LA CARGA DE LAS SEISCIENTAS.
12 de Octubre: entre el equívoco y la desventura.

Por Francisco Almagro Dominguez
Al amanecer del duodécimo día del décimo mes el vigía apostado en La Pinta, Rodrigo de Triana, verdadero nombre Juan Rodríguez Bermejo, gritó tierra al disiparse las brumas sobre lo que hoy conocemos como Bahamas. Habían navegado durante 36 días desde Islas Canarias para reabastecerse y continuar marcha hacia el oeste. El que después sería el Almirante Cristóbal Colon confiaba en una travesía de pocas semanas hasta alcanzar la India. Convencido de la redondez de la Tierra hallaría un nuevo camino hacia las especies y otros tesoros, impedido por los otomanos y tribus dispersas en el Oriente. Solo que Colon y otros cartógrafos habían calculado mal el tamaño de la Tierra.
Así, el dilema de Octubre 12 es que fue una equivocación desde el inicio. En las tripulaciones de las carabelas no venían marineros de probada hidalguía, sino hombres sin trabajo ni decencias. Era lógico. Embarcarse hacia los confines del océano, nunca palabra mejor empleada, donde monstruos marinos devoraban barcos y las naos se precipitaban por un abismo infinito no eran aventuras para señoritos andaluces.
Tampoco La Pinta y La Niña se llamaban así. Eran barcos diminutos de algo más de veinte metros de eslora. La Santa María, la más grande y cuyo propietario era Juan de la Cosa, era la nave insignia. Juan era cartógrafo y quizás uno de los más instruidos dentro de la tripulación, cosa que no le valió a de la Cosa para evitar el naufragio de su propio barco frente a las costas de Haití, según el Diario de Cristóbal Colon.
Pero si de engaños y estafas se trata, la del mismísimo Colon parece la mayor: ni había nacido en Genova ni era portugués. El misterio de su origen parece haber sido develado hace poco con el DNA mitocondrial: era judío y con toda probabilidad valenciano.
Para colmo, Colon no llega a la India pero llama “indios” a los habitantes de las nuevas tierras, Guanahaní, Cuba y la isla de la Española. Este equívoco perdura como mofa: quienes vivimos del otro lado del Océano, y al Sur, somo “indios”.
Sin embargo, no todo es desacierto en la historia de Octubre 12. Quienes han llegado al otro lado del mundo traen siglos de adelantos científicos, técnicos, filosóficos e ideas religiosas. También, es preciso decirlo, con el Evangelio cargan la Espada y no pocas enfermedades que se desconocían por estos territorios. Vienen, los de las carabelas y quienes les siguieron, de la Europa de la Reconquista. Y harían todo lo que sea necesario para seguir ampliando los dominios que los reyes católicos habían arrebatado a los omeyas y los nazaríes.
¿Podría decirse que el llamado descubrimiento o encuentro de Dos Culturas fue un evento fatídico? ¿Debería pedir perdón Europa a países donde el sacrificio humano, el canibalismo y la opresión a tribus minoritarias era lo común? Es cierto que el Evangelio vino junto con la Espada… pero ¿no está América signada por la eterna puja entre un “Indigenismo pedestre” y “Europeísmo imperfecto”?
El discurso victimista de una “hecatombe cultural” iniciada el Octubre 12 de 1492 no tiene sustento histórico ni ético. Encubre, como la azarosa travesía, un maleficio: América hispana no acaba de saber a dónde quiere ir porque no sabe muy bien de donde viene. En los últimos doscientos años América Latina, un constructo colonial y no una realidad idiosincrática, anda todavía prohijando reyes y cortesanos; que se pida perdón por lo inevitable: el encuentro de Dos Mundos donde el mejor dotado sobrevive. Ni la Cruz ni la Espada fueron más crueles que el cuchillo de obsidiana.



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