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EN POCAS PALABRAS

  • Foto del escritor: Francisco Almagro
    Francisco Almagro
  • 21 oct 2025
  • 5 Min. de lectura

El olor del comején


Por Francisco Almagro Domínguez

                                                                  Tony, bienvenido.  

En una reunión de amigos alguien inició el tema de los abuelos y ciertos estímulos sensoriales ligados a nuestros hogares -hogar deriva de la palabra hoguera, calor humano. Aquel dijo que la casa de sus abuelos olía a galán de noche por la planta centenaria en el patio de la casa. Otro recordó que la casa se llenaba de los aromas de la crema catalana y arroz con leche de la abuela. Y hubo quien sorprendió con sus remembranzas olfatorias: la casa de sus ascendientes olía a comején.

-Es un olor que tengo en la memoria -dijo. -La casa de mis abuelos olía a comején.

En pleno “cervezatorio” el grupo comenzó a preguntarse si era posible que el comején desprendiera olor; que supieran, las termitas son insectos inodoros de una voracidad sin límites. Tal vez era la madera carcomida, esa arenilla desprendida de los horcones y las jambas de las puertas, supuso alguien.

-No-respondió el memorioso.- Nunca vi comejenes en la casa. Ni siquiera esas alitas que aparecen en los rincones como si cayeran del cielo.

Para resolver el misterio de los olores inexplicables con una broma sugirieron que hiciera un viaje a Cuba, al pueblo de la familia, buscara la casa y aguzara el olfato. El amigo se puso serio. Diríase algo melancólico. Ni los abuelos ni la casa existían ya. Por noticias llegadas desde la Isla durante los cuarenta años de ausencia, los abuelos fallecieron, la casa fue vendida, echada abajo, y ahora era “otra cosa” de lo cual no tenía ni idea. Y agregó que aunque la casa y los abuelos estuvieran en pie, jamás volvería a Cuba. Esa puerta, dijo con firmeza, hace tiempo fue cerrada. 

Entonces el tema derivó al regreso.  Al olor primigenio, a aquel que hizo a García Márquez hablar de su infancia en El olor de la guayaba (1982), o la biografía del Difunto Líder, la edulcorada versión en Todo el tiempo de los cedros, donde el olor de la madera evoca la felicidad perpetua.

¿Queremos regresar a Cuba? ¿Podríamos adaptarnos a vivir en el lugar donde nacimos y crecimos? ¿Debemos regresar y contribuir con nuestras experiencias en la reconstrucción de un país destruido por termitas bípedas e insaciables que han ahuecado el corazón y el alma de la nación cubana?   

Las respuestas son tan disímiles como cubanos encontremos dispuestos a responderlas. El regreso de la diáspora -dispersión- es un dilema tan viejo como la Humanidad misma, y tiene en La Odisea y en la Biblia antecedentes remotos. Ulises hace del camino de regreso a Ítaca una aventura donde, al decir del poeta Kavafis, lo importante ha sido el viaje más que la llegada.  Odiseo se ha vuelto sabio. Ha vencido el peor de los peligros, el olvido. Moisés busca retornar el Pueblo de Dios a la Tierra Prometida tras el cautiverio egipcio. La desobediencia impide a Moisés poner un pie en Canaán. Ha conducido a la familia judía por el desierto durante 40 años; Dios le ha dado el “instructivo” de la felicidad con los Mandamientos. Pero Moisés ha perdido la humildad, y al adjudicarse el milagro del agua, no está preparado para vivir donde Abraham sembró la primera dinastía.

Del mismo modo, habrá quienes con sus razones, evadan conversar sobre su futuro y el de Cuba. No ven relación alguna. Han hecho vida en otros lugares. No tiene caso desgastarse en futuros inciertos, ni siquiera bajo el efecto de bebidas espirituosas. Argumentos sobran, además. Un ojo ajeno no sabe cuánto de convicción  racional o de dolor hay cuando un cubano exiliado dice que no quiere oír del tema, aunque la casa y el comején ya no habiten la Isla.  Es difícil regresar a Cuba hasta de visita, dicen, aun cuando tras sacudirse del lastre totalitario vuelva a ser La Perla de las Antillas. Personas y personalidades que tras una riesgosa travesía, o en la comodidad de un vuelo de apenas 40 minutos, dieron un portazo que envidaría hasta la mismísima Nora de Ibsen.

Sin embargo, hay una no despreciable cantidad de compatriotas que están comprando a saldo de remate las casas y los apartamentos de sus sueños por toda la Isla. Con suerte, y más dinero, están haciendo construir viviendas donde antes hubo un placer, una casona rendida por el comején, un antiguo palacete en proceso de derrumbe. Ellos están visualizando una nueva Cuba, y creen que es la hora de la inversión: una renta frente al mar, una casa-hacienda en la cima de una loma, un establo para caballos y reses -por ahora, aclaran, solo cerdos.   

La experiencia de otros exilios y regresos, permanentes o temporales, enseñan que la readaptación no es un proceso fácil, y depende del tiempo, las razones de la “fuga”, y sobre todo, de la personalidad del individuo. España, tras la caída del Franquismo –la idiosincrasia y el régimen más parecidos a los cubanos-,  demuestra que se trata de una compleja trasformación, con obstáculos para quienes vuelven, y también para los que se quedaron. Una parte de la elite intelectual republicana española no encontró el lugar que presumían les esperaba en democracia; tanto había cambiado el país, tanta la censura y la delación, que para su gente eran casi unos desconocidos. Una porción de los que hicieron resistencia al totalitarismo falangista desde adentro, sintieron recelos de los que volvían. No ocultaron críticas, a veces injustas, a esos que, literal, habían salvado el pellejo.

Es imposible predecir qué sucederá cuando la Larga Noche Involucionaria de paso al Sol de los Recuentros. Sabemos, también por historia, que los mismos hombres que lo perdieron todo en la manigua, y lucharon juntos contra España por libarse del yugo colonial, una vez en la Republica se enfrentaron al punto de necesitar intervenciones extranjeras. La Enmienda Platt pareció entonces un mal necesario. Una República, la cubana, en su corta vida democrática, conoció dos dictaduras y apenas sucesiones presidenciales pacíficas. El régimen involucionario se ha encargado, también, de desarmar el pasado para que no haya un antes sobre el cual reconstruir una casa para todos.

Al usar el comején y su olor memorial como analogía podría decirse que necesitaremos una enorme “carpa” sobre la Isla el día que la Involución pare de comerse los cimientos de la Nación. Una carpa que, como buen aislamiento, detenga todos los odios, las venganzas y las maledicencias acumuladas por años. Tomará tiempo. El daño es inmenso, no solo para quienes quedaron atrapados en el podrido maderamen. Por acá, aunque sea duro admitirlo, hemos aprendido a vivir en el olor de los acondicionamientos del aire y los odorantes para la cloaca.

Parafraseando a la rosa de Antoine de Saint-Exupéry en El Principito, habrá que volver a sentir el olor del comején si un día queremos conocer a los abuelos.   

 


 
 
 

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