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EN POCAS PALABRAS

  • Foto del escritor: Francisco Almagro
    Francisco Almagro
  • 3 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

Últimos días de la Hacienda.  

Jubileo necrofílico.    

El  Gran Apagon. Pedro Pablo Oliva
El Gran Apagon. Pedro Pablo Oliva

Por Francisco Almagro Domínguez

En la medida que se acerca el centenario del nacimiento del ex Máximo Líder las autoridades cubanas siguen un enfebrecido programa de recordaciones y elogios a la figura que consideran “vivo” en el pueblo cubano. El pasado 25 de noviembre, fecha del deceso, los discursos y las movilizaciones han alcanzado niveles de grotesca chifladura. En un país asesinado por varias epidemias, con escaso combustible y plantas eléctricas arruinadas, y la tercera parte de la población con afectaciones de agua potable, el régimen anuncia desde ahora algo similar a un jubileo para celebrar los cien años, no del Ciclón del 26, sino de otro evento más mortal.        

Todos los que pueden decir algo y ser oídos gracias al monopolio informativo insular, bordearon lo místico-religioso al afirmar que la presencia del Difunto está en cada pensamiento, en cada gesto continuista. Dentro de la monomanía necrológica los ideólogos no han reparado en el efecto bumerán, en la contradicción intrínseca del discurso: el país se cae a pedazos. Si su legado es tan brillante, digno de seguirlo, ¿por qué estamos tan mal si esto es la “continuidad”? ¿Por qué, como Él dijo, no se cambia lo que tiene que ser cambiado?

Para analizar la narrativa restaurativa del régimen habrá que hacer una breve digresión teológica-filosófica. Pueblo espiritual y creyente por idiosincrasia, aunque el materialismo haya querido borrarle la impronta, la muerte física del ser humano no es el final para la mayoría de los cubanos. Desde los valores cristianos hasta la religiosidad afrocubana, la muerte es solo un paso hacia la eternidad. Y sobre esa base del inconsciente colectivo es factible construir un discurso de inmortalidad, de ausencia presencia.

La pretensión epistemológica del comisariato comunista -un sistema de ideas que explica las cosas y le da coherencia - es que la gente crea en el retorno del espíritu del Finado en jefe; que su halito inmortal y peregrino, sobrevuele a los heraldos de la Continuidad y diga desde el Mas Alla lo que debe hacerse en el Mas Acá. No se trata de resucitarle. Eso solo compete a los clínicos y a Jesucristo con la hija de Jairo, o Lázaro, el hermano de María. Es pura y dura resurrección. Ahora es fácil comprender por qué el comunismo, como cualquier otro sistema totalitario, necesita obliterar, arrancar de cuajo las verdaderas religiones: ellos son la Religión. Ellos son Dios en la Tierra. Algo así como el Salvador. El ex Máximo Líder, no ha muerto: tiene “palabras de vida eterna”.

Ni con José Martí alguien se atrevió a tanto. Los verdaderos y desprejuiciados conocedores de su vida y obra saben bien que el Apóstol tuvo pifias, como cualquier ser humano. Se equivocó en valorar hombres y tiempos, y eso, en parte, le costó la vida. El descabellado propósito de los escribas involucionarios es presentar ante el ciudadano cubano desmemoriado al ex Máximo Líder como un hombre dechado de virtudes, incapaz de equivocarse, ejemplo para las futuras generaciones. Para muestra, una frase tan “chea” como esta: “Fue F… ese hombre gigante que iba al futuro y regresaba para contárnoslo” (Órgano Oficial, 12/3/2025).  

Pero todavía hay demasiada gente viva para opinar lo contrario. Debe ser una tarea hercúlea para los biógrafos hacer una compilación mínimamente racional de su legado. Cuando temerariamente incursionó en el periodismo con aquellas “reflexiones” que harían palidecer a Zumbado, Tom Wolfe podría haber dicho que no merecía la pena seguir escribiendo. En sus discursos kilométricos no existe una idea coherente, sino una megalomanía y disgregación de pensamientos clínicamente inclasificable. No hizo ningún aporte a la teoría marxistaleninista, a las corrientes económicas modernas, a la ciencia y la técnica, a la política internacional. Todo lo contrario. Su contribución podría resumirse en “sobrevivir formado lío”, o “ir contra la corriente”. No hubo actividad humana donde el Compañero en jefe metiera la mano y quedara en pie.

De esa manera no hay agua potable y nadie recuerda la llamada Voluntad Hidráulica, aquellas presas por doquier, ríos desviados y deforestación para sembrar “pangola”. No hay luz eléctrica y no se menciona la Revolución Energética, la inversión millonaria en los grupos electrógenos y los “módulos de cocción” en un país sin recursos petroleros. Tampoco hay azúcar y nadie habla de que desmanteló los ingenios. Nadie quiere prestarle un peso a La Habana, y se olvida del “principio ético”: la deuda externa es inmoral e impagable. En fin, la larga lista necesitaría varios volúmenes. 

El experimento continuista tiene una crisis enorme de valores y proyectos, precisamente porque el manual de sobrevivencia que el Difunto Líder dejó es eso, y nada más: amanecer al día siguiente. Si decimos que los continuistas no lo han intentado, imitándolo, mentiríamos. Allá va el Designado después del ciclón a prometer agua, y caminos, como su coterráneo Gerardo Machado, rodeado de guardaespaldas en uniformes verdeolivo -de paso también se ha puesto una banderita roja y negra sobre los hombros para darse legitimidad. Y por acá el rollizo ministro, casco blanco, mueca de disgusto, y la misma planta reparada la pasada semana.

La narrativa necrofílica ha llegado a un nivel de manicomio, y aún falta mucho por ver. Junto con la represión y la ausencia de “cambiar todo lo que debe ser cambiado”, el año que viene ya se anuncia como el Jubileo del Comandante. Jubileo es una vieja tradición cristiana para el encuentro y la renovación de la fe. Justamente lo que anuncian la Continuidad en la Isla: encuentro en la oscuridad -literal y metafórica- y la renovación del perdón de todos los pecados al Difunto Líder.           

 

 

 

 
 
 

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