EN POCAS PALABRAS
- 12 mar
- 5 Min. de lectura
Ultimos dias de la hacienda: "amigos" de Facebook
Por Francisco Almagro Dominguez

Dice el refrán que los amigos se van perdiendo y los enemigos se acumulan. La pérdida de amigos es una perogrullada que solo se comprueba cuando se ha vivido lo suficiente para haber visto morir familiares y personas jóvenes. Han desaparecido de nuestras vidas a veces sin anuncios; un día despiertas con la noticia del más largo viaje, a bordo de la nave que nunca ha de tornar, como diría el poeta Antonio Machado.
Otras veces los amigos se pierden por las distancias geográficas, psicológicas o, y este nos toca a los cubanos en especial, ideológicas. Todavía recuerdo una máxima del castrismo enseñada como mantra inapelable: no se puede ser amigo de un homosexual, un “gusano” o un ladrón. Equiparaba así el totalitarismo la elección sexual y la opinión política con la conducta delincuencial. Cuando pasan los años compruebas que había comunistas “de carroza”, hablaban pestes del régimen en privado y tenían “la mano suelta”. En fin, se habla de lo que se padece.
Hacer y mantener amigos, por otro lado, es un oficio de alto riesgo. Sabemos que no basta la simpatía -caerse bien. Se necesita empatía, que es algo así como “entrar en el otro”, o dicho de modo menos intrusivo, ponerse en los zapatos ajenos. Una vez empáticos, los amigos necesitan abonar esa amistad porque como sucede con el amor o la fe religiosa si no se incrementa, disminuye. El filósofo Aristóteles, uno de los cimientos de la cultura occidental lo dijo con estas palabras: “Algunos creen que para ser amigos basta con querer, como si para estar sano bastara con desear la salud”.
En mi caso he encontrado en Facebook amigos de la infancia, aquellos que no tenían nada en la Isla, y aquí siguen siendo los mismos, aunque vivan en residencias, ganen mucho dinero y manejen autos de alta gama. Son amigos porque según Serrat “Decir amigo/Es decir vino, guitarra, trago y canción/Furcias y broncas/Y en los tres pinos/Una novia pa los dos”.
El equilibrio entre amigos y “enemigos” y personas que no nos quieren tanto dentro de los cuales cabria incluir a los envidiosos -aquellos que gozan con nuestras desgracias- no siempre es posible. Un dato curioso para conocer la verdadera amistad es el trato que nos dan los hijos de supuestos amigos. Como lo que se dice en la cocina de las casas no es lo que se “cocina” afuera, la conducta hosca, poco atenta del hijo de un amigo es una bandera roja que necesita atención.
De la misma manera, la amistad resiste cualquier distancia, desavenencia religiosa o política. Después de muchos años sin verse, los amigos sienten al encontrarse que el tiempo no ha pasado. Y los recuerdos de aventuras y desventuras mutuas son parte indispensable de un dialogo más emocional que racional. Un cambio tajante para nosotros, ciudadanos del Siglo XX, han sido las redes sociales. El siglo XXI nos ha regalado una nueva manera de “hacer amistades”, incluso de conocer parejas no siempre de manera beneficiosa.
En esa línea trabaja Facebook, la plataforma ideada por Mark Zuckerberg en 2003 en la universidad de Harvard como un sencillo portal para pegar fotos y nombres de condiscípulos. Es una red global de 81.6 mil millones de dólares, más que el PIB de varios países juntos. El precio de una sola acción esta alrededor de 600 dólares, y fluctuando. Tiene 3,000 millones de usuarios, y de estos, 2,000 millones diarios; algo así como el 40 % de la población mundial.
Hoy basta con enviar una “solicitud de amistad” a un rostro conocido o que “suene’ como tal, y se crea un “afecto” virtual. Esa persona tendrá acceso nuestro muro y podrá leer y ver todo lo que allí sea publicado. Desgraciadamente la superficialidad de lo virtual hace que las personas compitan por la cantidad de ”amigos”, ‘light” o ‘vistas” en sus publicaciones. No conocen o no han leído a Pio Baroja, el escritor español: “Sólo los tontos tienen muchas amistades. El mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez”. Por esa y otras razones hay quienes renuncian a tener un espacio en las redes sociales. En todo caso, usan un alias, un “avatar”.
En el caso de Facebook y Cuba me limito bastante en lo que envío a un “amigo”, a pesar de que, citando de nuevo Retrato, de Machado, apunto: “ Y al cabo, nada os debo; me debéis cuanto he escrito/A mi trabajo acudo, con mi dinero pago/el traje que me cubre y la mansión que habito/el pan que me alimenta y el lecho en donde yago”.
Suelo ponerme en los zapatos virtuales de quienes están en la Isla, y a quienes, en su mayoría, el régimen facilita los servicios de Internet al precio de su libertad y decoro. No los culpo. Lo entiendo porque yo fui uno de ellos, limitado como estaba a un tiempo en Internet “gratis” y sometido a una férrea censura, además de una pertinaz vigilancia.
Pero he notado que a medida que se deteriora la economía y sobre todo el discurso numantino de la Involución cubana, desaparecen los “amigos” en Facebook. Ya no leen ni comentan, o simplemente borran lo que he pegado en la página, como si en sus computadoras hubiera aparecido el diablo. Es tremendo vivir con ese miedo. Poner la cabeza en la almohada cada noche, y saber que el tiempo de vida es más escaso, y ha sido secuestrado por unos rufianes que tienen ilimitado acceso a todas las televisoras de mundo y a las redes sociales, para, entre otras cosas, bloquear la “amistad” con nuestros hermanos en la Isla.
Afortunadamente esa conducta delincuencial y egoísta ha sido parte de la derrota ideológica y practica del régimen. Puedes bloquear a una persona un tiempo. Pero no puedes bloquear a todo un pueblo todo el tiempo. La estrategia funciona menos, aunque los que quedan en Cuba saben que ser “amigo” de un “gusano”, darle “light” o simplemente reenviar el artículo es una ofensa al dictado de un régimen decrépito, insolvente y obsoleto; que ser ‘ciberamigo” de un opositor se puede pagar con la “la pena de muerte cibernética”. Cual hacendados del trapiche y el cepo, los heraldos de la Continuidad, insisten en que la dotación no aprenda a leer para que no se alebresten con La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789.
Oro porque la Historia cumpla su función sanitaria sin sangre y sin odios. Que los “amigos” que he perdido puedan regresar a las páginas de Facebook, sentarse frente a la computadora o abrir el teléfono y decir “déjame ver que ha escrito hoy este tipo”.


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