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LA CARGA DE LAS SEISCIENTAS

17 ago
3 min de lectura

EL Efecto Alcántara

LMOA (Foto tomada de El Estornudo)
LMOA (Foto tomada de El Estornudo)

Por Francisco Almagro Dominguez


Intento dar continuidad y completar el anterior articulo “Tanto va Alcántara a la fuente” en apenas seiscientas de palabras -rigor autoimpuesto para estas columnas. Se ha producido una disyunción de subjetividades, o en términos menos instruidos, el “no macheo”  entre Luis Manuel Otero Alcántara, o Luisma, como lo llaman sus allegados, y la mayor parte de la comunidad exiliada en Miami.

Los antecedentes de ambos son bien conocidos. Luisma es un joven nacido y criado en un barrio marginal habanero que encontró en el arte un medio para vivir, material y espiritualmente. Si lo hizo más o menos bien o mal toca a los críticos juzgarlo. Una parte de los neófitos encuentran los dibujos y los performances no muy “artísticos”. Eso es algo que en el mundo capitalista tiene vital importancia, y quizás Alcántara aun no lo sabe o lo sabía de antemano: si no vendes no comes. Que se lo digan al Desorejado y a otros tantos que no tuvieron la suerte de hacerse famosos en vida.   

Para casi todos los artistas el narcicismo y la soberbia son partes de sus personalidades. La originalidad de la creación, el valor estético, radica en que lo “creado” es irrepetible. Cuando un individuo comienza a ser admirado, premiado, validado como creador, de manera recursiva los rasgos de su personalidad se potencian, y eso podría reflejare en la obra, algo positivo para el arte. Pero no siempre el ser humano que es el creador cuida de si y de su obra. En no pocas ocasiones la fama y el dinero hacen que la obra decline, y también se pierda el ser humano.   

Luis Manuel Otero Alcántara ha dicho que él hubiera podido vivir de su arte en Nueva York. Prefirió quedarse en la Isla. Ser el núcleo alrededor del cual giró el Movimiento San Isidro. Vale repetir la tesis: si no hubieran llamado la atención del régimen o del exilio por diferentes razones, aquello habría languidecido por su poca sustentación teórica y práctica. Pero Luis Manuel dijo que encontró en las protestas del 11J la oportunidad de ir preso.

Fue entonces cuando “alcanzo su definición mayor”, diría el Poeta de Trocadero. La cárcel fue una inversión. Dolorosa. Temeraria. Pero apuesta a futuro que el exilio compró como suele hacer con cada héroe que enfrenta el poder totalitario comunista. Amigos y familiares reclamaron pruebas de vida. Se recogió dinero para su causa. Hubo oraciones: todos fuimos “Luis Manuel”.  

Los policías y los psicólogos dicen: “déjelo hablar, que él solito confiesa”. Llegado a Miami parece que los asesores de imagen no le advirtieron que aquí era con violín. De este lado están las víctimas de seis décadas de asesinatos, torturas, fusilamientos, encarcelados y ahogados en el océano. El exilio esperaba lo que habían “comprado”: un artista injustamente encarcelado cuyo sufrimiento en la ergástula castrista se reflejaba en su físico y su mente -no vengativo, pero negado a “abrazar” a sus victimarios.

Alcántara, desgraciamente, simboliza el daño antropológico del cubano en la Isla. Su discurso es inconexo, irreverente,  como su obra, loa que sería el hazmerreír de los adoradores del dios fálico Hermes. Debo decir que personalmente siento pena por este joven. Con sus palabras y sus acciones muestra una ignorancia casi total del mundo al que ha llegado. ¿Será una maniobra del “aparato” para que el exilio haga una vez más el ridículo?  ¿Padece un Estocolmo pertinaz que lo lleva a decir que desearía abrazar a sus torturadores?  Hasta ahora las consecuencias del Efecto Alcántara son funestas. O será nuestro (D)efecto Alcántara.        

 
 
 

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