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LA CARGA DE LAS SEISCIENTAS*

19 jul
3 min de lectura

Cuba: La Monarquía Comunista


Tomado de Unplash
Tomado de Unplash

Por Francisco Almagro Dominguez

Muchos politólogos han considerado que el socialismo estalinista, autoproclamado comunista, o simplemente totalitarismo de izquierda, es un retroceso histórico a las relaciones feudales económicas y políticas. De ser el Rey y la Corte quienes ponen y disponen de todas las riquezas, placeres y licencias de un país, son el Líder y el Partido Comunista quienes ordenan la sociedad a conveniencia. 

Para suerte de la llamada sociedad soviética, Lenin no tuvo descendencia. Stalin, en cambio, hubiera podido posesionar mejor a sus hijos si uno no muere en un campo de concentración, otro comandante y alcohólico terminó preso tras la muerte de su padre, y la hija desertó antes de cargar para siempre con la desgracia del apellido paterno.

En Oriente el paradigma de la Monarquía Comunista es Corea del Norte. Allí han aceptado -o les han hecho aceptar- que la conducción de una sociedad moderna puede trasmitirse de padres a hijos, y también a nietos, incluso bisnietos. La Idea Juche, una creación de Kim-Il-sung no propugna la herencia dinástica del poder pero tampoco la niega explícitamente. Era el único caso conocido en la desafortunada historia del comunismo donde el líder no lo elige el Partido ni el llamado comité central, sino que que ya en vida, como en las antiguos imperios y reinados, se sabe con antelación quien será el nuevo líder. Y era el único caso hasta que Raul Castro asumió el poder en vida de su hermano.

La dinastía cubana recicla la monarquía peninsular con  “pichones criollos”. Los Castro se ciñeron la corona nacional. En eso radica su peculiaridad… y su final. Lo avizoró José Marti en la famosa carta a Gómez, donde explica que una tiranía patria sería peor que la foránea. Era una intuición del Padre Félix Varela, cuando prófugo de la corona hispana fue a morir a San Agustin de la Florida después de que muchos de sus colaboradores se negaron a interceder por su regreso a Cuba.  

En Cuba hubo una toma del poder por la fuerza. Un cambio político y económico. Una trasformación social. Pero el trasfondo de todo, visto ahora a la altura de casi siete décadas, solo ha sido la instalación de un feudo familiar que con el tiempo ha ido mostrando el verdadero rostro. El Difunto en Jefe mentía, como solía hacer, diciendo que todas las decisiones eran colegiadas. Sabemos que era el quien decidía hasta el más mínimo detalle; de ahí las trágicas consecuencias de sus empresas megalómanas, incluyendo las aventuras militares en Africa y otras partes del mundo. 

El detalle de la organización feudal-monárquica en Cuba -o mafioso-familiar para darle actualidad- es importante para comprender que tanto los opositores al régimen como el vecino del Norte no se enfrentan a una ideología, recurso que durante años pareció ser un efectivo disfraz. Enfrentan una estructura vertical donde las ordenes van en sentido descendente hasta el último siervo de la gleba. Los cubanos hemos sufrido lo peor del feudalismo con la violación de los más elementales derechos humanos, junto a la improductividad genética del marxismo-comunismo, fuente de destrucción de toda la autonomía del individuo como creador de riquezas.

¿Qué nos enseña la historia sobre el final de las monarquías? En primer lugar que no siempre se hereda el poder, o el carisma para preservarlo. En segundo término, que la fractura comienza en sentido contrario a como se ejerce la autoridad: de abajo hacia arriba. En tercer lugar, y este puede ser un aporte de monarquía comunista cubana: el extranjero será el único capaz de garantizarles la vida.   


*No hacen falta más de seiscientas palabras.    

      

 

       

 
 
 

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