LA CARGA DE LAS SEISCIENTAS
Inteligencia Artificiosa

Por Francisco Almagro Domínguez
Evan Hubinger, un exempleado de Alignment Science, compañía de Anthropic, firma que ha creado Inteligencia Artificial (I.A.) acaba de hacer una declaración dramática: se está cerrando la ventana de oportunidades para supervisar las reglas de control sobre I.A. El científico fue secundado por voces al interior de agencias dedicadas al tema. Los riesgos, dice este “chismoso” (en inglés, whistleblower), son evidentes: las máquinas lograrían controlar a quienes los controlan, a los seres humanos; desatarían el peor genocidio de la historia si manos inescrupulosas obtuviesen un ”supervirus” capaz de aniquilar poblaciones enteras, o provocar desastres industriales gigantescos.
Sería como la peor pesadilla de Bradbury y Asimov: los robots se independizan, y adquieren autonomía. No parece que estemos lejos cuando hoy vemos a las maquinas servir en los restaurantes y conducir automóviles sin chofer en las grandes ciudades. No cabe duda de que en los próximos 5 a 10 años el mundo en que vivimos lucirá ajeno, desconocido. La revolución tecnológica se ha acortado de tal modo que los cambios se suceden en menos de una década. La I.A. podría incluso hacer esos plazos menores.
Como ha sucedido en la historia de la Humanidad, los avances científicos y tecnológicos se adelantan a las valoraciones éticas y legales. El marco moral y de justicia casi siempre llega tarde, con toda lógica. Primero se lanza la bomba, se pone la vacuna y después llegan a los hemiciclos, las cátedras y las iglesias. No en pocas ocasiones las consecuencias de los retrasos morales y legales han perpetuado el genocidio y la pandemia.
No es serio negar el inmenso avance que significa simplificar y unir una vasta cantidad de información que “ aprende” exponencialmente. La IA reduce los tiempos de trabajo, unifica el conocimiento, establece hasta nuevas “relaciones de producción” que harían a Marx y Keynes replantearse algunos conceptos categóricos.
Pero sustituir la inteligencia humana por otra “artificial” parece artificioso, una idiotez supina. Bajo esos presupuestos sobrarían los maestros, los libros, las escuelas. Bastaría un robot para cada estudiante. Una especie de autismo docente. La singular relación de crecimiento pedagógico alumno-profesor estaría de más. Solo que un buen maestro no se olvida. La raíz cuadrada, la oración subjuntiva, y la capital de Asia sí. El recuerdo de un formador, lo que es en definitiva un buen maestro, nos acompaña hasta el último día de nuestras vidas.
Esa artificiosa inteligencia es aún más arriesgada cuando se juega con la salud de la persona. En medicina no todo está en la Internet. El robot que opera tiene siempre un humano detrás. Internet y maquina son complementos, no opciones primeras. Y eso se debe a un apotegma tan viejo como Hipócrates: hay enfermos -personas- no enfermedades. Un simple catarro puede ser tan diferente como tantos individuos lo padezcan. El conflicto de la Artificiosa comienza cuando ya el medico no “necesite” tocar al enfermo, preguntar por su familia, mirarle a los ojos sino a la fría pantalla de la computadora.
De ese modo, los primeros pasos de la Inteligencia Artificiosa ya los estamos viendo en los pequeños. Los niños no juegan entre ellos sino con imágenes. No se parten la cabeza ni el mentón. No rompen pantalones ni zapatos. No hacen de los árboles atalayas, casas aéreas. No se meten en los patios ajenos a coger frutas, ni le rompen la ventana al vecino con una pelota de beisbol. Van quedando los abuelos, testigos de otra época, para dar consejos: llevan en el cuerpo las cicatrices de cuando ser niños de “carne y hueso” era un enorme privilegio.



Comentarios