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LA CARGA DE LAS SEISCIENTAS*

3 jul
3 min de lectura

Por debajo de la bola (@)

Por Francisco Almagro Dominguez

A pesar de que el mundo está al borde de una guerra global el deporte es un socorrido alivio de tensiones. Esa fue la intención de recrear las olimpiadas, el certamen de la Antigua Grecia que unía a las ciudades-estados de la época; se detenía la beligerancia. Competían grandes filósofos y políticos, entonces atléticos, musculosos, rápidos, no panzones y papudos como los de hoy.  

Durante las guerras mundiales hubo una interrupción breve de los eventos deportivos, aunque la historia relata el curioso hecho de una tregua para jugar futbol en 1914. Los soldados pararon las hostilidades y alemanes e ingleses disputaron un partido de futbol en el mismo terreno donde horas antes habían intercambiado balazos y bombazos.

Fue la intención del primer juego de beisbol entre una novena profesional norteamericana, los Orioles de Baltimore, y una selección cubana en 1999. La iniciativa parece haber surgido desde los Estados Unidos, según cuenta un sacerdote amigo, involucrado indirectamente en el asunto. Primero por el propietario del equipo quien durante años trabajo en ese sentido, y después secundado por el arzobispo de Baltimore, preocupado por la situación social y económica de la Isla. Habría propuesto al cardenal Ortega el encuentro a modo de reconciliar deporte y política.

Los que vivimos aquella interesante confrontación tuvimos una sensación agridulce: mientras los mejores jugadores del mundo, las llamadas Grandes Ligas, estaban a media maquina y disfrutaban una suerte de entrenamiento primaveral, la intención no oculta de los directivos beisboleros y la máxima dirección del Partido-Estado querían demostrar superioridad sobre lo que llaman “pelota esclava” (en psicoanálisis eso se llama proyección). Años después Obama quiso protagonizar una segunda versión con las Rayas de Tampa. Solo que esta vez el pretendido deshielo terminó con un portazo editorial titulado “El Hermano Obama”.

Todo lo cual conduce a analizar la impronta psicopática de un régimen para el cual el deporte no es el ejercicio sano de la competición en la amistad, sino un medio político para alcanzar méritos y conservar el poder. No se crearon miles de centros deportivos desde el nivel infantil hasta el más alto solo porque “el deporte es un derecho del pueblo”, sino como un semillero de futuros campeones hechos en laboratorios para demostrar la superioridad del socialismo sobre el capitalismo.

No fue una novedad insular. Así vino importado de la Europa comunista. Los deportistas de alto rendimiento comían y descansaban a costa del hambre y la incomodidad de sus compatriotas. Mientras un profesional iba en bicicleta a un quirófano, un judoca o un pelotero pasaba por al lado con un flamante 1600. Y no es que no lo mereciera. Es que el cirujano es tan importante, y a veces más necesario, que quien estrella personas contra el tatami, o saca la bola del parque.

Una muestra de la criminal y oportunista utilización del deporte fue cancelarles a los cubanos la oportunidad de ver las Olimpiadas de Los Ángeles en 1984 en “solidaridad con los soviéticos”, y las de Seul, en 1988, esta vez coaligados con el criminal régimen de Corea del Norte. Otra “hazaña” involucionaria fue convocar unos juegos Panamericanos cuando estábamos abocados al derrumbe del campo socialista, o sea, a la muerte por inanición ideológica y económica.

Hoy el mundo entero trata de olvidar tanta muerte y desastres con el más universal de los deportes. Y el régimen, bajo otro pretexto, ni siquiera da el espacio merecido en la prensa oficial. Acaso un breve articulo hace días para criticar el más grande mundial de futbol por caro y los olvidados niños de Gaza (¿o será por lo exitoso que va siendo? ) ¡Que amargados y mezquinos son estos tíos!


*No hacen falta más de seiscientas palabras.

@ Estar arriba de la bola significa para los cubanos estar en el juego.     

 
 
 

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