LA CARGA DE LAS SEISCIENTAS
Tanto va Alcántara a la fuente…

Por Francisco Almagro Domínguez
Colegas, amigos y quienes no lo son tanto me han pedido unas palabras —trato de no exceder las seiscientas— sobre lo que parece llamarse Efecto Alcántara. Después de haber leído decenas de excelentes artículos y otros tantos comentarios, en ocasiones más lúcidos que el propio artículo, me “desordeno” a dar mi opinión. En este affaire siempre se corre el riesgo de ser mal comprendido, o lo peor, ni siquiera comprendido.
Creo que en el exilio casi todos seguimos el llamado Movimiento San Isidro. Un grupo de jóvenes, la mayoría desconocidos entonces, se atrincheró en lo que fue un barrio de lupanares. Nunca quedaron claros ni la meta ni el objetivo. Se trataba, decían, de artistas y opositores en una suerte de barricada cultural en los también confusos tiempos de pre y transpandemia. No hubieran tenido la mayor trascendencia si el exilio y la democracia del éter no los hubieran hecho visibles. No habrían sido otra cosa que incomprendidos hippies tropicales -aunque había allí profesionales y periodistas independientes- si el régimen no los hubiera considerado como contagio ideológico, una chispa en una zona combustible.
De esa historia macarrónica y hasta cierto punto absurda emerge Luis Manuel Otero Alcántara (LMOC). Se dijo que era un artista plástico con premios y sobre todo, performances provocativas. Como en un acto de inconsciente social, tras la primera arremetida contra el artista vinieron los tristes recuerdos de tantos intelectuales sometidos a la invisibilización, al exilio o a la cárcel. La solidaridad con LMOC no se hizo esperar, en Cuba y fuera de ella. Cada carta de advertencia o anunciado juicio al artista era replicada en los medios exiliares, y el sentimiento de impotencia ante el maltrato iba creciendo exponencialmente.
LMOC ha confesado que salió a la calle el 11 de julio con la certeza de que no se la iban a dejar pasar. Quería experimentar “en su piel” qué era el presidio, ha dicho. El régimen lo complació. Pero a medias. No lo puso en un “plan de rehabilitación” ni lo dejó en calzoncillos por no aceptar las reglas. Incluso lo dejó pintar, según él, para evitar una desgracia. Tuvo hasta su cata vaginal insular, y que según él tiene diferente “bouquet” a la amancebada noventa millas al norte.
Y en tanto eso sucedía en la Isla, el exilio tan necesitado de héroes, publicaba cada huelga de hambre, cada tranque en solitario o cada golpiza que recibía LMOC. Oraban por su salud. En varias ocasiones se exigió fe de vida. Todos, como en una telenovela, sufrimos con el personaje-artista, imaginándolo en una celda de castigo infestada de mosquitos y sodomitas.
Hay un interesante fenómeno sociológico: LMOC ha roto la “fuente” llamada exilio. LMOC no se considera otra cosa que un artista que no es de derecha ni de izquierda —palabras suyas— y el exilio no ha podido lidiar con la sorpresa y la frustración de sus declaraciones, ni siquiera tolerar su físico, como el de un deportista de alto rendimiento. En días no se reparan cinco años de malnutrición. A mi mente viene la imagen de aquel contratista yanqui que acusaron de espía por ayudar a los judíos cubanos y lo soltaron con 150 libras menos de peso y sin dientes.
El Efecto LMOC es algo que debe tomarse en cuenta de cara a una nueva Cuba que deberá reconstruirse en el futuro. Parafraseando la máxima filosófica de Heráclito, no encontrarás el mismo cubano dos veces: ni la Isla ni el exilio son lo mismo.



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