LA CARGA DE LAS SEISCIENTAS*
La Empresa.

Por Francisco Almagro Dominguez
La palabra empresa deriva del italiano impresa, y aunque tiene varias acepciones, la más frecuente es aquella cuyo sinónimo es acción que conlleva riesgos y esfuerzos. Una empresa de tipo productivo tendrá que encarar momentos de beneficios y también de pérdidas. En ambas situaciones, los seres humanos son los responsables de tomar decisiones cuyos resultados serán tan simples como continuar y expandirse o desaparecer e iniciar un nuevo proyecto.
Las dictaduras de izquierda suelen ser a largo plazo más improductivas que las de derecha. En el gobierno total no hay colores ideológicos: tanto los comunistas como los fascistas llevan en su genética el control absoluto del hombre y sus circunstancias, causa eficiente del fracaso. Y las circunstancias, en contra de lo que proponía Ortega y Gasset, no son reformables pues desaparecería el sistema. Por otro lado, las estadísticas económicas son interpretaciones, y esas si dependen de los hombres. En la llamada “sabermetría”, tan de moda en el béisbol actual, los números y las estadísticas no ganan juegos; todo se define por los jugadores en el terreno.
Es así como desde hace varios años se ha hecho necesidad que los economistas manejen elementos de psicología y sociología vinculados a la producción y el mercado. La economía de una sociedad, como el cuerpo humano, trabaja con entradas y salidas de energía: si se gasta o se produce menos de lo que se produce o consume, el paciente enferma y fallece. A esta perogrullada hay que añadir que hay personas cuyos estados mentales ayudan o entorpecen una vida sana. Del mismo modo, una sociedad deprimida, con baja autoestima, o muy agitada difícilmente podrá dar bienestar a su gente.
La empresa, súmmum productivo de la modernidad, depende en primer lugar de quienes las dirigen y quienes trabajan en ellas. Hoy, con los adelantos de la Internet y la conexión global, un solo individuo es toda una empresa trabajando desde su casa. Quizás sea necesario que los economistas revisen lo que suelen llamar la Ley del Valor, y el trabajo socialmente necesario pues la reducción del tiempo de labor no necesariamente disminuye el valor del producto.
Ahora que en Cuba han “descubierto” el valor del mercado y de la empresa como entidad productiva básica, parecen olvidar que el sentido de propiedad es un elemento imprescindible en el éxito o en el fracaso de una empresa. El socialismo ha demostrado que la “propiedad social” es una falacia, y que propiedad-libertad-responsabilidad es un triodo que no puede subestimarse. Pero incluso siendo propietario, la naturaleza humana es impredecible en sus decisiones empresariales. Así lo demostró el psicólogo israelita Daniel Kahneman, Premio Nobel de Economía (2002).
Junto a Amos Tversky crearon la Teoría de las Perspectivas. Este aporte a la ciencia económica plantea que en circunstancias de inseguridad las personas toman decisiones absurdas, contrarias a la “sabermetría”. Las llaman atajos heurísticos o mentales. Según explican, los individuos optan por no perder antes que luchar para ganar. Kahneman y Tversky demostraron como a veces los comportamientos humanos se apartan de la racionalidad y la visión clásica de la economía como modelo predictivo.
La “nueva empresa” cubana pretende seguir ignorando la complejidad e impredecibilidad de los actores económicos. Solo un marco legal que permita estabilidad, libertad y propiedad privada sagrada –“hacerse rico es glorioso”, dijo Den Xiaoping- pudiera generar riqueza y bienestar. Pero eso es imposible en la Isla. En cuanto el peatón cubano se sienta “empresario” y que de él y de nadie más dependa el éxito o el fracaso, el sistema se desintegra.



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