top of page

EL DURO CAMINO A LA INFELICIDAD

  • 9 mar
  • 9 Min. de lectura

12. Epi-logos

I

En los capítulos anteriores hemos desbrozado el camino a lo que algunos llaman felicidad o bienestar. La frase que me viene a la mente es la del filósofo francés Jean Paul Sartre: “La felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace”.[1] La palabra querer se repite dos veces. En la doctrina sartreana esto equivaldría al amor, a lo emocional, no a la caprichosa búsqueda de lo tangible. Porque el bienestar emocional permite mejor capacidad de razonar, y propele a la acción, es que el tesoro que estamos buscando es inmaterial.

Muchos chistes se hacen sobre el dinero y su capacidad de “dar” momentos felices. Y es cierto. Hace años en una feria en La Habana mi hija encontró un cartel que era pura filosofía de la calle, más práctica que la de la mejor academia:

¡El dinero no hace la felicidad… pero como calma los nervios!

El “momento feliz” se siente, se vive, no se piensa. Tampoco se busca afanosamente. Aparece. Es cierto que ha habido preparación previa. Pero por circunstancias ajenas a la voluntad a veces se malogra. Podemos facilitar que el bienestar, siempre temporal, suceda. No podemos “obligarlo”. Y aquí radica el pollo del arroz con pollo: el duro camino a la infelicidad sucede cuando hacemos todo lo posible o lo imposible para llegar al instante de satisfacción sin que sea algo natural, sino resultado de caprichos, egoísmos o simplemente por complacer a los demás.

En los primeros capítulos tratamos el tema de la temporalidad del bienestar humano. Hay muchos factores externos e internos que conspiran para que la felicidad sea tan breve como intensa. Ese sentimiento de plenitud es solo pertinente a los seres humanos, y aunque puede ser registrado racionalmente, es individual y afectivo: cada persona lo disfruta de una manera diferente. Y habría que agregar que para cada etapa de la vida sentirse feliz es también una experiencia distinta. Las mal nutriciones emocionales de la infancia pasan factura en la adultez. Estos problemas de “alimentación afectiva” construyen personas que no se quieren o se hacen querer demasiado. Suelen tomar los caminos más cortos y peligrosos hacia la pretendida felicidad.

En este punto es importante recordar que la inmadurez de la personalidad -la fruta de los capítulos precedentes- hace que el individuo “pierda vista” a la hora de evaluar los caminos y sus atascaderos. Entonces suele escoger los más escabrosos, largos y llenos de peligro. Cuando analizamos las causas de los fracasos y la incapacidad de proveer momentos felices propios o a los otros, con frecuencia aparece la frase “al final siempre la hago”. Ese lema funciona como reforzador, profecía que se auto cumple, y es, en parte, lo que trata de cambiar la terapia cognitiva: evitar que la condena mental a uno mismo preceda a la acción e influya en el control de las emociones.

Saber cómo decir no es otra habilidad necesaria para evadir la infelicidad. Algunos lo llaman asertividad. Nosotros preferimos tres palabras: darse su lugar. No poder decir que no, o hacerlo de una manera inadecuada, es propio de personas que automutilan las oportunidades de sentirse bien. Sea porque se quiere complacer al otro, o porque se temen represalias, decir si cuando es no encierra un conflicto moral, y lo que es peor, conduce a la falta de autenticidad, de respeto hacia sí mismo. Engañamos y somos engañados al cambiar de parecer según convenga.

 

II

El duro camino para no poder disfrutar la vida comienza con desear lo que no se puede y tiene un costo impagable. No se trata de renunciar a los sueños, aunque el poeta diría que los sueños, sueños son. La historia está llena de individuos a los cuales se les negó el éxito y justamente eso los impulsó a demostrar lo contrario. Pero en el Querer destinado a la infelicidad hay una cuota no despreciable de ineptitud, inmadurez, al no valorar las posibilidades propias o ajenas para lograr las cosas. Querer tiene es más que todo una convicción; la certeza de que la meta es alcanzable.

Los triunfadores contra todo pronóstico no son mayoría, lo cual confirma la tesis de que, como diría el poeta cubano Eliseo Diego, “hay que soñar despierto”. Sucede que al desear de forma “verde” lo que a todas luces no ha madurado en el pensamiento y el corazón, el tropiezo está garantizado antes de empezar. Incluso cuando el “querer” es demasiado caprichoso, sin sostén lógico, se produce lo que llamamos perretas, que en los adultos se traducen como silencios, escaladas y chantajes emocionales. Por cierto, las perretas de los adultos, al contrario de la de los niños, refuerzan las profecías autocumplidoras.

El siguiente obstáculo que hace encallar la felicidad es el Poder. El Poder siempre tiene dos aspectos: el poder real y el poder potencial. Como fue esbozado en un capítulo anterior, el poder real o la realidad del poder implica poseer lo recursos necesarios para hacer posible el Querer. Recursos reales, en primer lugar, a disposición del individuo. Las personas, familias, grupos y hasta países destinados al fracaso suelen tener un inventario de patrimonios escasos o nulos, y tienden, paradójicamente, a plantearse las metas más inalcanzables.[2]

El otro componente del Poder es la potencialidad de esas capacidades. Y aquí merece hacerse una pequeña digresión. En “Masa y Poder” el escritor Premio Nobel de Literatura Elías Cannetti definió la diferencia entre fuerza y poder.[3] El poder es la posibilidad de ejercer el control sin necesidad de aplicar la fuerza. Cannetti pone el ejemplo del gato y el ratón. El gato “sabe” que es más poderoso que el roedor, y cuando lo tiene delante de sí puede comérselo de un bocado. Sin embargo, el gato demuestra su poder cuando juega con el ratón sin matarlo. De ese modo, aclara el ensayista, poder es la facultad de escoger cómo, cuándo y dónde.

Ese componente del poder es el que a veces olvidan las personas infelices. Cuentan con recursos inexistentes o la “fuerza”, pero no con la libertad de disponer como quieren las cosas, para cuándo y dónde. A diferencia de quienes poseen muchos momentos de bienestar, violentan los tiempos y los lugares, y eso hace más severo el camino a la felicidad. Casi todos tenemos la potencialidad de disfrutar momentos agradables, recordables. En los individuos destinados a la “perpetua desgracia” como se hacen llamar, sus acciones adelantan o retrasan el momentum; escogen los peores lugares, aquellos que resultarían extraños para pasar un buen rato.

Por último, diríase el portal a la felicidad es el Debo. Debo es el criterio “moral”, a menudo el escalón más complejo en la escalada a la felicidad. No está de más decir lo evidente: los infelices tienen una estima baja y la tendencia siempre será a creer y hacerle creer a los demás que no deben, o merecen un instante solaz. Esta conducta, catalogada en los antiguos diccionarios psiquiátricos como “neurosis” es más frecuente de lo que pudiéramos imaginar. “No debo hacerlo” funciona llamando la atención;  reafirmando la individualidad débil e inmadura. Pudiera funcionar en reversa: creer que todo es permitido. Todo ‘tiene’ que ser hecho. Esa conducta suele llegar al mismo resultado del pedestre  “No debo”.

No hay una norma moral para todos los seres humanos y para todas las épocas. En la antigüedad tener esclavos era debido. La esclavitud no desapreció hasta bien entrado el Siglo XIX, y es posible que todavía se ejerza de una manera subrepticia. En ciertos países la mujer no debe caminar al lado del hombre, ni comer en la misma mesa que sus hijos y esposo. ¿Debería? Para la cultura occidental es importante que hombre y mujer caminen juntos y se sienten a la mesa con sus hijos, el mejor momento para compartir alimentos materiales y espirituales. Decir que el Debo es relativo no satisface las distintas lecturas que pudiera tener este ensayo. Para nuestra cultura e idiosincrasia, Debo está sujeto a ciertas normas, aprendidas en la familia y en la sociedad. Solo que pudiéramos ser acusados de egoístas si pensamos que siempre “debemos” tener momentos de felicidad, o de “amargados” si creemos que “debemos” pensar en los demás primero que en uno.

El problema con los senderistas de la desventura es que su balanza casi siempre está mal calibrada: o se inclina al individualismo o al colectivismo sin términos medios. Ser asertivos no es ser mezquinos. Ser complacientes no es dejar de ser uno mismo.

 

III

Logos significa “palabra”. En filosofía y teología es más que eso. Para los primeros es el todo  ‘real”. Para los teólogos, es la razón de Dios. Es aquello que antecede, que “estaba antes que todo”. Y San Agustín concebía el Logos como energía, Razón del Universo. Hemos llamado Epi-Logos al final del ensayo recordando la acepción psicoanalítica del psiquiatra Viktor Frankl y su creación, la Logoterapia[4].

Frankl, sobreviviente de un campo de concentración nazi, creía que la búsqueda del Logos era encontrar el sentido a la vida y orientar las acciones en esa dirección. No bastaba “descubrir” conscientemente el “sentido” o destino existencial. Era necesario “hacer” que las cosas sucedan. Para eso hay que tomar decisiones. Decisiones personales que implican responsabilidad por las consecuencias de cada una. El Propósito de la Vida, mayúsculas necesarias, está encerrado en una de sus memorables frases: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo". [5]

Humanos al fin, podemos equivocarnos en nuestros deseos, al evaluar los recursos disponibles y tener fallas éticas, reprobables. Humanos también, tenemos a mano la infalible gracia de la rectificación. Diríase más: poco podemos aprender de los amigos y los momentos felices; ambos son para pasarla bien. Aprendemos a aprender con los fracasos y de quienes no nos quieren tanto. Son, en lenguaje terapéutico, correcciones emocionales-cognitivas, y si son bien aprovechadas nos habrán hecho crecer como seres humanos.

Me fascina tanto la tecnología como la etología a la hora de ser pedagógicos ambos. Los Sistemas de Posicionamiento Global o GPS analizan el trayecto más seguro y rápido a la dirección escogida. Cuando por una distracción o accidente en el camino nos desviamos de la ruta, el aparato “recalcula” y nos traza una nueva vía. Podemos no hacerle caso, y tomar en nuestras propias manos la decisión del camino alternativo. Con seguridad hallaremos otros conductores que han hecho lo mismo, que no han confiado en el artificio; sabremos entonces que la vida es un constante “recalcular” para llegar a la meta con mayor seguridad y de modo expedito. Los animales, por su parte, tienen una prodigiosa memoria. No suelen caer en la misma trampa dos veces. Como dice el refrán, “el hombre es único animal que choca con la misma piedra”. No es una sentencia. Es realidad.         

          

IV

El camino a la infelicidad es una gigantesca paradoja: mientras más se persigue en la mente más se aleja en el corazón. La ruta infeliz la construyen los hombres. No se dan cuenta cuánto cuesta el malestar en salud y recursos materiales. No se dan por enterados de la responsabilidad de su propia desventura hasta que, como la Caperucita Roja, están en las tripas del lobo. La bestia del malestar siempre estará disfrazada, engañará y mostrará el sendero más corto -en la vida real la ruta a otro punto no suele ser una línea recta-, y finalmente no tendrá piedad con el confundido. La bestia debe alimentarse para que también haya razones para luchar contra ella.    

Por encima de todo -Epi- la búsqueda de la razón para vivir -Logos-, es un proceso natural. Nacemos buscando un seno caliente, nutritivo. Alguien dijo que también salimos al mundo con las puños cerrados, listos para dar la batalla. Pero del mismo modo nos iremos de este con las manos abiertas porque todo lo material se queda aquí.  

Termino estas líneas con una anécdota de una amiga, justamente cuando estaba a punto de concluir el ensayo. Iba con su padre a visitar su familia que vivía lejos de la ciudad. Pararon en una fonda a la orilla de la carretera para comer algo. Compraron unos bocadillos y se pararon en el puente. Debajo había un rio. Varias mujeres lavaban las ropas a la usanza antigua, golpeándolas contra las rocas después de enjabonarlas y mojarlas. Se reían. Parecían compartir algún chisme del pueblo. O tal vez algo que les había sucedido. Hablaban y reían. Mi amiga dijo al padre:

-Esa debe ser la felicidad.


[1] Jean Paul Sartre (1905-1980). Filósofo y prolífico escritor. Uno de los intelectuales más importantes del Siglo XX y representante del Existencialismo. Lo interesante para el texto es que el francés otorga el hombre toda la responsabilidad por su vida y sus propósitos. Una de las frases más citadas es  “el hombre está condenado a ser libre”.  

[2] Es un curioso mecanismo de derrota auto afirmativa estudiada en dinámica de grupos: como quienes fracasan una y otra vez vuelven a intentarlo poniéndose metas más difíciles. Ver: en español:   D. Cartwrithg, Alvin Zender. Dinámica de Grupos (investigación y teoría) 

[3] Elías Canetti (1905-1994) fue un importante ensayista y Premio Nobel de Literatura en 1981. Masa y Poder es un ensayo sobre la formación de los grupos humanos, la violencia, el liderazgo totalitario y la preservación del poder.  

[4] En Amazon hay un excelente texto: La voluntad de sentido: conferencias escogidas sobre logoterapia. Herder 2011. 

[5] La sentencia de Frankl no se comprende si no se conoce su historia en el campo de concentración. Vio morir a personas que habían perdido las esperanzas de la libertad, o se habían puesto metas que fueron incumplidas, y esa frustración, según el psiquiatra vienés, les ocasión la muerte.    

 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
LAS MIL Y UNA...Y CONTANDO

1.  Mil noches, una vida Probablemente después la Biblia y El Quijote no haya libro con más impresiones y lectores que “Las mil y una noches”. Las razones son obvias. Se trata de la recopilación de la

 
 
 

Comentarios


Contacto

Thanks for submitting!

© 2023 by Train of Thoughts. Proudly created with Wix.com

bottom of page