EN POCAS PALABRAS
- Francisco Almagro

- 30 nov 2025
- 6 Min. de lectura
Últimos días de la Hacienda
Finlay Agraviado.

Por Francisco Almagro Domínguez
Ha querido la mala casualidad para Cuba que el aniversario del natalicio de Carlos Juan Finlay el 3 de diciembre de 1833, coincida con una de las peores epidemias múltiples en la Isla. Según los reportes oficiales del Ministerio de Salud Pública hay miles de casos de Chikunguña -palabra africana que quiere decir el que se dobla- Oropuche -un virus caribeño de baja letalidad, no exento de complicaciones-, y dengue. Para más desgracia, algunos cuadros febriles están siendo reportados como Síndrome Febril Inespecífico ante la falta de pruebas específicas para clasificarlos.
Como es habitual, el régimen siempre acude a culpar a un tercero. Es una maniobra que en épocas pasadas daba buenos resultados. Con la ausencia casi total de información alternativa, y sin la posibilidad de confrontar versiones distintas de los hechos, derecho y necesidad humana, los cubanos estaban en desventaja para comprender las complejidades del mundo, la diversidad y la contradictoria política internacional. Después de la irrupción del Internet, la telefonía celular y la ampliación de los viajes de nuestros compatriotas, el monopolio informativo sufrió un golpe mortal.
Hoy el que en Cuba no quiera saber la verdad, es porque no quiere, o no desea amargarse la vida. Rechazar otras narrativas es una muestra de libertad. Eso no significa que se posea la verdad o una aproximación a esta. Se puede seguir hipnotizado. Y en ocasiones será preferible a enfrentar la verdad y tener que actuar en consecuencia. Pero siempre estaremos en manos del hipnotizador de turno.
La primera de esas verdades es Finlay mismo. Los historiadores de la salud orgánicos al régimen han tratado de vender al investigador y profesional cubano como timado, robado por los “yanquis”. Cualquiera que conozca la verdadera historia de la fiebre amarilla como enfermedad sabe la importancia de acabar con el flagelo. En Cuba, en el Caribe y en los puertos del sur de los Estados Unidos cobró miles de vidas. De hecho, las obras del Canal de Panamá pasaron de manos francesas a norteamericanas debido a la cantidad de bajas durante los primeros años de la obra.
El ejército de ocupación norteamericano tenía entre sus preocupaciones fundamentales enfermedades como la malaria y la fiebre amarilla que habían diezmado a las tropas españolas en la Isla - Gómez solía decir que sus mejores generales eran los meses de junio, julio y agosto, cuando los mosquitos proliferaban por campos y ciudades. Por tal razón enviaron a los mejores médicos en busca de una solución. La última de estas misiones resultó estar dirigida por el doctor Walter Reed, un bacteriólogo militar de prestigio, nombrado directamente por el secretario de salud de los Estados Unidos.
Y es aquí donde los comisarios comunistas tuercen la historia para convertir el hecho científico, alejado de toda pretensión política, en un desencuentro imperial, poniendo al especialista norteamericano como vulgar e inepto ladrón que se apropia del descubrimiento de un pobre médico cubano —lo era solo por haber nacido en Camagüey, detalle no mínimo si damos a la idiosincrasia y los valores familiares papel en esta historia.
Podemos imaginar el primer encuentro entre estos dos hombres de ciencia. Primero, podrían hablar en perfecto inglés. Finlay era hijo de un escocés y madre francesa, había estudiado en el famoso Jefferson Medical College in Philadelphia, Pennsylvania, además de sus viajes a Europa y congresos en Estados Unidos, donde presentó por primera vez la hipótesis de mosquito como agente trasmisor. Del otro lado, el responsable de dar al secretario de salud norteamericano la certeza de que las tropas de ocupación no pasarían la ordalía de las españolas había hecho una meteórica carrera como médico -se graduó con solo 17 años- y alcanzó el grado de mayor del Ejército tras una intensa labor en el Oeste del país.
Es creíble que ambos se respetaran, y hablaran el mismo idioma, no solo en inglés. Finlay, además, cargaba la frustración de que los gobiernos y la academia colonial no lo reconocieran en su tesis sobre el vector biológico como trasmisor de enfermedades -de hecho sufrió burlas y escarnio de la comunidad científica de la época, quienes lo llamaban despectivamente el “médico de los mosquitos”. Reed llevaba en sus hombros la inmensa tarea de investigar todas las probables causas tras el fracaso de otras misiones. Debía revisar todas las hipótesis, por absurdas que fueran, principio básico para todo científico. De modo que ese instante, recogido en cuadros, Finlay brindando al norteamericano las notas y los especímenes de mosquitos, debe tenerse como uno de los momentos cruciales de la historia y la cooperación médica universal.
Finlay sin Reed hubiera quedado mudo. Reed sin Finlay, ciego. Como es habitual aún hoy día, la prensa norteamericana se encargó de inclinar la balanza descubridora hacia lo suyo, Walter Reed, quien moriría en 1902 sin poder aclarar el papel esencial del cubano con su teoría vectorial. Fue la primera vez que alguien propuso un animal como reservorio y trasmisor de enfermedades. Debido a tan original descubrimiento, Finlay seria propuesto para el Nobel de Fisiología y Medicina siete veces, de 1905 a 1915, sin alcanzarlo. La medalla de la Legión Francesa, y otros lauros internacionales tratarían de mitigar tan inmerecido agravio.
Sabemos que Walter Reed tenía todos los recursos para levantar el campamento en Marianao y comprobar si la tesis finlaísta era cierta, algo de lo que carecía Finlay. Sabemos que Carlos Juan, alejado de toda mezquindad, deseaba demostrar la hipótesis más allá de cualquier dividendo financiero —no era rico, pero vivía con holgura gracias, como el padre, a su profesión de oftalmólogo. La grandeza de estos dos hombres, cuya sinergia científica algunos tratan de opacar, está en que los dos hospitales militares más importantes de ambos países se nombran Walter Reed en Washington y Carlos Juan Finlay en La Habana.
En un curso de Medicina Tropical hace cuatro décadas un profesor nos hablaba de que la Enmienda Platt había servido para higienizar la Isla. La cláusula subrayaba que el ejército de los Estados Unidos podía intervenir militarmente en Cuba si detectaba una epidemia masiva que ponía en peligro el comercio en los puertos del sur de los Estados Unidos. Tienen suerte algunos compañeros continuistas de que no exista la Enmienda Platt, ni comercio con los vecinos norteños. El momento no pinta halagüeño para la Continuidad; si sucediera como hoy con el narcotráfico y Venezuela, las epidemias en Cuba serian tomadas como casus belli.
Pero en la ciencia, como en la economía, dos más dos deben sumar cuatro. Cuando la política mete la garra oportunista en cualquier lugar los resultados son desastrosos. La involución cubana ha hecho de casi todo, y la medicina no es la excepción, una basa política. En su carrera por demostrar superioridad respecto al mundo democrático y capitalista, ha tenido que mentir o magnificar resultados que son, en esencia, intrascendentes. Buenos y honestos profesionales cubanos han visto sus aportes a la medicina manipulados por el régimen sin mínimos éticos. Quienes lo vivimos no podemos olvidar la milagrosa cura de la retinosis pigmentaria, la Melagenina para hacer crecer el pelo de los calvos y devolver el color de la piel de los pacientes con vitíligo; que el Parkinson se curaba con la implantación de células fetales cuando el famoso Mohamed Ali apenas podía dar unos pasos.
No obstante esas farsas repudiables, el disimulo del cólera como Síndrome Diarreico Agudo, el COVID como Síndrome Respiratorio o Fallo Multiorgánico, o ahora el Chikunguña como Síndrome Febril sin poner la verdadera causa de muerte en los certificados de defunción es el mayor crimen, y debe ser denunciado, enjuiciado. Hay miles de testigos fuera de Cuba dispuestos a hablar ante un Nuremberg sanitario.
Una vez más la verdadera entraña del totalitarismo enseña su pelaje depredatorio. Lo importante es la política, permanecer en el poder con el sacrificio de seres humanos que, al final, no son más que mal agradecidos e ignorantes, y lo deben todo a la Involución (SIC). ¡Una diferencia tan grande de C. J. Finlay, quien entregó al colega norteamericano 30 años de investigación sin nada a cambio! ¡Tanta distancia ética entre un Finlay católico, padre y esposo ejemplar, paciente y confiado en la verdad, con quienes mienten y ocultan el desastre de la salud pública cubana! ¡No nos sorprenda que el Órgano Oficial hable de batalla victoriosa contra la epidemia este 3 de diciembre, Dia de la Medicina Latinoamericana!.
Pensar que esta desgraciada epidemia se resuelve, como lo hizo la república guiada por los presupuestos finlaístas solo con adecuada higiene. Menos política, más ciencia, menos represión y más humanidad, menos discursos, mayores recursos para la salud. Solo cuando el turismo, o los Estados Unidos se sientan amenazados, el régimen hará lo correcto. Para entonces y para mucha gente, será tarde.





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