LA CARGA DE LAS SEISCIENTAS
El Hambre Nuevo.

Por Francisco Almagro Dominguez
Alla por los inicios del siglo 21 visitaba una playa en la costa habanera. Había uno de los llamados Circulo de Abuelos. Se reunían a jugar dominó, frontenis, y a bañarse en lo que quedaba de los otrora magníficos puentes de concreto. Los constructores del capitalismo jamás hubieran podido imaginar la capacidad ciclónica del socialismo tropical.
Los abuelos vivían en los alrededores, en el también ostentoso barrio de Miramar. La mayoría habían sido artistas, doctores, ingenieros, dirigentes, abogados. Sus casas ahora eran alquiladas a extranjeros como medio de sobrevivencia. Cada abuelo tenía una historia digna de contarse. A uno de ellos lo llamaban El Hambre Nuevo. Frisaba los noventa años. Nadaba más de doscientos metros de una punta a la otra del club.
Tenía un secreto para su fuerza juvenil: comía un solo huevo duro en el almuerzo y otro en la comida. Estaba delgado, pero no tanto como para parecer desnutrido. El Hambre Nuevo tal vez acompañaba el óvulo avícola cocido con un pedazo de pan o alguna fruta. Quizás su dieta era una falacia.
Mirándolo nadar feliz tuve una idea: el hambre material -ya no se diga la espiritual- es una característica inherente al Hombre Nuevo comunista. Por lo menos en la experiencia cubana, el apetito ha acompañado el proceso involucionario casi desde el principio, y no porque se trate de cantidades. Es un problema de calidades, de opciones, de disfrutar lo que apetece. El hambre del comunismo es un no-conocer, no elegir.
La madre de un amigo, intelectual tan lista como crítica ponzoñosa, decía que los seres humanos comían lo que deseaban, y que los cubanos, como los animales, lo que les echaban. Yo imaginaba la bodega-tinaja como un comedero de reses: te echaban pescado por pollo -no te gustaba el jurel- y tienes que comer pescado; te arrojaron a la bodega-abrevadero frijol colorao -nunca te lo has podido zampar porque te da gases- a comer colorao.
El cinismo de los compañeros en la Hacienda está en decir que en África y en América hay millones de personas que se acuestan si comer. Que el gobierno hace un gran esfuerzo para poner pescado -Cuba es una Isla rodeada de mar- y frijol colorao -las tierras fértiles cubanas siempre produjeron casi todo tipo de leguminosas- en la mesa de todos los ciudadanos. Y que en Cuba se come parejo. Bueno, siempre unos comieron más parejo que otros. Yo no vivía en África. Y gracias, compañeros, por el esfuerzo. Nadie se los he pedido.
El Hambre Nuevo significa que muchos no han probado un camarón, ciertas frutas tropicales -extinguidas después del Cordon de La Habana- el churrasco o la picaña. La pechuga de pollo es un lujo: en la bodega- pesebre el ave con sello USA nace con muslo y encuentro. El Hambre Nuevo en ocasiones ha visto los pargos y las chernas en el acuario, jamás fritos sobre la mesa.
Acá en el exilio es donde se cura esa enfermedad, a veces al precio de engordar veinte libras que nunca logran bajarse. Tan pronto llega el emigrante insular, y sin quitarse el salitre del camino, se enreda con el pan con timba y el helado de chocolate. Es un hambre histórico-psicológica: trasciende lo puramente gástrico para hacerse cerebral. Pero ese es tema para otra columna.



Comentarios