LA CARGA DE LAS SEISCIENTAS
Selfie

Por Francisco Almagro Dominguez
Una colega acaba de regresar de Paris y me comenta sobre cosas que la han impresionado en la llamada Ciudad Luz. No es su primera visita. Pero esta vez ha tenido tiempo para ‘zapatearla” y… sufrirla. La intención antes de viajar era recorrer con calma las maravillas del Louvre, y el Impresionismo en Orsay; caminar al atardecer por los Campos Elíseos; una escapadita a las famosas tiendas Lafayette Haussman, vidrieras y techos produciendo la extraña sensación de volver al novecientos; disfrutar alguna obra en la Opera Garnier, sin fantasma y sin apuros.
Lo primero que la frustró en la urbe atravesada por el Sena fueron las colas. Colas para todo, hasta para sentarse a beber un café en uno de los cientos de bulevares que hacen de Paris una ciudad que vive en la calle. Pudiera ser la cantidad de turistas, cerca de dieciocho millones al año. Filas enormes de parisinos y turistas que demoran la infusión hablando de los precios, del plan de austeridad del gobierno con grandes recortes sociales y la congelación de salarios. Una gran contradicción: colas en las “tiendas de marca” donde un sencillo vestido puede costar más de veinticinco mil euros.
El detalle más curioso del Paris actual lo tuvo en el conocido Museo del Louvre. Cuando uno se detiene en el enorme patio rectangular frente a la Pirámide de Pei, comprende por qué la población parisina se lanzó contra Las Tullerías hace más de dos siglos después que María Antonieta, soberbia, dijera que si no había pan de la ciudad que comieran “pasteles”. Momento supuestamente inmortalizado por Delacroix en La Revolución Guiando al Pueblo, -errónea atribución pues se trata de la Revolución de 1830.
Colas también en el Louvre. Pero es lo habitual en uno de los museos más importantes y grandes del mundo. De pronto, y frente a la Gioconda -siempre decepciona el tamaño, tan pequeña y tan famosa-, la colega vio decenas haciéndose selfis de espaldas al cuadro de Leonardo da Vinci. No disfrutaban la misteriosa sonrisa de la Madonna, ni el paisaje detrás del rostro enigmático, tan enigmático como fue en su época la persona detrás de la pintura, Lisa Ghirardini. Probablemente, me dice la colega, pocos “selfistas” sabían los misterios del cuadro; dónde y cómo terminó la obra, regalo del pintor al rey Francisco I de Francia.
Sucede que, como escribiera en su libro La Sociedad del Espectáculo Guy Debord, vivimos por y para la imagen. Es el precio que pagamos por la tecnología y la democratización de la cultura. Contradictoriamente a lo sucedido en la historia humana -Grecia y Roma, Medioevo, Renacimiento, Modernidad- estamos ante el reto de confrontar lo subjetivo, intrascendente y fútil con la verdad, lo bello y lo bueno.
Cada individuo créese en posesión de “su” verdad, “su” belleza, y lo “bueno". Se podrá pensar que es un derecho asertivo, racional. Pero cuando esas imágenes se imponen y condicionan las conductas a través del monopolio de las redes sociales, y de los llamados "influenciadores", como se ha visto en la audiencia congresional a Meta y otros gigantes del ciberespacio, comprendemos el peligro de una subjetividad sin asideros éticos, sin valoraciones estéticas.
Pienso en el selfi, símbolo del "allí estuve yo". Para tomar un selfi, la persona estira “su” brazo frente a la cámara. Se pone de espaldas a lo que desea inmortalizar. Es “su” imagen y será el primero en subirla a “su” nube de “su” teléfono. Quieran o no, lo otros es escenario, momento, relleno. El autor del selfi es ahora y para siempre la verdad, lo bueno y lo bello.



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