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EL REGRESO DEL TALIBRON

  • 27 ene
  • 5 Min. de lectura

20. La Asamblea Irracional ®

No tuvo tiempo para darse cuenta de cuan rápido cambiaban las cosas. Desde que lo eligieron delegado por el barrio El Rhoce, Armandito fue catapultado a la Asamblea Provincial y de ahí a la Nacional como expelido por una tronera. Ni el mismo supo cuántos votos había sacado en cada asamblea pues era confidencial, voto único y sin derecho a réplica. Solo tenía que hacer su trabajo en el Órgano Oficial, puro trámite: de la oficina de Desorientación Involucionaria enviaban las llamadas “narrativas ideológicas” y la tarea era escoger a los amanuenses para cada una. Después revisar los trabajos que coincidieran con la posición del Partido Único, y los correctores de estilo se encargarían de la parte técnica-lingüística.

Era un trabajo curioso y no menos complicado el de estos segundos escritores. Cada corrector debía saber que palabra a utilizar, y cual debía sustituirla. Así, en el país no había desempleo, sino interrupción laboral; los mendigos eran deambulantes sin rumbo; las prostitutas, cabalgantes; las fallas de las plantas eléctricas accidentes voltaicos; la muertes infantiles y perinatales, paros cardíacos súbitos. El corrector de temas de salud era el doctor Aldo Lámela.  Entre todos los correctores, era el único que, por la complejidad de la faena, manejar la información de salud pública,  tenía línea directa con Podenco Elblanco. Armandito sabia bien que un choque con el doctor Lámela era casi una sentencia de invisibilidad social o Plan Albornoz. Lo que nunca cambiaba para los correctores y de lo que los periodistas se cuidaban mucho era como llamar al enemigo norteño: conquistador imperial. No podían separar el adjetivo del sustantivo pues podría pensar el mal intencionado lector que se hablaba de un conquistador mujeriego, o del arroz imperial- por cierto, solo conocido en el menú involucionario durante los festines en el Palacio de la Involución.

Fue precisamente el arroz imperial y otras exquisiteces culinarias las que desataron en los asambleístas nacionales un frenesí alimentario el día en que por primera vez se reunió la Asamblea Irracional Nacional. Armando Guerra junior quedo paralizado a ver la furia del hambre histórica. El director del Órgano Oficial se preguntaba si los delegados habían sido escogidos por su voracidad ofídica o su capacidad de reptar en el medio más hostil. La mesa del almuerzo, al estilo sírvase usted, estaba repleta de arroces, carnes y frutas tropicales traídas de otros países a causa de la devastación en los campos nacionales. Los delegados se lanzaron estilo vikingo sobre las fuentes, y antes de llenar sus platos, no blandieron hachas ni cuchillos,  sino unas bolsas plásticas que traían escondidas en las faldas y los trajes de utilería teatral. ¿Cómo se puede rastrojear antes de comer?, era la pregunta que se hacía Armandito mientras aquella obesa delegada se tiraba sobre las fuentes calientes y manchaba la blusa con salsa verde; aquel otro señor mayor, probablemente médico o abogado por su pinta y hambre, que antes de lanzarse sobre los dulces se quitó la dentadura postiza para que le cupieran en la boca dos pastelitos de guayaba a la vez.

Cuando Armandito fue a coger lo suyo, las enormes vajillas no necesitaban ser fregadas porque los delegados habían pasado las rodajas de pan sobre la superficie como esponjas. Roncarán, ellos roncarán, se dijo Armandito cuando sonó la campana para iniciar la nueva legislatura. Subestimaba el director del Órgano Oficial la intensidad del insomnio de la saciedad postprandial; la rapidez con la cual el aparato digestivo asimila los nutrientes ausentes por años. Ni uno solo parecía adormilado. Mas bien parecían insatisfechos, cavilando desde ese momento el proximo asalto alimentario.

De pronto apareció Ruzlano por un lateral, acompañado de Diaz de Caramelo. Lo sentó a su lado, y sin que los delegados dejaran de aplaudir con la energía de los imperios arrozales en sus estómagos, sonó el himno nacional. Pueden sentarse, dijo en el micrófono frente a su silla, y con una señal ordenó al presidente de la Asamblea Irracional iniciar la sesión de apertura. El compañero Nosoy Bienvenido comenzó diciendo que le tocaba el gran honor de presentar la renuncia a la presidencia del país del camarada Ruzlano -murmullos y ruidos-, y que en su momento el propio Ruzlano explicaría la razones cuando lo estimara conveniente -aplausos cortos. En su lugar, el presidente Ruzlano pedía a la Asamblea Irracional la aceptación del compañero Díaz de Caramelo, crecido dentro de las faldas -perdón, dentro de los pantalones, dijo Nosoy con voz temblorosa- del Partido Único -aplausos aún más cortos y murmullos en aumento. Temiendo que la sorpresa y la propuesta se fueran de control, Ruzlano se paró y fue al podio, bajó el micrófono a la altura de un niño de siete años y con su acostumbrada voz hidrofílica dijo que no podía más. Esta era una tarea para gente joven, aunque el camarada Caramelo en poco tiempo envejecería también -nadie rio con el chiste. Los compañeros irracionales presentes debían comprender los retos de una sociedad involutiva, que sin ser la máquina del tiempo de Wells -en esta parte los delegados se miraban y preguntaban quién sería el ruso-, era imposible ir más atrás de lo que habían logrado. Diaz de Caramelo y otros muchachos, dijo Ruzlano, estarán llamados a mantener los retrocesos en algo que ellos mismos habían definido como Prolongación -aplausos cerrados. Y ahora, dijo, los invito a votar unidos, unánime, porque el camarada Diaz de Caramelo sea el nuevo presidente y candidato a secretario general del Partido Único.

Armandito creyó que la imagen del zafarrancho alimentario no sería superada por nada ni por nadie. Pero se equivocaba. No se sabía de aquel enroque político, ni siquiera Podenco, aunque si estaba enterado, bien lo disimuló todo el tiempo. Cuando Diaz de Caramelo subió los micrófonos a la altura de un hombre de seis pies, Armandito oiría el discurso preelaborado de mayor incoherencia en su vida. Era imposible de arreglarlo para ser publicado en la primera página del Órgano Oficial. Diaz de Caramelo solo dijo consigna tras consigna, sin imitar al Farolero del Principito. Explicó, o trato de hacerlo, que los prolongistas no eran otra cosa que la continuación de la Generación Ruzlánica. Que nadie esperara cambios sino más de los mismo -aplausos prolongados. Y pedía a la Asamblea Irracional total apoyo, porque vendrían días, no de caramelos, sino de ácidos buches de limón -en una conferencia televisiva explicaría con dulzura simulada en qué consistía la tesis cítrica, base de toda la filosofía prolonguista.  Ese mismo día, y después de televisada la Asamblea, Armandito vio la primera pintada en un muro cerca del Palacio de la Involución:

ABAJO EL CARAMELO SINDOMICILIO.

       

 
 
 

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