LA CARGA DE LAS SEISCIENTAS
La mentira liberadora.

Por Francisco Almagro Dominguez
Un viejo adagio tan cierto como una catedral dice que la verdad nos hace libres. Es perfectamente lógico, comprensible. La verdad de las cosas muchas veces subjetiva -que depende del hombre y su circunstancia- es confrontación con la realidad. Mientras para alguien con visión normal el rojo y el verde son colores reales, para un daltónico resultarían confusos. Las voces ofensivas de los transeúntes se sienten verdaderas para un esquizofrénico sin que haya sujeto alguno caminando por la acera contraria. He aquí que la percepción y la subjetividad son detalles importantes a la hora de definir la “verdad de lo verdadero”.
Pero también hay verdades casi absolutas -“casi” es imprescindible. La vida y la muerte son un par inseparable. Nacemos para morir. Solo los seres humanos tienen conciencia de eso aunque los animales presienten la proximidad de la parca. Sin embargo, las religiones desafían esa “verdad” al promulgar que la vida humana pasara a otro nivel de existencia después de la muerte. Sucede con la libertad. Algunos creerán que la libertad es un absoluto. No lo era para los demócratas griegos. Los esclavos no eran del “demos”, ergo, no tenían derecho a ser libres.
Pudiéramos considerar que la verdad es una circunstancia a prueba con la realidad individual. La verdad toma un valor. Adquiere dimensión moral: lo verdadero solo puede estar en función del bienestar del individuo y de la sociedad. La verdad construye. La verdad libera a la persona de todas las miserias humanas y sus egoísmos. En fin, la verdad es en sí misma buena, bella y justa.
La mentira, el antónimo, se basa, precisamente, es la incongruencia. Al no tener asideros en la realidad no admite contrastaciones. La mentira nunca llega a poseer intrínsecamente belleza, bondad y justicia. Lo peor de la mentira es que para sostenerla en el tiempo necesita esfuerzos y no pocas veces violencia. Podría decirse que mentira y abuso son partes inseparables del mismo proceso.
Sin embargo, hay engaños que al ser descubiertos provocan libertades. Libran al sujeto de regímenes mendaces en las familias, las sociedades y las naciones. Cuando alguien se desengaña, comienza un proceso donde se ponen en juicio -con cierto nivel de angustia- todo lo vivido con anterioridad. Al borde de ese abismo solo hay dos opciones: hacer como que no se ha enterado, o iniciar un camino, muy doloroso la mayoría de las veces, para ir por la verdad hasta las últimas consecuencias.
No podría decirse que la mayoría de las personas escojan la primera variante. Mas bien sucede lo contrario: se tienen oídos sordos, la negación como principio. La razón es obvia: una vez que se sabe la verdad esta tortura el alma. Es preferible en muchos casos cerrarle el paso o porque no se puede hacer nada o porque no se está dispuesto al sacrificio. Curiosamente, la mentira descubierta puede ser como el Hilo de Ariadna; al seguir su curso se sale Minotauro opresivo. De ese modo la mentira también libera. Entonces la persona no debe nada a nadie.
Las dictaduras totalitarias con sectas. Su principio y fin es la mentira. Cuando los ciudadanos descubren el engaño, se decantan por creer la mentira para protegerse ellos y su familia. O toman el camino de revisar y reprogramar la existencia en una especie de renacimiento. Las dictaduras suelen caer cuando la violencia no es capaz de sostener sus mentiras. Cuando los ciudadanos, confundidos y manipulados, se dan cuenta de que no han vivido ni vivirán jamás en lo bello, lo bueno y lo justo.



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