EN POCAS PALABRAS
- 13 feb
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Últimos días de la Hacienda: Réquiem por Tía Tata

Los niños cubanos de los años sesenta y setenta del siglo pasado no olvidan el programa infantil más longevo de esa época, Tía Tata cuenta cuentos. Con su voz tierna en off, Consuelito Vidal decía: "Arriba, arriba compañeritos, llegó la hora del cuentecito... la Tía Tata ya va a empezar, pero primero les da un besito...”. Eran títeres los que actuaban el guion, siempre con una enseñanza moral, o sea, moraleja. El programa era animado por una banda musical, también de muñecos, llamados los Yoyo, para quienes componían los maestros Rafael Somavilla y Adolfo Guzmán. Era, podía decirse, la edad de la inocencia infantil involucionaria.
Parecería un oxímoron, pues toda niñez debería ser inocente. Pero en la Cuba comunista de entonces era una realidad: el régimen trataba a los adultos como niños y a los niños como adultos. Consuelito y Tía Tata ocultaban detrás de una invisible pared de candor los cientos de presos políticos, los miles de emigrados y familias separadas por ideologías; bastaba una llamada por teléfono del “Mas Alla” para pasar a ser un “zombiňero”: un compañero convertido en zombi social.
Ajenos a los cambios, lo primero que los niños cubanos vieron desaparecer fue la tradición del Dia de Reyes, el 6 de enero. De pronto los sabios del Oriente no eran hormiguitas que pasaban por debajo de la puerta sino tus propios padres trastocados en “santicloses” que decían lo que les repetían en el trabajo, en el Partido: los niños no deben ser engañados; Jesucristo nunca existió y en África y en la India los niños no tienen juguetes.
La “verdad” fue un sorteo por cuadra donde a cada niño correspondían tres juguetes; uno básico que era el mejor, un no-básico que con frecuencia era de menor calidad, y un dirigido, que había que “metérselo”, unas canicas, un juego de palitos chinos, una pelota de playa, un juego de “yaquis”.
El sorteo de los números -entrenamiento temprano en “te-toca” y “no-te-toca”- se hacía por los C.D.R. Los pequeños sufrían ante la incertidumbre y la frustración. El chico podía coger el turno de comprar para el primer día por la mañana, o el último día por la tarde. El primer día se llevaba una de las dos o tres bicicletas que había. El ultimo por la tarde tal vez no alcanzaba ni el juguete básico. En mi memoria están chiquitos pegados al cristal de la tienda llorando porque otro se hacía con el único juguete de sus sueños que quedaba a la venta.
Aquellos primeros escarceos infantiles con el mundo de las colas y los turnos fueron cimentando el carácter de “peleador callejero” que más tarde se expresaría en adultos irreformables, aunque vivan decenas de años rodeados de juguetes en el corazón de Hialeah. Porque si de turnos, oportunidades y ”suerte” se trata, en los tiempos de Tía Tata también se inventaron las reservaciones de restaurantes por teléfono.
Alguien dirá que es la forma adecuada de hacerlo en un lugar de lujo y afluencia. No era el caso de los establecimientos gastronómicos a finales de los sesenta y principios de los setenta. Los niños fueron testigos de cómo sus madres perdían las uñas marcando infructuosamente el número del restaurante. Quienes debían receptar las llamadas tenían sus propias listas, y eso que no había “call-id”. En defensa de los empleados esta decir que la propina era una ‘ofensa” al trabajador involucionario pues ese compañero, aún no zombiňero, simplemente hacia su trabajo.
En los días de Tía Tata comenzó para los niños el llamado Trabajo Voluntario -mayusculas merecidas- acompañando a sus padres los domingos. Era toda una aventura ir en camiones sin protección y ómnibus con olores siniestros. El paradigma para un capitalino fue el llamado Cordón de La Habana. Al “genial” ex -Máximo Líder se le ocurrió tumbar todos los árboles frutales y de sombra alrededor de la ciudad para sembrar café. Íbamos a ser los primeros productores mundiales del grano.
Los niños que éramos entonces teníamos la tarea de rellenar bolsitas de tierra donde se sembrarían las posturas. Por supuesto, chiquitos al fin, terminábamos rompiendo las bolsas, tirándonos la tierra encima o a otro niño voluntarioso, o en un surco abierto, sentados y aburridos porque entonces no había teléfonos celulares ni IPad.
Bajo el principio de la igualdad, el mismo aplicado a los juguetes y los restaurantes, la “Libreta de Productos Industriales” tenía el propósito de vestir y calzar a los niños de la isla. También en la lógica comunista totalitaria, los padres podían decirles a sus hijos que en África y en la India los niños no tenían ropa ni zapatos. Conocida como “la libreta de la ropa” tenía cupones-trampa: te tocaba calzoncillo “o” camiseta, te tocaba camisa “o” pulóver, bata de casa "o" ajustadores -perdón si hay una error en el cupón pertinente, pues eran las madres quienes se encargaban de despejar la letra O. Por esa esa misma razón, las madres cubanas también llamaron a la libreta de la ropa María la O.
Era frecuente, sin embargo, que aun con el cupón en la mano, el dependiente dijera “te toca, pero no hay”, y así mismo, “hay, pero no te toca”. Sucedía casi siempre con los zapatos. Acaso un par de modelos, anticuados, para adultos, un solo color en venta. De ahí que quienes tenían amigos médicos conseguían una receta de pies planos y se agenciaban zapatos ortopédicos de mejor calidad para sus hijos. Éramos el país de los niños con el “arco caído” hasta que llegaron los “Kikos”, unos proto-crocks cerrados que en el calor del trópico hacían sudar los pies con el consecuente hedor a queso azul.
Los niños podían enfrentar todas esas adversidades hasta que iban a los cumpleaños. Allí había varios amiguitos con las mismas camisas, pantalones iguales, casi todos con el arco plantar caído. En ese momento podías saber si los padres “viajaban” -categoría especial de ciudadano- porque era el único niño que vestía como niño, es decir, diferente. Era algo que se notaba en los útiles escolares. La libretas y los lápices de los niños de padres viajeros no eran chinos, ni las gomas de borrar olían a petróleo reciclado. Ellos fueron los primeros en usar “plumones”, gomas de borrar con sabor a fresa, mochilas y “luncheras” de plástico.
A pesar de todo eso, y siendo justo, en los años de Tía Tata la diferencia entre niños de una clase y otra era apenas visible. Los padres que tenían alguna responsabilidad, y “viajaban”, se cuidaban mucho. Había como un sentido de vergüenza. O quien sabe era si temor de ser cuestionados por “ostentación de sus hijos”. Porque a la hora de sentarse frente a los televisores, programación en blanco y negro, el “cuentecito” de Tía Tata era el mismo para todo el mundo. Una “igualdad” ficticia, pero socialmente aceptada.
Las “costuras’ de la desigualdad no eran evidentes, excepto cuando de una sola tela la costurera sacaba dos camisas para los chicos, una blusa para la madre y una camisa para el papa. Iban los cuatro por el medio de la calle con una sonrisa. ¡Tan felices! ¡Tan orgullosa e ingenuamente felices de vestir todos con la misma tela!
Eso fue antes de fallecer Tía Tata como programa televisivo. ¿Cuándo murió Tía Tata? Es difícil saberlo con exactitud. Podemos tener una idea aproximada porque el Difunto Líder, tras un fracaso después de otro, adquirió el membrete de Tía Tata por aquello del “cuentecito” y tal vez no le hizo mucha gracia. Y también el mote de Jotavich, el títere que vino más tarde, quien lograba seducir a la audiencia infantil con sus “deseos mágicos”. En todo caso, Tía Tata murió cuando la generación que la acompañó en los sesenta y setenta comenzó a saber que el “cuentecito iba a continuar”. Que era eso, un cuentecito y nada más.


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