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EN POCAS PALABRAS

  • Foto del escritor: Francisco Almagro
    Francisco Almagro
  • 11 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

Últimos días de la Hacienda

Silvio Si, Silvio No (II)

Foto Unplash.


Por Francisco Almagro Domínguez

Ante el enunciado de si debemos separar al artista de su obra, mi abuelita diría: “hijo, ¿por qué te metes en ese berenjenal?”. Una frase campesina que ilustra muy bien el enredo que es entrar y salir airoso de una maraña de gajos espinosos, urticantes. A los veinte hubiera contestado, como el Principito, que no importa soportar las orugas si quiero conocer las mariposas. En la sexta década de la vida, y a punto de tomar la barca que nunca ha de retornar, como escribiera Machado, contestaria como el Farolero: “abuela, no hay nada que comprender, la consigna es la consigna”.

De ese modo, comienzo protegiéndome con la máxima mosaica más antigua: Dios es implacable con el pecado, pero misericordioso con el pecador. En todo el relato bíblico del Pentateuco -cinco primeros libros- los autores sagrados judíos deslindan el pecado, el error, la desobediencia, del pecador. De otra manera, no pudiera existir el perdón y la reconciliación. No quiere decir que se exima de culpa, de responsabilidad a quien comete una falta. Eso se llama justicia. Se trata de que siempre existe una oportunidad para redimirse, liberarse de la culpa reconociéndose en ella. En palabras de San Agustín seria “no se trata de que no halle qué perdonar, sino de que, hallándolo, lo perdone”.

Hay dos visiones totalmente distintas ante este dilema ético-estético. Por un lado, quienes piensan que el autor y la obra son inseparables, y que por mucho valor artístico que tenga la obra al vincularla a su creador pierde por insuficiencia moral. Y otros estiman que privar a la Humanidad de obras únicas, originales, intransferibles, si bien no perdonan al autor, deben ser salvadas por sus valores estéticos. Semejante dicotomía también pone a los receptores del producto cultural en un dilema: eres “buena" o "mala persona” si rechazas o aceptas la obra de fulano. De tal forma, los gustos estéticos del publico podrían ser juzgados según las ideas políticas, filosóficas o religiosas de los autores: un materialista jamás oiría la Pasión según San Mateo de Bach; un cristiano nunca escucharía a la banda de rock Black Sabbat por preguntar si Dios está muerto.   

Es imprescindible una pequeña digresión estética. La obra de arte tiene un valor intrínseco, o sea, no se la otorga nadie en específico. Por su singularidad -nadie puede pintar otra Gioconda, ni componer una actual Novena Sinfonía- las obras trascienden la moralidad del autor. Los historiadores no nos han hablado muy bien del genio renacentista Leonardo, ni han sido muy benévolos con el irascible Ludwig. Una vez más, separar a ambos de sus conductas reprobables -que, por demás, tienen un contexto, una época- evita la censura del poder omnímodo.

Del lado de quienes defienden la independencia de la obra del autor está el filósofo, semiólogo e historiador Roland Barthes. En el ensayo “La muerte del autor” (1967) el también lingüista francés señala que el significado de la obra no depende del autor, sino de la interpretación que de ella hace el lector, el público; que la obra debe “caminar” por ella misma, evitando así interpretaciones maniqueístas y censura. Sin embargo, su coterráneo psicólogo y filosofo Michel Foucault advierte que bajo determinados regímenes eso puede resultar imposible pues el poder se hace con un discurso dominante, y el arte queda secuestrada como símbolo de una incontestable autoridad. Foucault opina que la censura es un conjunto de reglas que determinan quien habla, cuando y como. Hay obra cuando el poder decida que hay autor.

Quienes hemos vivido en un régimen totalitario sabemos que la censura es mucho más que eso, es autocensura: miedo a darnos cuenta de que disfrutamos el arte vilipendiado, oculto por el poder. Una forma de delatarnos a nosotros mismos. Oír y bailar con Celia Cruz y Willy Chirino es un acto rebelde, moralmente punible en un régimen omnímodo. El totalitarismo no solo se contenta con el secuestro de la ética del ciudadano, a quien convierte en un tornillo o una tuerca de su engranaje improductivo. El totalitarismo pervierte la estética, los valores culturales del pueblo, ancestralmente decantados durante siglos; se erige en un nuevo paradigma cultural donde todo lo demás sobra si no embona con la narrativa dominante.  

Llegados a este punto, es necesario aclarar que nuestros hijos y nietos, quienes no conocieron la Cuba de los últimos sesenta años, un día pueden tropezar con la obra musical de Silvio Rodríguez. De hecho, en casa, uno de los míos, poeta sin voz publica, opina que “Sueño con serpientes” es una obra maestra de la lírica y la armonía, aunque cite al comunista Bertolt Brecht al inicio. Por Pablo Milanés siente algo más cercano a sus raíces; fue quien me hizo oír por primera vez el disco con los boleros clásicos, y yo a cambio recomendé el “Querido Pablo”. Él quedo hipnotizado con la eternidad de “Yolanda”. Yo, con la ética rebelde del autor, mantenida hasta los últimos días de su vida.

Para algunos amigos el rechazo a la obra de Nicolas Guillen -su poesía de amor y periodismo es de lo mejor escrito en la Isla-, al llamado Movimiento de la Nueva Trova, y el Nuevo Cine Latinoamericano son asuntos morales: están en el mismo saco, símbolos de la tragedia más grande sufrida por nuestra Nación. En sus casas, y con todo el derecho que les asiste, jamás escucharán o leerán a los adláteres involucionarios.

Para otros -vamos quedando en espera de la barca machadista-, aunque deseemos negarlo, Silvio, Pablo, Guillen y muchos otros son parte de nuestra estética cultural, un sueño convertido en pesadilla. Tenemos grandes valores éticos y estéticos, quizás paradójicamente, gracias a ellos. El asunto pues, desde mi punto de vista, va más bien en la conciencia y el disfrute espiritual de cada uno. Y nadie tiene derecho a juzgar a la persona humana por sus gustos estéticos aun cuando las obras hayan sido hechas por individuos de conductas deplorables.

A lo único que me opongo con vehemencia y por lo cual muchos hemos pagado un alto precio, es a aceptar otra vez que alguien me diga qué debo leer, oír, y ver. Diría a la abuelita que es la razón por la cual debo apagar y encender la luz del farol: esa es mi consigna.

 
 
 

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