LA CARGA DE LAS SEISCIENTAS
Miami no era una fiesta

Por Francisco Almagro Domínguez
Un asere, palabra recién aceptada por la Real Academia de la Lengua, de visita en La Habana a principios de los noventa, fue a visitar a un “socio” que vivía en el Cerro. Con ese lenguaje tan directo y coloquial de quienes ya sobrevivían en el mal llamado Periodo Especial, le preguntó al amigo exiliado cómo le iba por allá. Al no encontrar cómo definir su vida, la respuesta del “miamense” fue: “Chico, yo vivo como vive un ministro en Cuba”. Y paso a enumerar cosas tan materiales como tener un automóvil, irse de vacaciones a la playa, dormir con aire acondicionado, bañarse en la ducha con agua caliente. Pero, agregó, “la pelea es dura, durísima, y lo único que hay que hacer es “resolver” tener trabajo, mi herma, y no tienes que justificar nada”.
Miami se fue convirtiendo en el destino de los primeros exiliados cubanos a partir de los años sesenta, entre otras cosas, porque era el lugar más cercano en geografía y potencialidades. Potencialidades, no realidades. El Miami de principios de los sesenta era un pantano a la orilla del mar para jubilados necesitados de sol, y algunos judíos ricos que escapaban del invierno norteño. Muchos compatriotas siguieron hacia Nueva York, Chicago o Los Ángeles para dar sus primeros “pasos encontrados” con la convicción mayoritaria de que un régimen antinorteamericano por definición y disposición no sobreviviría.
No, Miami nunca ha sido una fiesta. Cuentan los más veteranos en esto de perderlo todo, que al inicio fue el rechazo, quizás lógico, de la comunidad autóctona: no alquilaban ni a cubanos ni con perros. Tuvieron los emigrados de entonces que transfigurarse en los constructores y dueños de sus propias casas y negocios; así emplear a quienes acababan de llegar de la Isla. Tampoco fue fácil para los profesionales; tuvieron que volver a examinar y en otro idioma para aprobar los requerimientos de sus carreras mientras trabajaban en los oficios menos remunerados.
Miami no era una ciudad bilingüe entonces. Tampoco estaba llena de rascacielos. La infraestructura era escasa, suficiente para un par de cientos de miles en el área urbana. Era, además, el lugar donde antiguos enemigos estaban obligados a reconciliarse: el batistiano dio la bienvenida al castrista que lo había condenado al exilio; el dueño tuvo que convertirse en empleado de su antiguo empleado, ahora dueño de una empresa; el médico y el abogado fueron a trabajar a la tomatera de sus antiguos pacientes y clientes en Cuba; los maestros tuvieron que ser alumnos de sus hijos para aprender inglés y las nuevas reglas en un lugar donde no se tomaba café parado en una esquina.
Miami es parte de la Florida, la 14.ª economía del mundo, superior a la de un país como México. No ha habido milagro. Han sido el ingenio, las ganas de progreso y la libertad con responsabilidad. Es el cóctel que ha permitido que el horizonte de la ciudad no tenga que envidiarle nada a Manhattan; que el presupuesto del condado esté cerca de los 13.000 millones de dólares. Que Miami sea hoy el centro financiero y comercial latinoamericano en los Estados Unidos.
Miami no ha dejado de ser un lugar de lucha y supervivencia. Y para trabajar y superarse a sí mismo. Es el único secreto del triunfo. Miami es un “espacio prestado”, como diría Jorge Mas Canosa, para luchar por la libertad de la Isla. Olvidar eso y el propósito último de lo que nos trajo a la Ciudad Mágica es perder el rumbo y la meta.



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