La letra que mueve la Cuna (II).

Por Francisco Almagro Dominguez
La actual desconfianza en torno a la Inteligencia Artificial (I.A) tiene mucho de mediático y también de realidad. Lo primero porque lo apocalíptico siempre vende. Lo segundo, porque han sido precisamente los gestores quienes han alertado sobre sacar al genio de la botella. No es la primera vez que la Humanidad se enfrenta a un dilema ciencia-ética; dónde termina uno y comienza el otro. Acaso son las fronteras borrosas, en las cuales el juicio y la moderación resultan incomodas frente al entusiasmo de avanzar a cualquier precio. Es un conflicto tan antiguo como el hombre mismo, desde el dominio del fuego o la invención de la rueda. Cada avance técnico y científico tiene pros y contras. Las consideraciones morales y legales vienen después, a veces con demasiada lentitud.
En el trabajo anterior hacíamos un breve recuento de la importancia de las letras escritas y la oralidad en el desarrollo humano. Sin duda, las madres y la abuelas crean en los pequeños un universo de fantasías con canciones y lecturas en la cuna. Es curioso porque en los tiempos más remotos, con la llamada división social del trabajo, el hombre se colocó fuera de la caverna en busca del mamut nutricio mientras la mujer quedó junto a la hoguera, de donde proviene la palabra hogar. Un cambio de paradigma surgió en la modernidad, cuando hombre y mujer salieron de casa a trabajar y los chicos quedaron en “guarderías”, palabra que evoca armarios y transitoriedad. Quienes entonces movieron la cuna no fueron siempre, precisa y desgraciadamente, buenas lectoras ni cantantes de catre.
Hoy nos enfrentamos a otro paradigma. No solo mas desconocido sino más retador en el sentido existencial de la palabra. Al advenimiento de las redes sociales junto a la tecnología digital hace un par de décadas, se ha unido la I.A. Un niño de siete años, edad de la fantasía y de la pregunta inocente, puede manejar un teléfono que husmea el momento más íntimo de una pareja. En veinte años el libro de papel ha pasado a ser presuntuosa erudición a simple adorno de repisa. La tableta y el celular bastan para una lectura breve, rápida, sin digestión del contenido. Las bibliotecas escolares ahora son “data center”. Los estantes han sido sustituidos por paredes frías sobre las que se anuncia la próxima feria del libro allí donde no hay libros. Los potenciales lectores son plurisensoriales: no hace falta la vista porque existe el audiolibro. No hay “editorial”; cada escritor -o quien cree serlo- es al mismo tiempo autor, corrector, editor, diseñador y vendedor. En la “democracia del éter” todo vale.
No es difícil imaginar el futuro, no digo aterrador, cuando sean los electrónicos, los juegos digitales y la I.A quienes muevan las cunas de los nietos. ¿Bastará una máquina para crear versos que compitan con Neruda, Emerson, Borges? Un cuento infantil de profunda filosofía humanista superior a Perrault, los hermanos Grimm, Andersen. No se conocerán las obras de Verne, Salgari y Stevenson porque no tienen suficiente violencia y demasiadas pasiones. Los niños podrán construir casas, puentes y aldeas en una pantalla y dejar a un lado el Lego, y aquellas estructuras metálicas donde había que usar destornilladores, tuercas y tornillos. Las “cuquitas” de la niñas no serán de papel sino figuras en un ordenador. Los niños reirán con las aburrida vida de una familia sin saber del hombre que hacía reír, llorar y pensar llamado Charles Chaplin, el generoso y tierno Mister Bean, el humor y la sátira británica de los Monty Python -todos ingleses… ¿casualidad?
La historia humana enseña, más allá de las convicciones religiosas e ideológicas, que la vida en sociedad es pendular. A la oscuridad de la pre-historia sucedieron Grecia y Roma para cultivar a través del arte la belleza y lo bueno. Al egoísmo del Medioevo, concentrando en abadías y scriptoriums el conocimiento, sobrevino el Renacimiento y la Ilustración para liberar la potencialidad del ser humano y crear las universidades. El egocentrismo de la Revolución Industrial y el nuevo reparto colonial del mundo, fueron enfrentados con revoluciones humanistas e independentistas, y se abrieron las puertas de los hemiciclos a hombres y mujeres sin distinción de razas ni credos. El totalitarismo fascista y comunista, secuestrador de toda cultura diversa, contraria al dogma, fueron destronados por la democratización de la cultura a través de las redes sociales y el doméstico acceso a los ordenadores. Colocados ahora ante la amenaza de un nuevo control cultural, el de las “máquinas que aprenden”, puede que sea necesario preservar lo más humano de todo: madres y abuelas cantando y leyendo historias infantiles al borde de la cuna.



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