LA CARGA DE LAS SEISCIENTAS
La Carne

Por Francisco Almagro Dominguez
Mucho se habla hoy día del daño antropológico hecho a los cubanos por el comunismo tropical. Comunismo, así insisten en llamarlo, a pesar de toda la carga negativa histórica que encierra. Quien en la Isla más ha trabajado el tema del daño antropológico es el laico pinareño Dagoberto Valdés. Desde las páginas de la famosa revista católica Vitral, desaparecida en oscuras circunstancias y de la cual no queda traza digital pues parece haber sido borrada de los servidores electrónicos, Dagoberto comenzó a delinear con filosófica pluma lo que en otra época y lugar Hanna Arent hubiese llamado la Banalidad del Mal.
Valdés ha continuado investigando y publicando sobre el tema, porque como bien reconoce, el dilema no es solo el diagnostico sino que habrá que hacer después para recuperar el daño cognitivo, emocional y volitivo de tantos años de totalitarismo comunista -¿es posible el comunismo sin una sociedad vertical donde Estado, Partido y Sociedad Civil son la misma cosa? ¿es humanamente lógico que la Ley de Leyes refrende que hay un solo partido político y una única forma de organizar la sociedad y además que sea “irrevocable”?
Dentro del daño antropológico propuesto por Dagoberto está el daño cognitivo, al que en psicología podemos llamar “errores cognitivos” o “creencias profundas” -una traducción inexacta del Core Beliefs en inglés. Entendamos que lo cognitivo es aquello que pertenece al pensamiento, a las ideas, y que se van formando en la mente humana a través de la experiencia vital, errores y aciertos. Al estar estrechamente ligado a lo emocional, la huella cognitiva es difícil de cambiar; el “mapa cognitivo” que ha sido dibujado en la profundidad del pensar y el sentir del individuo influye en la forma en que ve, comprende y actúa sobre el mundo.
Uno de los perjuicios cognitivos más graves en cualquier sociedad totalitaria es perder la capacidad de elegir. El “diseño” del ser humano tiene en la elección su basa fundamental. Ningún otro mamífero está consciente de tantas alternativas. Los animales no pueden escoger ni la presa. Son cautivos de la oportunidad y sus posibilidades. El ser humano, al contrario, “hace” que las cosas sucedan. Escoge, a diferencia de las bestias, una de las opciones y puede prever sus consecuencias.
En una sociedad totalitaria todo “está previsto” en sentido vertical. El rediseño comunista del hombre crea un tipo que no puede elegir ni siquiera lo que le gustaría comer ese día. Aprende desde pequeño el ciudadano total que hay que comer lo que aparezca, o se “resuelva”. Es una sociedad de Pirámide de Maslow invertida: los de “arriba” deciden sobre las necesidades fisiológicas elementales de la población, y no al revés. La ideología en el vértice. O peor: lo que decida una persona. Todo supeditado a eso.
Tengo dos anécdotas personales que aunque parezcan triviales son ilustrativas. Fui el último en salir de Cuba. La familia preparó un banquete en casa de mi hermana. Cuando más de cuarenta personas saciaron el hambre y el disgusto de nuestra separación, una gata se subió sobre la mesa y atrapó un pedazo un bistec de res. Me levanté enfurecido a quitarle la carne de la boca. Mi hermana me detuvo: déjala, dijo, ya nadie más va a comer ni llevarse lo que queda.
Al otro día los hombres de la familia organizaron un juego de pelota. Compraron hamburguesas de carne y las pusieron en el asador. Relojes y carteras en una mesa aledaña. En medio del juego comenzó a llover como solo llueve en Miami: a cántaros. ¿Para donde fue el “cubiche” recién llegado? No, no hace falta decirlo.



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