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LA CARGA DE LAS SEISCIENTAS

23 ago
3 min de lectura

El Secreto: trabajar

Por Francisco Almagro Dominguez

Foto Unplash
Foto Unplash

I

Un emigrado contento con los sellos de alimentos, el permiso de trabajo,  la ayuda médica, y la escuela gratuita para sus hijos decidió dar las gracias a los norteamericanos. Primero se topó con un blanco fornido de pelo rojo. “Gracias señor por todo lo bueno que los americanos me han dado”. El hombre lo miró con extrañeza. “No soy americano. Soy sueco”, dijo el vikingo.

Entonces tropezó con un moreno rasta. Sin duda es de aquí, pensó. “Oiga, quiero dar las gracias a este país por todo lo que me han dado”. El hombre sonrió: “Perdone. Yo no soy americano. Soy haitiano”, contestó.  

Más adelante vio venir a un asiático. Podía ser hijo de emigrantes. Inició el mismo discurso de gratitud: “Perdone usted, pero quiero agradecerles a los americanos tantas cosas buenas que me han dado a mí y a mi familia”. El de ojos rasgados pareció escudriñarlo a través de la pequeña hendidura entre parpados. “Oh, se equivoca”, dijo, “yo no nacido aquí, sino en China”. El emigrante, contrariado, le preguntó: “Venga acá…  ¿y dónde están los americanos de esta ciudad?”  

El chino miro el reloj y dijo:

-Son las doce del mediodía. Sí, los americanos deben estar trabajando.        


II

El cuento puede tener un tufo xenófobo pero como todo chiste encierra una sabiduría difícil de superar: en los Estados Unidos la gente vive para trabajar y en otros lugares se trabaja para vivir. Puede usted salir a la calle a las tres de la madrugada y vería camiones, automóviles y rastras ir a toda prisa. Los edificios y locales a medio construir permanecen iluminados, y no es raro a esa hora ver como llegan los primeros constructores con sus vasos con café humeante. Antes del amanecer el campo está repleto de laboriosos campesinos, la mayoría emigrantes, quienes evaden a la Migra y el Sol del mediodía.

En las escuelas cubanas nos enseñaron que los Estados Unidos de América era un país rico y poderoso porque se “robaban” las materias de los pobres países del mundo y las elaboraban en sus industrias para revendérselas a esos mismos pueblos muy caras. Sin embargo, el maestro de Geografía no podía ocultar que el país era del tamaño de un continente; tenía todos los recuerdos materiales imaginables, y algunos entre los primeros del mundo. Hoy una gran parte de las industrias americanas laboran fuera del territorio nacional;  dan empleo y seguridad a millones de seres humanos no norteamericanos.

 

 

 

III

El dilema humano del hombre y el trabajo es tan sencillo como entender que sin estimulo, sin obtener nada a cambio, no tiene sentido trabajar. Una máxima de la psicología conductual así lo indica: el individuo se mueve por refuerzos. Cada conducta positiva debe ser reforzada adecuadamente para que se incorpore como natural. No hay que ir a la escuela de economía ni ser filósofo para entender esto. El trabajo es proporcional al grado de satisfacción, espiritual y material, que produce. Es recursivo: a mayor “premio” mayor sacrificio, más trabajo.  Por esa razón el desempleo es catastrófico: depresiones, trastornos de ansiedad y conflictos familiares.

El éxito de capitalismo es reconocer y proteger la libertad individual, el talento y el sacrificio personal en un marco legal. Estimular todo lo anterior. Que el techo sea el cielo. Los Estados Unidos de América han logrado ese balance entre individuo, sociedad y leyes para preservar tales derechos, por demás, inalienables. En eso radica el éxito del llamado “experimento americano”. No reconocerlo es como el hombre del cuento: preguntarse por lo que es evidente.

 

 

 

 

 
 
 

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