EN POCAS PALABRAS
- Francisco Almagro

- 25 nov 2025
- 6 Min. de lectura
El Escritor y el Exilio (III)

Por Francisco Almagro Domínguez
Pasaran muchos años para que los historiadores de la cultura cubana logren hacer una valoración objetiva del desastre que para la Nación tuvo el totalitarismo comunista. Como sucedió en cualquier lugar donde el Estado, el Partido y el País se fundieron en un solo elemento al estilo feudal, 1959 fue una implosión que hizo saltar por los aires toda la sabiduría y la creatividad artística que venía fraguándose desde la Colonia. El régimen, por decreto y a veces sin secreto, amputó de raíz todo aquello que no coincidiera con los presupuestos materialistas-marxistas.
Aunque hubo una primera fase de tolerancia, poco a poco, como un diestro cirujano social, el régimen fue cortando lo que podría nacer o crecer como sediciosa oposición ideológica. El mal llamado Quinquenio Gris, del cual se dice con razón que fue mucho más en cantidad y calidad restrictiva, fue el colofón, el lógico final de esa política que, sea de paso, aún persiste con otro pelaje e iguales garras. La involución cultural sigue siendo dentro de ella nada, y fuera de ella, nada tampoco.
Paradójicamente, la mayoría de los escritores en su primera madurez subidos al carro involucionario fueron, cual “Incorruptible”, guillotinados por sus mismos acólitos. Insolentes, persecutores y censores de comas y paréntesis, terminaron del otro lado, algunos amargados, arrepentidos, arrollados por el carromato al cual habían trepado con la ilusión de publicar las primeras obras. Otros, una vez en su segundo y definitivo exilio, escribieron lo mejor y más auténticamente cubano hasta entonces. De cierta manera se repetía el anatema del autor insular: para escribir de Cuba a veces hay que alejarse geográficamente de ella.
Podríamos visualizar la hecatombe cultural cubana como un enorme tsunami que partió el mundo de la literatura en dos mitades poco más o menos iguales. Por el fugitivo Testamento del pez de Gastón Baquero, Nicolas Guillen se hizo poeta nacional a Sudor y Látigo. Mañach no volvería a ser leído en Martí el apóstol, porque para conocedor del Mártir de Dos Ríos sobraba Juan Marinello con Once ensayos martianos. Lezama se refugió en el Paradiso habanero mientras Guillermo Cabrera Infante desgranaba nostalgias londinenses en La Habana para un Infante Difunto. Virgilio sentía Aire Frio en el ostracismo condenatorio de la homosexualidad en tanto Rene Ariza tuvo que esperar el éxodo del Mariel para darle La vuelta a la manzana. Tardaron los jóvenes cubanos en descubrir La Luna Nona de Novas Calvo; a cambio, Onelio Jorge prestó a quienes no se fueron la ilusión marina en El Caballo de Coral. Mientras Don Fernando Ortiz prefirió en su venerable ancianidad quedarse vigilando el ajiaco insular, Lidia Cabrera cargó con su dignidad y Jicotea hacia las marismas de los Everglades. Levi Marrero tuvo que enseñar la Historia económica de Cuba en tierras ajenas a su natal Santa Clara, porque Julio Le Riverand, nacido en La Coruña, impuso la versión historiográfica marxista en Historia económica de Cuba. Finalmente hubo quien, ambidiestro político-literario, viviendo entre Paris y La Habana, hizo que su Reino fuera de otro mundo.
Es imprescindible citar a quienes dieron a los intelectuales cubanos emigrados una plataforma, el estímulo para seguir la labor creativa, aunque trabajaran para ganarse la vida inclinados sobre un surco de tomates en Homestead, o cuidando la puerta de Galerías Preciados en Madrid o Barcelona. Sin duda la labor de editores-libreros como Juan Manuel y Marta Salvat al crear ediciones Universal en 1965 podría verse como una “madraza” que dio sentido de pertenencia y referencia al escritor emigrado. Sin ese centro de gravedad espiritual, al decir del poeta Jorge Valls, los autores serían como náufragos que lo habrían perdido todo.
Otros mecenas seguirían el ejemplo de Salvat en todo el mundo. Especial mención merece Editorial Playor, fundada por Carlos Alberto Montaner. Y lo es porque el propio régimen cubano se encargó de hacerlo grande al denominarlo “engendro de la CIA” y refugio de mediocres. Finalmente, el mismo Montaner y otros creadores consideraron rescatar la idea del autor de Indagación del Choteo en 1945, y refundaron el Pen de Escritores cubanos, esta vez en el exilio y en 1997.
Quizás no hubo nueva crisis hasta la llegada de la Generación del Mariel. Crisis en el sentido asiático del ideograma: oportunidad y peligro. Porque eso fue el éxodo de escritores en 1980: la oportunidad de crear en libertad y aprender a luchar con las consecuencias de vivir fuera de la jaula al mismo tiempo. La Generación literaria del Mariel, si es que se acepta el termino, es un hito en la cultura exiliar. El tema ha sido abordado con tan buena hechura y seriedad por los propios literatos que quien escribe siente la obligación de su consulta.
Podría decirse que son escritores de diverso origen y temáticas, a quienes une haber nacido pocos años antes de la implosión cultural totalitaria y eran chicos o muy jóvenes durante la dictadura batistiana. Es la primera semilla del pretendido Hombre Nuevo; semilla cuyo follaje se inclinó, soberbio, hacia el lado contrario al deseado por los cultores, y desafiaron la UMAP y otras “exquisiteces” del control social comunista. Fueron testigos, algunos en carne propia, de la marginación por las ideas, la inclinación sexual y las “conductas impropias”.
Habían visto mucho. Demasiado. Observadores privilegiados en las revistas y las editoriales donde laboraban, percibieron cómo los caminos se cerraban; el sistema invisibilizaba al autor disidente, y lo convertía de la noche a la mañana en un zombi didáctico: enseñar a los demás la línea roja que no deben pasar. Para resumirlo en una frase, serían las próximas víctimas o los futuros comisarios. Y hubo que escoger otra vez: conmigo o sinmigo. En esa indefinición existencial, no había otra opción que huir por el primer agujero del Telón de Bagazo, o permanecer en la melaza donde todo se avinagra y corrompe.
El éxodo del escritor del Mariel pudo haber sido un trasplante forzoso, un trance de difícil aceptación, entre cuyas víctimas se cuenta el defraudado Guillermo Rosales y Reinaldo Arenas entre otros.
En los últimos años es difícil encontrar novelistas notables -hay excepciones que confirman la regla-, poemarios significativos, dramaturgos prolíficos -en España, quizás por razones de idioma e idiosincrasia, el teatro cubano goza de muy buena salud. ¿Será que la promoción de sus obras adolece de efectividad? En una denominada postmodernidad y “civilización del espectáculo”… ¿Lino Novas tenía razón cuando decía que la literatura de ficción ya no era aconsejable ni rentable?
Sin embargo, la producción ensayística, histórica, y hasta filosófica hecha en la diáspora es inmensa, digna de elogio. Es como si el exilio escritural tuviera el encargo, no exigido por nada ni por nadie sino por un deseo ignoto, de recomponer la Isla fragmentada; unir los pedazos dispersos por la barbarie iconoclasta y exclusivista. La imagen que viene a la mente de este escribidor es que el escritor cubano imita a un Crusoe seguro de que un día alguien vendrá al rescate, y se contenta, en su aparente soledad, ir escribiendo el pasado para no olvidarlo; devolvérselo a los demás como un legado ético cuando a bordo de otro barco regrese a su Patria. Es por eso por lo que la literatura del exilio cubano, mayormente hecha en el sur de la Florida, acaso en Nueva York y Los Ángeles, podría ser, sin ánimos clasificatorios, Literatura de la Resistencia: armar el rompecabezas de la cubanía que el totalitarismo desordenó con temeridad.
Hay especialistas que suelen tildar la literatura del exilio como en exceso politizada, políticamente “incorrecta”. A veces suelo preguntarme si habría otra manera de escribir a Cuba que no fuera desde el dolor, la nostalgia -el dolor del recuerdo- sin renunciar a lo bello, lo bueno y lo cierto, como sucedió a los grandes escritores del Siglo XIX. Sobre muchos de ellos pendía la muerte o la cárcel si regresaban, en su propio país eran desconocidos para la mayoría de los lectores, y aun así continuaron llenando páginas en blanco.
Habría otro y más valido argumento. Los escritores exiliados son la voz de las víctimas. Ciertamente, existe una línea muy fina entre la victimización para lograr visibilidad, y ser portador del mensaje de los perdedores. Una trampa de la que hay que cuidarse mucho. Como cualquier extremo, las puntas llegarían a tocarse. No toda la literatura escrita en la Isla durante seis décadas es desechable. Hay grandes creadores en todos los géneros. De hecho, muchos de los que hoy en el exilio continúan sus obras han iniciado el oficio estando Cuba. Tampoco porque se escriba fuera de la Isla el resultado es rescatable. Con mucha frecuencia el discurso de barricada no tiene color político. Unas estrofas de amor, una breve descripción histórica desconocida pueden ser tanto o más peligrosas para un régimen totalitario -que por definición ni ama ni respeta la verdad- que una cuartilla incendiaria.
Podremos ser una enorme biblioteca de Babel en el Caribe el día que aprovechemos y sepamos asimilar la libertad de pensamiento y expresión tras décadas de artificial y aviesa separación. Somos una sola cultura. Una sola escritura. Un solo pueblo.





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