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LA CARGA DE LAS SEISCIENTAS

13 ago
3 min de lectura

El Cangrejo en su laberinto.


Tomado de Unplash
Tomado de Unplash

Por Francisco Almagro Dominguez  

Al inicio de la operación “Limpieza del Caribe” (L.C: por dar algún nombre), y después de la espectacular captura de Nicolas Maduro y la primera combatiente, Cilia Flores,  la administración Trump parecía haber diseñado una estrategia no muy diferente para Cuba. Irían a la busca de una “Delcy” insular que hiciera la “pala” en el derrocamiento de la dictadura. El Departamento de Estado y las agencias de inteligencia deslizaron el rumor de que alguien cercano a Raúl Castro, el poder real como siempre lo tuvo su hermano, era su “hombre en la Habana”.

Resulto ser un nieto el perfilado por las instituciones de espionaje, quien por tener una polidactilia (dedos de más), su propia familia lo apodo el Cangrejo. Su nombre es Raúl Guillermo Rodríguez Castro, y proviene de un linaje de generales y doctores. El individuo, decían, podía susurrar al oído de su abuelo todo aquello que conviniera a la familia, y al pueblo de Cuba. No tenía que hacer otra cosa.  Solo susurrar, como el Trovador del barco Playa Giron. Mientras el resto de la progenie y el circulo castrense más cercano era sancionado, al Cangrejo parecían haberle dado tiempo para la adecuada y sutil murmuración.

Aunque nos duela admitirlo, la inteligencia castrista y el no poco apoyo de la población en otras épocas, han hecho de los Órganos de la Seguridad del Estado cubanos uno de los sistemas de espionaje y contraespionaje más eficientes y eficaces del mundo. Los compañeros de la DGI siempre iban un paso por delante. Tienen a su favor el control total de la sociedad a través de esas atalayas cada cien metros llamados Comités de Defensa de la Revolución (C.D.R.). Tienen la virtud, además, de golpear magistralmente a la riposta: dejar que el enemigo se confie y pegue y entonces ir por sus puntos débiles, que no son pocos.   

Todas las medidas coercitivas hacia Cuba han fallado hasta ahora. Era comprensible. El pueblo cubano se ha “entrenado” en la adversidad, en subsistir con lo mínimo, en saber que la dictadura no tendrá compasión con aquellos que además de las cazuelas salgan a la calle con palos y piedras. Si los gringos esperaban insurrección popular, el 11 de julio fue una vacuna contra la insurgencia callejera: no les temblará el pulso para causar un baño de sangre.  Lo único que los psicópatas respetan es una fuerza como la suya o mayor.  

Llegados a este punto, la administración Trump está a punto de hacer un “papelazo”:  atascados en Medio Oriente, estancados en Venezuela (las conversaciones no hablan de cronograma electoral), el dipsómano sandinista negado a elecciones. Y la gente en Cuba, hasta los más antiyanquis preguntando: ¿y nosotros pa cuándo?  

Aquí es donde el Cangrejo entra a escena de nuevo: aparece en una investigación sobre el tráfico de personas y otras lindezas delincuenciales. Curiosamente es una pesquisa de al menos cinco años, con varios sancionados en las cárceles. Suficientes evidencias incriminatorias. ¿Por qué y para que ahora el Cangrejo? Se había salvado de las sanciones familiares, ¿qué busca Estados Unidos con esto?

Es muy probable que el Cangrejo no haya susurrado bien al oído del abuelo. O la otoesclerosis del nonagenario no le permita oír, comprender que ha llegado el final del abismo que el mismo predijo en un discurso. Un Operativo Especial de la 82 División será necesario para levantar la estima trumpista. Un golpe mortal al corazón y a la sustentación del Continuismo: extraer un crustáceo ostentoso al “Estilo Maduro” en vez llevarse un anciano moribundo.                               

 

 
 
 

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