EN POCAS PALABRAS
- 4 mar
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Cuba: el rompecabezas cultural

Por Francisco Almagro Domínguez
Durante casi 70 años la Cultura Cubana, mayúsculas a propósito, ha sufrido un desguace que para cualquier crítico del futuro será un reto juntar las piezas de ese rompecabezas ilustrado. Como sucedió con la caída de Roma en 476 d.C, el arte de la Isla quedó dividido en lo que como símil pudiéramos llamar la “Cultura del Norte” (exilio) y “Cultura del Sur” (la Isla, empecinadamente mal llamada cultura revolucionaria).
Para los estudiosos del arte será un desafío comprender los periodos donde hubo una casi total ausencia de trasvases entre la cultura exiliar y la insular. Y aquellos que afortunadamente y a pesar de la intención proselitista, permitieron a los artistas de la Isla conocer y codearse con la Cultura del Norte al punto de que algunos provenientes de la Cultura del Sur decidieron no regresar. La impronta cultural de la nación pudo más que las artificiales separaciones ideológicas y las lealtades de alquiler.
Hay pocos casos de censura tan férrea en la época contemporánea como la cubana, sin chovinismos victimistas. Censuras hubo en las dictaduras de derecha y de izquierda. Pero en estas últimas, por tener un sesgo de tipo religioso, ni siquiera a instituciones como la Iglesia y organizaciones no gubernamentales se les permitió publicar textos contrarios a la ideología materialista, exponer obras de los emigrados, proyectar filmes y documentales de quienes se marcharon. El poder total en manos de la izquierda es poder absoluto; controlan con facilidad y celo toda la divulgación cultural y la educación al no existir propiedad privada que pueda hacerles una finta.
Si nos ubicáramos dentro de Cuba, los grandes creadores que marcharon al exilio en los sesenta y setenta son (¿eran?) unos desconocidos. Mencionar poetas como Eugenio Florit, Gastón Baquero y Ángel Cuadra, novelistas como Antonio Benítez Rojo y Guillermo Cabrera Infante, artistas plásticos como Humberto Calzada y el rescatado Wifredo Lam, o cineastas como Néstor Almendros, Orlando Jiménez Leal y Nicolás Guillén Landrián bastarían para comprender que el puzle de la cultura nacional, el invisible pegamento que une a los ciudadanos de un mismo país, ha sido gravemente dañado.
De la misma manera, el exilio ha tratado de sobrevivir en tierra ajena desentendiéndose de la creación en Cuba, alguna verdaderamente olvidable, y otra que, guste o no por su filiación política, está entre lo mejor del arte nacional. La novelística de Carpentier y Lezama, la poesía de Guillen y Dulce María Loynaz, y la obra de Tomas Sánchez y Roberto Fabelo son ignorados por el emigrado cubano promedio de los primeros años de exilio. Aunque la mayoría de los mencionados tenía una obra hecha antes de 1959, el reconocimiento del gran público sucedió después.
Mucho más grafica ha sido la escisión cultural en el campo de la música. Mientras Olga Guillot y Celia Cruz, la bolerista y la guarachera de Cuba, respectivamente, triunfaban en los escenarios del mundo, eran voces ausentes en la radio y la televisión cubanas. Tampoco en Miami eran conocidos Los Van Van, o los excelentes músicos y poetas de la llamada Nueva Trova, quienes, si bien tenían un compromiso ideológico con el régimen, también triunfaban en teatros de América y Europa.
Tenemos ante nosotros una pregunta estética y ética a la vez: ¿Qué se puede considerar Cultura Cubana? Y si es un todo inseparable, ¿cómo armar el caleidoscopio de haceres culturales, demasiado teñido por las ideologías y por nuestra muy maniqueísta manera de mezclar política y arte? El rompecabezas que se presenta ante los cubanos del futuro tiene miles de piezas con imágenes parecidas. La razón es simple: no existe un creador revolucionario y otro contrarrevolucionario. Existe el arte, bueno y malo y obedece al “hombre y su circunstancia”. Así es de sencillo y complejo a la vez.
Un ejemplo de lo que no se debe hacer son las compilaciones y los diccionarios al estilo Instituto del Libro de Cuba, primera edición. En sus páginas no están quienes deberían, y están los que no deberían. Los libros de historia serán un conflicto de difícil solución, pues los “vencedores” -si los hubiera después de sufrir esta prolongada guerra sin balas- tratarán de arrimar la pluma a su candelero.
Como hábiles componedores de rompecabezas, los futuros investigadores y promotores culturales de una Cuba unida y próspera tendrán la tarea de engazar las piezas que faltaron. Y en esa labor el método cierto será encajar cada una en el lugar donde alguien la quitó u olvidó a propósito. Como cualquier puzle, será un proceso que amerita paciencia, conocimiento, visualizar la pintura antes de armarla.
Que una buena novela, una melodía o un cuadro valgan por su valor artístico, no por el autor; y que aun cuando el lector no pueda separar la paja del trigo, el pecador del pecado, este sea lo suficientemente libre para cerrar la página y abrir otra sin tener que justificar la náusea existencial; que cualquier hijo de vecino, frente a una obra sin tiempo ni mandato, pueda decir que cientos de años de Cultura Cubana lo contemplan.


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