capítulos anteriores como Mapa del Mundo y Programa Oficial. Subjetividad y coherencia, un par dialéctico que será tratado más adelante.
Sugiero seguir la analogía de la persona que busca un tesoro en el bosque. El tesoro es la felicidad. Antes de iniciar cualquier camino se necesita saber qué se busca, por qué y para qué. Una persona no se interna en el bosque tupido, que suele ser la vida, sin tener respuesta a esas preguntas. Ya desde el momento que el individuo imagina que, y por qué busca, está haciendo el camino más fácil, al menos en su mente. Visualizar el éxito es, sin duda, es el primer y decisivo paso al encuentro con la meta, en este caso la felicidad-tesoro[1].
Una persona inmadura, destinada al fracaso, no suele hacerse las preguntas anteriores. Ha oído de un tesoro en el bosque, y se meterá en el sin mapas ni guía. Pero la naturaleza humana suele ser desconfiada; lo habitual sería el cuestionamiento del qué y el para qué. Bloquear esas interrogantes conlleva una energía negativa que, aunque invisible, ha estado presente en la vida del personaje. Solo sabe que hay ALGO llamado tesoro. Le basta para su usual temeridad.
Una vez en el bosque, ambos van por diferentes caminos. Es obvio que quien sabe que busca, lo ha imaginado y está preparado para el viaje a través de la maleza y las fieras está en mejores condiciones que quien no ha hecho la tarea. Uno sigue el plan. El otro, sus impulsos. O si prefiere, instintos. Puede que el primero no encuentre lo que busca de inmediato. Pero seguirá averiguando porque tiene fe en que el tesoro existe. El otro, dando tumbos, después de un breve estancia en el bosque el ambiente se le hace hostil. Y al no tener mapas, guía ni idea clara de lo que persigue, cree encontrar en cada simulación el tesoro: oro y abalorios de fantasía. Su camino no solo se hace más largo. Es infinito.
En algún momento decidirá parar el viaje y dirá la famosa frase de todo fracasado: no ha tenido suerte. Sin embargo, imaginemos que esa persona en un golpe de fortuna llega a encontrar el tesoro. Ante sí el instante feliz. La posibilidad del bienestar. Sabemos de personalidades no preparadas para el éxito; una vez frente a él, acostumbran a echarlo por la borda[2].
En este punto la subjetividad y la coherencia juegan un papel fundamental. ¿Procuramos nuestra propia infelicidad? ¿Es más llano y expedito el camino del infeliz?
La subjetividad es parte de la personalidad; es como como “leemos” el mundo, lo interpretamos y respondemos a él. Los individuos “sin suerte” con frecuencia tienen personalidades inmaduras. Definamos madurez como la no-independencia, vivir en la fantasía y tener metas a muy corto plazo. La persona inmadura es incapaz de soltar las amarras que lo sostienen a sus padres, hijos, amigos. El universo que construye es ficticio, sin asideros. Sus fines son tan cortos que apenas rebasan lo diario. Este individuo siempre antepone la gratificación personal inmediata sin reparar en consecuencias. La “luz larga” apenas ilumina unos metros. Y si se equivoca, no siente pena, arrepentimiento. No ha aprendido a aprender[3].
La paradoja de la felicidad está en que, como se trata de un momento, quienes la disfrutan saben de qué se trata, y para qué, y no la dejan ir con facilidad. No hay que hacer mucho para identificar y disfrutar la oportunidad de sentirse pleno. Los seres humanos estamos hechos para sentirlo. En cambio, el momento infeliz, ajeno o autoprovocado, se busca, y es parte de la paradoja: creamos las condiciones para que aparezca, en ocasiones, sin darnos cuenta. Para llegar a ser feliz basta con saber leer las señales que tenemos ante nuestros ojos: una excelente comida, la sexualidad condescendiente, trabajo y diversión suplementarias, y el descanso que permitirá el disfrute de todo lo demás. Para ser desdichado hay que poner mucho esfuerzo, arruinarlo todo: quejarnos de la comida, tener sexo sin disfrutar la sexualidad, ser conflictivo en los trabajos, posponer la diversión por tareas laborales y dormir sin “ensayar la muerte”[4].
NOTAS:
[1] Hace algunos años se hizo muy famoso El Secreto, libro de Rhonda Byrne. La tesis es vieja y no carece de sentido. Se basa en la Ley de la Atracción cuya filosofía puede estar errada, y ayuda desde el punto de vista cognitivo a lograr lo que desea venciendo los obstáculos. Imaginar, visualizar la meta hace que consciente e inconscientemente luchemos por ella.
[2] Estadísticas confiables señalan que 7 de cada 10 ganadores de la lotearía están en la ruina a los cinco años.
[3] “Aprendiendo a aprender” es una máxima de la Dra. Barbara Okley y que ha tenido gran impacto en la educación y la terapia sistémica. Puede revisarse Learning How to Learn: How to Succeed in School Without Spending All Your Time Studying; A Guide for Kids and Teens, by Barbara Oakley and Terry Sejnowski, with Alistair McConville, Tarcher-Penguin,
[4] Facundo Cabral en una entrevista a BBC: “Hay una comunidad indígena en Guatemala, (cuyos miembros son) descendientes directos de los Mayas, que cuando se retiran de una reunión en la noche no dicen "voy a dormir", sino que dicen "voy a ensayar la muerte". Tal vez la vida es lo que va de la mañana a la noche. Vivimos 365 vidas por año”
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