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EN POCAS PALABRAS

  • Foto del escritor: Francisco Almagro
    Francisco Almagro
  • 2 ene
  • 4 Min. de lectura

Siempre será 26… en el 2000


El Cuartel Moncada a pocas horas del asalto.


Por Francisco Almagro Domínguez

Entré a un mercado buscando una medicina para estos resfriados de invierno, nosotros los caribes, tan sensibles al frio que ni media vida en el extranjero nos devuelve un poco de inmunidad. Era justo el día primero del año, y la gente andaba medio asustada o perdida. Así que pregunté a la dependiente, cubana porque no podía ser de otra manera viviendo en Miami, donde hallar el medicamento.

-En línea siguiente, a la derecha.

Y al voltear la espalda, agregó:

-¡Ah, y feliz 26!

Quedé parado unos segundos. No se me ocurrió otra cosa que decir:

-Si, feliz 2026. No 26 de julio.

¿Será que los cubanos estaremos marcados para siempre por ese número? ¿La anguila, el médico o la calle según la charada? ¿Qué contradictoria fecha escogida para la historia de Cuba, cuando se celebran San Joaquín y Santa Ana, los abuelos de Jesucristo?

Para quienes crecimos en la Isla, y fuimos adoctrinados en conmemoraciones, mártires y consignas, el 26 de julio era un día de alegrías y asueto. El llamado Dia de la Rebeldía Nacional se convirtió gracias al control absoluto de los medios de comunicación, los libros escolares y los discursos de doloroso revés a una “victoria”.  

Sobre los incidentes de esa fecha en 1953 se han escrito miles de artículos, cientos de libros. Y depende de qué lado este la imprenta así se valoran los hechos. Hay algo en lo que habría que ser muy fanático para negarlo: si la intención fue tomar la segunda fortaleza militar de Cuba con escopetas de casa y algún fusil moderno, quitarles las armas a los soldados del régimen y escapar a la montaña, fue un acto suicida y un completo fracaso.

Y podría decirse más: se trata del momento más triste de nuestra breve historia republicana. Cubanos eran los asaltantes, y cubanos los soldados rasos -ningún oficial dormía en las barracas del cuartel-. Eran tan inocentes en ese momento como los muchachos que creían iban asaltar una armería o una sencilla estación de la policía para agenciarse algunas armas. Guerritas como el “Levantamiento de los independientes de color” (1912) y “La Chambelona” (1917) fueron escaramuzas comparadas con los muertos en combate, pocos en realidad, y los asesinados en días posteriores a un asalto mal preparado, mal coordinado, y peor en la programada retirada de la escena, donde muchos quedaron “embarcados”, y otros tuvieron la “suerte” de ser protegidos por los sociables santiagueros. 

Ciertamente, la cañona de Batista en 1952 había preparado el terreno para que sucedieran incidentes violentos. Muy alejados parecían estar entonces las llamadas “clases vivas” de un ataque armado al segundo cuartel de la isla, en medio de los carnavales en una ciudad donde tan intensamente se vive y disfrutan comparsas, comidas y bebidas espirituosas.       

El 26 de julio de 1953 es una metáfora perfecta del desastre que ha sido más de medio siglo de comunismo en Cuba. Desde el inicio ha estado presente el engaño. Ha sucedido antes, ahora y será después mientras el comunismo habite la Isla. Toda tarea, aparentemente bien planificada, coordinada, se basa en suposiciones y sobre todo, en metas políticas. El poder es la prioridad.  Los camaradas tienen un problema serio con la verdad, como si existiera para ser negada, tergiversada. Pudieran, incluso, tener un “epifanía de cordura”. Pero pronto regresarían al embuste y la manipulación porque esa y no otra es su esencia: justificarlo todo, hallar terceros culpables.

El fracaso no está contemplado en los diccionarios marxistas. A pesar de la comprobación practica de ser una filosofía totalitaria, puro humo, fracasada en todos los rincones de la Tierra, termina siendo la negación de lo que propone. Como sucedió hace 73 años un 26 de julio: ir contra toda lógica. Pueden tener la inminencia del desastre ante sus ojos y continúan “palante” sin importar cuánta vida humana, sacrificios y dolor ajeno provoquen. Es una especie de ceguera moral; los demás son instrumentos, peldaños para obtener el control total.

En buena ley, y tras el fallido asalto, la justicia condenó a los a atacantes a penas irrisorias comparadas con las que hoy hubieran tenido por semejante acto. Como una muestra de debilidad, no de grandeza, el régimen de Fulgencio les dio la amnistía. Resultado: en solo unos meses los amnistiados regresarían a las armas.

Es lo que sucede con la Involución cubana. Están suficientemente documentados sus crímenes por más de sesenta años. El mundo los trata con tibieza, diríase a veces complicidad. Cada zarpazo a la libertad y los derechos humanos, cada “amnistía” económica, política y legal otorgadas por las democracias son vistas como debilidades, autorizaciones para continuar en la ruta totalitaria.

Puede que no sea coincidencia que el numero 26 venga con el año, y que lo que comenzó hace siete décadas como el hecho más sangriento y deleznable de la historia cubana sea el inicio del fin. El principio del final de un julio funesto, largo en demasía. Aquel sexto mes en el cual la Isla nunca volvió a ser la misma. Vive escindida, partida en dos mitades, y el régimen involucionario las presenta como partes irreconciliables desde su incapacidad de amar y escuchar a quienes piensen distinto.    

Cuando la empleada del mercado me deseó feliz 26, y respondí 2026, no pudo ver mi sonrisa. No era por el chiste. Era porque mucha alegría pudiera esperarnos en el nuevo 2026 que nos espera.

 
 
 

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