LA CARGA DE LAS SEISCIENTAS
Lo que un dia fuimos

Por Francisco Almagro Dominguez
Monseñor Carlos Manuel de Cespedes me preguntó cuál era el hombre más custodiado en Miami. Dije que para mí era Félix Rodríguez, el cubanoamericano agente operativo de la CIA que había encontrado al Che Guevara. Monseñor sonrió. No, ese señor tiene protección pero no tanto, dijo. Continue: entonces pudo ser Esteban Ventura, jefe de la policía en la época de Batista. El tataranieto del Padre de la Patria lo volvió a negar. “El sicario del traje blanco”, dueño de una agencia de seguridad, caminaba por Miami sin escoltas, afirmó. El Padre Carlos, mi párroco, dijo:
-El hombre más cuidado en Miami se llama Hubert Matos.
Con una sonrisa socarrona dije que estaba equivocado. El comandante Hubert Matos, de los hombres de confianza del Difunto y de Celia Sánchez, había estado 20 años preso, ni un día menos ni un día más. Se le acusó de traición e intento de rebelión armada. De modo tangencial le achacaban la muerte de Camilo Cienfuegos, por quien sentía gran cariño. El párroco de San Agustín, camarlengo y vicario de la Habana, me preguntó si había olvidado su gestión en Camagüey durante los ocho meses en que fue jefe de la provincia.
-El comandante Hubert Matos, como todos los jefes militares rebeldes a cargo de sus territorios, fusiló y encarceló a cientos de personas…esos familiares, están en Miami-. dijo Monseñor.
Todos los exilios han tenido esa complejidad: amigos y enemigos comparten la misma desventura. En el caso cubano, parte importante de quienes enfrentaron a Fulgencio Batista y después combatieron el castrismo, si no murieron, terminaron en el mismo lugar donde estaban sus antiguos adversarios. En ese libro imprescindible de Eliseo A. Diego, Lichi, “Informe contra mí mismo”, escribe que Reinaldo Miravalles ahora estaba donde hubiera querido estar Cheito León.
Resulta curioso cuando alguien nacido después del Triunfo de la Revolución niega haber sido pionero, cederista, militante de la juventud o del Partido, nunca fue a la Plaza ni al trabajo voluntario (¡ah, es que la gente iba obligada!) El exilio viene a ser como la Tierra del Olvido, el “La ciudad del nunca fui”. Aquí nadie tiró la primera piedra (o el primer huevo) en un acto de repudio. Todo el mundo “fue gusano siempre”. Pero acto seguido el impoluto opositor esgrime una insalvable contradicción: “bueno, en Cuba había que estar en algo si quieres ser persona”.
Si no hay delito de sangre, se hizo daño físico o mental a otra persona, y el individuo creyó firmemente -iba a escribir ciegamente- en el proceso involucionario, tiene todo su derecho a cambiar de opinión. Pero como en el confesionario, una vez reconocido el pecado para que exista perdón debe haber arrepentimiento y comprometerse a no volver a las andadas. En la iglesia se exige rezar para que ese perdón sea concedido. En la vida seglar del “converso contrainvolucionario”, que este sea coherente con las nuevas ideas.
Curiosamente, cambiar de “bando” no hace a la persona mejor ser humano. Si la experiencia totalitaria y la frustración no han servido para cambiar el corazón del individuo, hacerlo más tolerante, cuando pasa a la partida anticastrista sigue siendo el mismo esbirro inmisericorde. Las próximas victimas serán los individuos, no las ideas. El alma totalitaria no cambia tan fácil. Solo cambia el discurso, el disfraz del centinela, el cuchillo del fratricida.
Es parte de lo que llamo Efecto Alcántara: nuestra idiosincrasia excluyente del Otro. Quienes defienden al artista como quienes lo adversan están parapetados en subjetividades absolutas. Uno puede tener razón. O ninguno. O los dos.



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