LA CARGA DE LAS SEISCIENTAS
EL VIAJE

Por Francisco Almagro Dominguez
“Ella es de buena muchachita… ¡fíjate que los padres viajan!”. “Tiene de todo en su casa… es marino mercante”. “Ellos tienen un grupo musical… son tan buenos que viajan y todo”.
Eran frases en la Cuba de los sesenta, setenta y ochenta. No eran privativas de la Isla. “Viajar” en todo el sistema comunista más que un privilegio era una credencial de confianza. De ahí surgieron tragicomedias fílmicas como Moscow on the Hudson (1984) con Robin Willians. Relata la escapada de un saxofonista de circo en Nueva York. Muestra el lado más tristemente risible cuando aún en Moscu regala a la novia el día de los enamorados un rollo de papel sanitario. “Good bye Lenin” (2003) es, sin duda, la historia más a lo Chaplin: reír y llorar -y recordar- comienza con la deserción de un padre de familia en la mal llamada Alemania democrática.
En los regímenes totalitarios comunistas quienes tenían a posibilidad de conocer el mundo por trabajo, casi nunca por placer -las siempre privilegiadas elites ‘revolucionarias”- chocaban con otra realidad. Muchas veces una experiencia contradictoria y paralizante: nada era tan malo como decían, ni tan bueno como para “quedarse”. Se declaraba “desertor” a aquel que aprovechando la apertura de la jaula y la confianza del celador, se lanzaba fuera y a cuenta y riesgo se internaba en la “jungla capitalista”.
Esos regímenes otorgan a los seres humanos prebendas que son derechos humanos inalienables. Poder salir y entrar de su país sin dar razones es lo habitual donde exista libertad. Es perfectamente comprensible que los sistemas totalitarios apliquen restricciones al libre movimiento por dos razones: los “quedaos” son estímulo para quienes permanecen, y cada emigrante confirma, como dijo José Martí, que el gobierno sobra.
La estructura monopólica sobre los viajes en Cuba empezó a resentirse después de la llamada “Comunidad”. La Oficina de Intereses en La Habana permitió a familiares en la Isla visitar a los suyos en Estados Unidos, algo que otras embajadas imitaron. Ahora no eran solo los funcionarios, artistas y deportistas los afortunados. Se fue creando una nueva clase “no confiable” e independiente; aquellos que para un boleto en avión y estancia fuera del país no dependían del régimen.
El viaje, que siempre para el comunismo insular fue estímulo y control social, ante el “desmerengamiento” del campo socialista trasmutó en salvavidas interior. Sabiendo que un gran porciento no regresaría tras la Cortina de Bagazo durante el eufemístico Periodo Especial, condecían “permisos de salida” a todo aquel con una “carta de invitación del extranjero”. Incluso podía recurrirse a cierta consultoría jurídica para legalizar un “contrato laboral” fuera del país. Aquella fuga en masa se conoció como el Exilio de Terciopelo.
Poco a poco el “quedao” se ha ido convirtiendo de privilegiado viajero en prisionero emocional del régimen. Tan listos como han sido siempre, los compañeros han hecho de la masa en fuga un medio de sobrevivencia a través de las remesas y los viajes de regreso a la improductiva propiedad insular. Hay quienes sin familias ni razones para volver allí, gozan el “viaje” como la persona que nunca le dejaron ser, aunque no haya mucho decoro en un retorno con la cabeza baja.
Hay personas que nunca regresarían a Cuba. Tuvieron que depender de un extranjero para poder salir del país. O pagar el pecado de ser “desertores”, años sin ver a sus hijos o sus padres. No regresarían, dicen, hasta que no desparezcan gentuzas como aquel cínico dirigente cubano quien dijo que los cubanos no podían viajar porque tantos aviones chocarían en el cielo.



Mi buen hermano, como excelente terapeuta de familia que eres, sabes bien que un sistemas disfuncional necesita de alguien que juega un rol homeostático eso hemos sido los inmigrantes y son los que juegan ese rol los que impiden que el sistema de derrumbe, pero hace crónica la disfunción, solo eliminando el que juega ese rol la crisis se hace evidente y se puede tratar el sistema, desgraciadamente y muy bien pensado, es muy difícil de eliminar por el sentimiento de culpa de “abandonar”. “Sería muy inhumano”!
Por tanto no hay posibilidad de tratar la disfunción por el momento, solo si la crisis es tan intensa que sobrepasa la homeostasis y « la hemorragia » es inevitable y « los terapeutas podrán actuar ».…