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La Letra que mueve la cuna.

hace 2 minutos
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Fragmento de la Biblioteca de San Lorenzo del Escorial, creada por Felipe II en el Siglo XVI. Foto del autor.
Fragmento de la Biblioteca de San Lorenzo del Escorial, creada por Felipe II en el Siglo XVI. Foto del autor.

Por Francisco Almagro Domiguez

El poeta norteamericano William Roos Wallace (1919-1881) escribió estas bellas estrofas: “Bendiciones sobre la mano de las mujeres/Los ángeles custodian su fuerza y su gracia./En el palacio, la cabaña, la choza,/Oh, no importa donde este el lugar… porque la mano que mece la cuna/es la mano que gobierna el mundo”.

Sin duda el poeta quería significar el insustituible valor de las madres en la formación de los hijos. Al leerlo acude la imagen de quien los primeros días de nuestras vidas estuvo ahí para acariciarnos con tiernas canciones; quien leía antes de dormir, con la magia y la voz que nadie ha vuelto a tener. Canciones y relatos que no se olvidan, ni siquiera cuando el Alzheimer devuelve a los hombres la precaria condición de recién nacidos, más frágiles, dependientes, y sin futuro.

Del mismo modo pudiera decirse que detrás de cada ser humano hay una “letra” que ha movido la cuna. Las llamadas “canciones de cuna” no son otra cosa que recitaciones pegajosas, repetitivas historias de elefantes que se balancean sobre la tela de una araña, barquitos de papel y gatos vinagrito, pollitos con hambre y frío. Madres y abuelas, al borde de una camita y sin ataque de nervios, comenzaron a construir nuestro mundo, el de las letras, en el cual viviremos y hallaremos sentido a la vida.

José Martí dijo con esa sabiduría de quien está tocado por el milagro de la poesía, que saber leer es saber caminar, y saber escribir, saber ascender. Lo sabía el, único varón entre mujeres y un padre voluntarioso. Vino al mundo físicamente débil, sin aptitudes para el trabajo físico. Cuando ese padre casi iletrado no comprendió el regalo que le había hecho el Cielo, lo acosó de tal manera que el maestro Mendive debió pedírselo en “préstamo cultivador”. Fue en esa biblioteca, una de las mejores surtidas de la Ciudad, que el niño “Pepe” encontró el universo de letras que cambió para siempre su destino. Doña Leonor había mecido esa cuna con sensibilidad exquisita: no lo olvidaría jamás el Héroe de Dos Ríos.  

Dos de los más grandes escritores que ha dado la Isla, aunque nacieran en lugares tan distantes como Lausana y La Habana, y tan separados en ideologías como ser comunista o católico practicante fueron precoces niños lectores. A Alejo Carpentier y a José Lezama Lima los unía, además de las letras, el interminable ahogo del asma. Ambos contaban que cuando la enfermedad atenazaba los bronquios con crustáceo regodeo, permanecían quietos, en sus camas, rodeados de familiares y libros. Podían oír a otros niños retozando en la calle. Mientras, sus únicos goces eran pócimas aliviadoras y textos que de otra manera y a otra edad ninguno de sus amiguitos del barrio hubieran podido leer. Mario Vargas Llosa decía que aprender a leer era lo más importante que le había sucedido en su vida.

La biblioteca de las casas y las escuelas son fortalezas personales, atalayas, murallas aislantes de lo feo, lo malo y lo falso. Libros y las bibliotecas suelen ser refugios donde encontrar la verdadera libertad, la del alma. Otras veces es la biblioteca donde el hombre se pierde; necesita encontrar la salida en una suerte de laberinto donde no hay hilo de Arianda para el escape sino infinitas tentativas que no son otra cosa que la vida misma. Para Jorge Luis Borges la biblioteca era el paraíso. En el cuento “La Biblioteca de Babel” retoma la idea del Dante; pero en vez de círculos virtuosos infinitos, la biblioteca borgiana está hecha de inmensos hexágonos con libros hasta el techo. Es, también, una idea que recrea Umberto Eco en “El nombre de la rosa”. En la biblioteca medieval se esconde la exaltación de la risa, supuestamente en una poética de Aristóteles.  Sin coincidencias, quien oculta el texto “libertino” en la abadía es el fraile Jorge de Burgos, tan ciego como Jorge Luis Borges.

Sucede en la música que autores geniales que de niños no aprendieron armonía o leer un pentagrama. Hay escritores “naturales” que tampoco fueron de niños grandes lectores. Son casos únicos aunque explicables: crecieron en un ambiente de música, narradores y poetas orales.   El caso del escritor cubano Reinaldo Arenas es a la literatura como a la música pudiera ser Benny Moreé. Arenas diría en su autobiográfica “Antes que anochezca” que llegó primero a la literatura a través de la oralidad; solo después pulió el oficio en una incansable búsqueda de la perfección a través de la lectura de muchos e importantes autores. El “bárbaro del ritmo” haría algo parecido al dirigir talentosos instrumentistas de la época.    

Estamos ante un cambio de paradigmas culturales, con toda la fuerza e irreversibilidad que posee un paradigma, según Khun. El libro y la biblioteca tradicionales, que movieron la cuna desde que los sumerios inventaron la escritura cuneiforme, están cambiando con celeridad. Lo que un autor podía escribir en cuatro o cinco horas, unas quinientas a seiscientas palabras según la meta diaria de Ernest Heminway, hoy un ensayista medio puede hacer el doble o el triple con una computadora y acceso a la Internet. A los editores, cuya función es vender,  priorizan el texto fácil, sin afeites ni barroquismos, párrafos de tres o cuatro líneas.   

¿Qué “letras” moverán y cómo las cunas de nuestros nietos en los próximos años?  Es una reflexión personal que intentaremos discernir en la segunda parte de este trabajo.                     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 

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