LA CARGA DE LAS SEISCIENTAS
NARCISUS CUBENSIS

Por Francisco Almagro Dominguez
Acaba de llegar a Cuba una carga de ayuda humanitaria procedente de los Estados Unidos. Forma parte de una partida mayor de 100 millones de dólares. Es una gota de agua en un desierto, económico y moral. En la isla son necesarios los más elementales servicios y materiales. Y mucha vergüenza. Lo interesante del evento no es la donación en sí sino el desdén con el cual la han recibido. Apenas unas notas en los medios nacionales, clonaciones del llamado Órgano Oficial.
El dilema es mucho más sociológico que económico, más cultural que político, más de experimento iconoclasta que de cambio democrático. Todo comenzó cuando la mayoría del pueblo cubano se hartó de tener a un mulato golpista en el poder y creyeron que cualquier alternativa sería mejor.
Con esa falta de “tercera dimensión” que Jorge Manach ya veía en “Indagación del Choteo” (1925), un líder carismático y violento logró convencer a opositores y grandes financistas nacionales que la dictadura del “Indio” debía llegar a su fin. Sin la ayuda interesada de algunos de los ricos y políticos más influyentes de aquella Republica todavía el Difunto estaría en las lomas orientales.
El marxismo clásico niega que la historia la hacen los hombres. Con la hipocresía ideológica que siempre los acompaña, dicen que son los humildes, obreros y campesinos quienes hacen las revoluciones. Los hechos, y no las palabras, confirman que es justamente lo contrario. El líder es esencial. No por gusto la Involución se ha esmerado en matarlos, expulsarlos o invisibilizarlos.
La simbiosis entre Líder y Pueblo tiene muchas aristas, imposibles de exponer en apenas seiscientas palabras. No cabe duda de que Líder y Pueblo deben ser un todo para que la maquinaria del poder funcione sin problemas ¿Adoptan los pueblos el carisma de los lideres? ¿Son los lideres quienes ‘amasan la masa” a su forma y objetivos?
En el caso cubano aún no está suficiente divulgada la influencia de la personalidad narcisista y megalómana del Difunto en jefe en los destinos de todo un país por más de medio siglo. Cuando la mayoría del pueblo comprenda que siguió hasta al barranco a un flautista delirante entonces podrá comenzar el cambio necesario.
El Difunto líder era seducido por su propia imagen. Su falta de empatía con el dolor ajeno, su grandiosidad, la capacidad de mentir y simular sin límites, hizo que todo un pueblo diera todo lo que tenía -hasta los recuerdos de plata y oro de los abuelos- y murieran jóvenes en guerras mercenarias en África y América. Una personalidad desestructurada e inmisericorde -no hay en ningún discurso palabras de amor y perdón- encarnó en lo profundo del pueblo cubano; se unió a lo peor de nuestra idiosincrasia insular, en buena parte liberal, narcisista y presumida de un destino único, glorioso, trascendente.
De tal modo, los comunistas narcisistas de hoy sienten que nada tienen que agradecer. Que el mundo se lo debe todo porque son “un faro de libertad frente al Imperialismo”. Que las deudas son “inmorales” e impagables. Que el exilio tiene una compromiso moral por “irse de su país”, y debe mantener a los que quedaron en la isla porque ellos son la verdadera Cuba.
Es el Narciso en Jefe que llevamos adentro, también donde quiera que estemos o lleguemos, y que no ha desaparecido en una piedra en Santa Ifigenia. Es la “maldita circunstancia del agua por todas partes” que poetizó el gran Virgilio Piñera. Es el narciso que nos hace poner en Hialeah los carteles que advierten que allí también se habla inglés.



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