top of page

EN POCAS PALABRAS

  • Foto del escritor: Francisco Almagro
    Francisco Almagro
  • 9 dic 2025
  • 5 Min. de lectura

Últimos días de la Hacienda

Silvio Si, Silvio No.



Por Francisco Almagro Domínguez

Una amiga y lectora fiel ha respondido uno de mis trabajos en el Blog Habaneciendo.com acerca de la pertenencia o no de revisar cierta publicación referida al ex presidente-general. Se trata de una especie de compendio biográfico-literario de quien, como el hermano mayor, no se le conoce un solo aporte original al marxismo teórico a pesar de llevar más de medio siglo viviendo supuestamente bajo sus preceptos. Ella dice con razón que no gasta tiempo ni se provoca nauseas sabiendo el resultado: un país hecho pedazos en lo material, psicológico, ético, y, sobre todo, espiritual. Es, sin duda, una praxis auto protectora. Sus palabras han generado la necesidad de examinar el tema del autor y la obra, aunque en este caso no es una cosa ni la otra.

A mi mente vinieron las fiestas del sábado por la noche en la Habana de los setenta. En aquellos días, y antes de la inefable Comunidad cubana en el exterior, y la consecuencia más lógica, el éxodo del Mariel, la música norteamericana apenas se oía en la radio, y menos aún los famosos musicales de Soul Train. Los padres que viajaban al exterior y los marinos mercantes eran las fuentes para tener los L.P. o cassetes de música norteamericana. Una curiosa paradoja: el programa NOW, que le “echaba con el rayo”  a los “yanquis”, era el único autorizado a poner esas melodías; a nadie importaba la perorata política, solo las apoyaturas musicales, y parece que eso lo sabían bien los programadores como método para mantener la audiencia juvenil.               

Otros teníamos un radio VEF o Selena, rusos, que, con una antena de perchero, o una Yagi tropical (hecha con trozos de metal y aluminio), escuchábamos el American Top 40 con Casey Kasem. Sufrir era poco. Cuando el aire se llevaba el sonido había que adivinar el grupo y el musico en el escalafón de las mejores canciones de la semana. En las becas, al regreso del pase había quien, más cerca de la costa, captaba mejor la señal; ese estaba siempre “en la última”.         

Los jóvenes de aquellos días caminábamos por las calles de la ciudad en busca de una ‘fiesta”: no había que ser invitado ni conocer al dueño. Entrabas donde la música era gringa, la luz estaba apagada, y acaso de bebida agua fría, o un “ponche” (alcohol de 90 grados con unas frutas). En las becas y los “pre de la calle” se corría la voz:  el sábado en tal dirección hay una en Playa de La Lenin; los Camilitos de Baracoa van a “sonar tremendo fiestón” en el Vedado; la gente del Saul tienen “un güiro” la semana que viene. 

Las ultimas canciones norteamericanas eran la primera fase de la fiesta donde no había necesidad de conocerse. La segunda venia con la “música prohibida”, que no era en inglés, sino en español. Los dueños dejaban la luz apagada, bajaban el volumen y entonces se podía oír a Feliciano, Julio Iglesias, Camilo Sesto, autores fuera del éter insular. Era el momento de escoger una muchacha y tratar de pegársele hasta que ella pusiera “un cable”.  Nunca se supo a ciencia cierta por qué cada uno de esos cantantes se dejó de escuchar en Cuba. Una vez me dijeron que lo llamaban “el cuartico”, un lugar donde acumulaban a los “músicos prohibidos”. No se podían poner al aire en ninguna circunstancia. La única oportunidad eran las fiestas, y bien tarde, bajito, para que no llamar la atención de la policía o de los chivatos del Comité de Indefensa Involucionaria.

¿Qué había hecho el invidente Feliciano, tan cerca de la Isla con sus boleros y su bandera, casi idéntica a la cubana? ¿Qué había hecho Julio, si La vida sigue igual hizo que los militantes comunistas la vieran diez veces y lloraran en los cines como niños? Y Camilo Sesto, ¿acaso porque aceptó cantar en Viña del Mar un año después del golpe de estado en Chile?

Como solía y sucede hasta el día de hoy, el régimen se atribuye la autoridad para “prohibir” la música, la película, el autor, el libro que ellos decidan. Y no sienten la necesidad de dar explicaciones a nadie ni por nada pues todo le pertenecía hasta el dolor de cabeza que ha significado para ellos la Internet y las redes sociales -no aprenden: bloquean las señales como si lograran ocultar la verdad, la belleza y lo bueno. La aclaración de por qué la manía prohibitiva me la dio hace muchos años un compañero involucionario: no le vamos a dar “vida” a quienes nos quieren desaparecer. Parece coherente. Solo que el ciego Feliciano, como su nombre lo indica, vivía feliz sin otra pretensión que serlo. Julio Iglesias arrastraba una familia y una fama tan grande que no tenía tiempo para ocuparse de estar “prohibido” en la Isla comunista, y a Camilo Sesto bastaban los premios a la música latina para ocuparse de la política hecha a miles de millas de los escenarios donde triunfaba.   

Solo cuando se vive en un régimen totalitario como el comunismo, donde controlan hasta el aire que se respira (del aire acondicionado al hedor de una fosa abierta, el basurero en la esquina), se puede “prohibir” a un artista. La diferencia con una sociedad libre es que existen opciones: el dueño de la estación decide a quien radia o televisa, y a quien no. Pero hay tantas radios y televisoras que se ejerce la “democracia del conmutador”: me gusta, lo dejo, no me gusta, cambio el canal.

Quizás no hay autores-poetas tan controversiales en Cuba como Silvio Rodríguez. Es el único musico cubano capaz de llenar un teatro acompañado solo con una guitarra.  Lo de poeta no es por gusto: su lírica está considerada por los expertos como la mejor de los últimos cincuenta años en Cuba. Y aunque sus críticas al régimen no tienen la fuerza y la claridad de quien alguna vez fue su amigo y competidor en el parnaso musical involucionario -cada cual “escribe” como es–, ha hecho ciertas declaraciones acidas, diríase valientes.

Los mismos que íbamos a las fiestas en los setenta y debíamos oír y bailar a bajo volumen con Feliciano, Julio y Camilo, crecimos oyendo el disco primigenio “Díaz y Flores”, el prodigioso “Rabo de Nube” y ese nostálgico llamado “Unicornio”. “Mujeres” será siempre la poesía que cualquiera hubiera querido escribir.  ¿Puede Silvio, casi a los ochenta años, cambiar su discurso, a veces opaco, confuso, como un “susurro”? ¿Puede oírse a Silvio y sentir, a la vez, un rechazo visceral al comunismo?

En esta hora final del régimen que ha destruido un país y a su gente con una psicopática idea de permanecer en el poder a toda costa… ¿debe Silvio volver a preferir "un rabo de nube"?

que se llevara lo feo

y nos dejara el querube

un barredor de tristezas

un aguacero en venganza

que cuando escampe parezca

nuestra esperanza.

Silvio,  como sucedió con el amigo Juan Padrón y Elpidio Valdés, han sido convertidos en símbolos de la Involución, un daño tal vez irreparable a sus obras, aunque fue consentida por ellos.

La pregunta encierra sencilla complejidad: ¿puede escaparse a semejante poder de seducción ejercida por el totalitarismo, conociendo el “narciso” de los hombres tocados por la gracia del arte mayor, irrepetible?  ¿Salvara Silvio Rodríguez su legado? ¿El hombre, el político, o el poeta?

Cuando pongo punto final a estas notas siento que hace falta una segunda parte… por ahora, la debo. 

 

 
 
 

Comentarios


Contacto

Thanks for submitting!

© 2023 by Train of Thoughts. Proudly created with Wix.com

bottom of page