LA CARGA DE LAS SEISCIENTAS *
El Hotel Involucionario.

Por Francisco Almagro Dominguez
Melia y otras compañías hoteleras extranjeras ponen pies en polvorosa. Pero son tan desvergonzadas que insisten en “ver que va a suceder en Cuba”. Ellas han sido parte esencial del neo-esclavismo castrista y de la más insultante segregación de compatriotas que nuestro país haya sufrido en toda su historia.
La ficción del hotel involucionario arranca en el mismo año 1959, cuando el Habana Hilton se transformó en “Libre” y acogió en sus pasillos y habitaciones de fina mueblería a los ‘barbudos” recién bajados de la Sierra Maestra. El Difunto Líder, dicen, era adicto al batido de chocolate que preparaban los maîtres de la cafetería, lo cual hizo, según el relato oficial, que la CIA tratara de poner una capsula de cianuro en la calórica bebida.
Fue la época en la cual el Hotel Habana Libre fue el centro de espionaje y contraespionaje más importante de la Isla. Hasta los ascensoristas eran informantes del “aparato”. En sus habitaciones se cosieron las telarañas de las intervenciones castristas por el mundo sin necesidad de que los huéspedes extranjeros, perdón, terroristas y guerrilleros, se desplazaran por La Habana, ciudad antológicamente chismosa y pendenciera.
Curiosamente, el Habana Libre combinaba entonces, y tal vez como maniobra distractiva, la apertura a los connacionales con la actividad subversiva internacional. Una habitación si no recuerdo mal, estaba entre 21 y 27 pesos cubanos. La piscina y sus famosas cabañitas podían alquilarse todo el día por menos. El servicio en sus restaurantes y cafeterías era excelente. Y remataba la fama el Cabaret Turquino, en el ultimo piso.
Con toda lógica, y contra todo sentido común, el peatón cubano apoyo la idea de robarle a la Familia Hilton la propiedad de quien era su hotel más alto fuera de Estados Unidos. Todo aquel espejismo inducido comenzó a desaparecer con el colapso del socialismo estalinista europeo. Enseguida los depredadores turísticos vieron una oportunidad única: quedarse con los despojos de lo que los “yankis’ habían perdido -más se perdió en La Habana, dirían los Hilton.
Comenzó entonces uno de los episodios más tristes del expolio a la dignidad del pueblo cubano: los hoteles y las playas no serían “lo que tengo que tener”. La gerencia extranjera, respaldada por la cubana, impedía no ya alquilar habitaciones sino el simple paso al recinto. Acaso permitíase ser invitado por un no-cubano a los bares y restaurantes. El pago, por supuesto, era en dólares o en moneda convertible. El apartheid turístico llegó hasta las playas. Delante de los hoteles manejados por cualquier extraño no podía haber cubanos. La justificación era una burla al mambisado independentista: gracias a los extranjeros la Involución podía generar divisas.
Un familiar mío que estudiaba en la Universidad fue a tomar la guagua. Como se demoraba tuvo deseos de orinar. En La Habana apenas hay baños públicos. Enfrente quedaba el Hotel Colina. Pidió permiso al portero. No, no podía pasar si era cubano. Mi pariente suplicó. Al fin el todopoderoso cancerbero dijo:
-Entra y que te no vea el del bar que es tremendo chivato.
Cuando lo que era una necesidad fue un placer, y mi pariente salió el baño, el portero, no se sabe si como escarnio o vergüenza, le dijo:
-Es del carajo ser indio, ¿verdad?
Hace años publiqué una novela sobre la inauguración de un hotel. Se llama Arenas Negras. Es un hecho real. Se la debo a una amiga, extranjera y vinculada al turismo, quien con toda la pena del mundo contó el dolor de ver al pueblo cubano relegado a la enésima categoría.
*No hacen falta más de seiscientas palabras.



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