EN POCAS PALABRAS
- 9 feb
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Últimos días de la Hacienda: Espejitos por Oro.

Por Francisco Almagro Domínguez
Todo parece indicar que el intercambio desigual entre desiguales desarrollos culturales es un proceso tan antiguo como la Humanidad misma. Ha quedado para la historia como “cambiar espejitos por oro”. Tiene su fundamento en las crónicas de la conquista americana; las cuentas de vidrio, abalorios y espejos parecían a los aborígenes tan llamativos que los trocaban de manera espontánea y felices -sin saber entonces que echaban las semillas de las desgracias con sus adornos áureos.
La avidez de los europeos por el oro es histórica. Fue alrededor del 550 A.C en Turquía que el rey Creso acuñó las primeras monedas del llamado metal precioso. Habían existido otros materiales, frágiles, abundantes, propensos a la falsificación. Incluso hubo un tiempo donde las conchas fueron la moneda de cambio por su belleza y carestía. En todo caso, el oro quedó como valor en el mundo conocido debido a la durabilidad, escasez y resistencia al oxido y los ácidos.
Cargar decenas de monedas era engorroso, y a la vez peligroso, así que en el Siglo XIII un trotamundos llamado Marco Polo trajo la idea del papel moneda inventado en China a Europa. El oro paso a respaldar los “papeles”. No fue hasta el siglo XVIII que David Hume propuso el Patrón Oro como modelo de intercambio. Desde entonces, las reservas en oro de un país amparan la riqueza nacional. El Patrón Oro fue abandonado durante la Gran Depresión por los acuerdos de Breton Woods, y el dólar emergió como garante universal.
Es preciso decir que la moneda no es otra cosa que una mercancía; se deprecia y se valoriza como cualquier otra. Su valor intrínseco radica en que como mismo hace miles de años servía para el trueque, hoy es la mercancía para comprar y vender. Varios países han manifestado el deseo de echar abajo lo que consideran injusto, fuera de época: que el dólar siga siendo la divisa por excelencia. No es difícil comprender por qué el dólar es poderoso caballero don dinero. No existe una economía más sólida y desarrollada que la norteamericana, a pesar de la deuda y las fluctuaciones de los mercados. Todo lo demás que se diga está inspirado por ideologías antiestadunidenses y un desconocimiento abismal de cómo se mueven las finanzas mundiales.
El último intento de remplazarlo se ha dado sin éxito hasta ahora en el llamado BRICS, un bloque variopinto de grandes economías emergentes. También por acá el CELAC, con menos suerte y poder, han propuesto una moneda única latinoamericana sin que haya prosperado más allá de discursos efectistas y zurdópatas.
Fue el espíritu iconoclasta, “antimperialista” lo que llevó a la Involución a un cambio de moneda en agosto de 1961 y a la nacionalización de los grandes bancos extranjeros. El Banco Nacional de Cuba, que en 1948 había surgido con capitales nacionales y del Estado, fue intervenido. Como suelen hacer desde los primeros años con el engaño y manipulación de la información, lograron que la gente cambiara el peso cubano existente a un tasa y una cantidad donde se reducían considerablemente los ahorros. Los nuevos billetes sustituían al dólar y al peso anterior.
Tampoco se podrían sacar del banco las cantidades que cada cual quisiera; el límite a las extracciones fue otro “truco” para descapitalizar al pueblo cubano bajo el argumento nimio de descabellar la burguesía nacional. En realidad, de ese modo el régimen terminaba de tomar el control económico y político de la Isla. Ahora era el “dueño” de las finanzas, y por lo tanto, del poder real. Al frente de ese “combate” a la libertad financiera estaba un extranjero que firmaba los billetes como Che, una muestra más de la soberbia y el irrespeto que sentía por la gente.
La Ley del embargo, a consecuencia precisamente de todas esas intervenciones en el campo de las finanzas, la industria y el campo cubanos, cuando la república se ponía a la cabeza de Latinoamérica, hizo que el dólar fuera prohibido como moneda de cambio por el gobierno involucionario. Pero parece que los gringos no adivinaron entonces que el ex Máximo Líder vio en el embargo una oportunidad única. Recordando el latifundio biranense de su padre, un ex soldado español que pagaba en vales a los jornaleros para obligarlos a comprar en su propia tienda al mejor estilo feudal, aplico el hijo la misma táctica, solo que en vez de una finca se trataba de todo un país. El peso cubano, al que tantos chistes y poesías le han dedicado, quedó como aquellos vales sin valor.
Para viajar por el mundo los cubanos “afortunados” recibían una “‘dieta” que consistía en unos pocos dólares. Ni en la época dorada de los rublos soviéticos el pobre peso cubano tuvo posibilidad de un canje asequible. Lo peor es y sigue siendo así, es que nuestros compatriotas cobran en la moneda que, dicen los compañeros, es la del enemigo. Cuba es un país donde sus ciudadanos no tienen poder real, lo cual es no tener soberanía; y el indicador material gráfico es la descapitalización.
Después de haber enviado cientos de personas a la cárcel por tener un billete con la imagen de George Washington, aceptaron las transferencias en dólares cuando la crisis de inicios de los noventa tocó fondo. Las infames Casas del Oro y la Plata terminaron por robarse los recuerdos en joyas y vajillas de las abuelas cubanas. Con la cara a prueba de balas, los lideres continuistas se quejan de que no hay “divisas” -léase dólares- como si al pueblo pagaran en esa moneda, o sus medios de desinformación no parasen de anunciar la “debacle” económica del imperio, justamente donde están las maquinitas de imprimir el billete verde.
La soledad del Continuismo no solo es ideológica. Es también económica. Tienen miles de millones de dólares, no pesos cubanos, en paraísos fiscales mientras dicen no tener combustible para salvar a los vivos y enterrar a los muertos. Hay que estar muy trastornado para invertir en un país que no tiene gandinga para pedir prestado y no devolver, y para colmo, decirle al prestamista que la deuda es impagable. Ni rusos ni chinos son comunistas en el sentido tradicional como quieren venderle al desinformado pueblo cubano. Los rusos necesitan una Isla seria, que cumpla sus compromisos, que no tenga embargos para que puedan pagar lo que le deben. Los chinos, inteligentes y perspicaces envían unas toneladas de arroz que acaso alcancen para unas semanas; se trata de un mensaje encriptado: arréglense con los yanquis para que los yanquis se arreglen con nosotros.
El dilema del castrismo-continuismo es empecinarse en seguir administrado la Hacienda como la finca de Ángel Castro hace cien años. Creen que pueden quedarse con el oro, y no dar ni espejitos para que los cubanos se vean las arrugas prematuras. El sistema de bodega y vales es imposible hoy día. Ellos lo saben. Pero en su egoísmo prefieren sacrificar a los “jornaleros” antes que pagar en una moneda que sirva para comprar la libertad y el decoro. Es, también, un problema ético. Y es quizás hasta más importante que el papel moneda del juego de monopolio castrista. De tanta relevancia es el asunto moral de la dictadura que necesitaría otro artículo aparte.


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