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LAS MIL Y UNA...

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3 El primer encuentro.


A quienes venimos del Siglo XX nos cuesta trabajo entender que los primeros encuentros con una potencial pareja se den en el ciberespacio. Las páginas de citas de hoy sustituyen las a ciegas de otras épocas con la ventaja de que se puede saber quién será el invitado… a veces. Pocas personas son totalmente honestas en el llamado ciberespacio; cuelgan en sus cuentas gustos, credenciales, una foto retocada para hacerse jóvenes, agradables, solventes. Hoy la Internet lo aguanta todo, menos la convivencia, que es y seguirá siendo el dilema universal de la pareja humana.

Cada individuo ha conocido a su par de diferentes maneras. Lugares y tiempos que no se parecen unos a otros. En ocasiones la futura pareja se tratan desde niños pues vivían en el mismo barrio, iban juntos a la escuela, las familias se visitaban. Es frecuente entre emigrantes. Asientan en espacios comunes y las familias comparten lugares conocidos. En América es habitual que las migraciones europeas y asiáticas se localicen en zonas donde construyen algo parecido a guetos con el fin de protegerse de la xenofobia y la falta de oportunidades. Paradójicamente, ese “protección” ha dado lugar en ciertos casos a estructuras criminales las cuales terminan extorsionando a sus compatriotas[1].

Los adultos de otras épocas se conocían en los trabajos. Coincidían en fábricas, restaurantes, clínicas, entrenamientos deportivos, oficinas. Estar juntos durante mucho tiempo en el mismo lugar hace que la cercanía física sea un factor importante. El teletrabajo, sin duda, está haciendo que esa dinámica sea cada vez menor. Los amores de estudiantes, y de estos con profesores han tenido extensa literatura. Los alumnos comparten, como los trabajadores, varias horas juntos: tienen tareas, exámenes, conferencias y seminarios. Se habla con frecuencia del “roce” como factor de conocimiento primario. Trabajar o estudiar juntos hace que dos personas entren en contacto. Se agradan y luego se buscan.       

Pero encontrarse ambos en el mismo lugar no basta para que la pareja perdure, sobre todo si la relación entre uno y otro cambia de papel:

 

Julián y Rosa entraron a trabajar en el mismo restaurante a la vez, quizás con unos días de diferencia. Ambos eran meseros, y se atrajeron desde la primera vez que se vieron. Julián tenía la experiencia de haber laborado en el sector gastronómico como cocinero y manager. Rosa no. Su anterior trabajo era como empleada en una tienda. Julián se convirtió en novio y guía: le ensenó cómo arreglar la mesa, colocar los cubiertos, servir los platos, agradar al usuario. Se casaron y Rosa salió embarazada de inmediato. Ella dejo de trabajar por unas semanas, y regresó al restaurante después de parir. A Julián lo habían ascendido a manager del turno. Rosa quedaba bajo su supervisión: Julián parecía un general, el dueño del restaurante, dijo ella; el, que Rosa no hacía nada bien.  Rosa sintió que sobraba y que quizás era más necesaria cuidando al bebe en casa. Pero los problemas continuaron. Fueron de mal en peor. Rosa se quejaba de que Julián no colaborada en casa. El, que Rosa estaba todo el día sin hacer nada, y al regresar cansado del trabajo, debía hacer lo que ella había dejado pendiente a propósito.

En el momento que vinieron a terapia no podían hablar dos palabras sin entrar en una escalada simétrica[2]. Julián se sentaba junto a Rosa y apenas estaba unos minutos junto a ella; Rosa dejaba de hablar. “Hasta que él no esté aquí no voy a decir nada”. Después de un par de sesiones improductivas era evidente el nivel de daño a la relación. En tal caso era imposible continuar con la terapia de pareja. Era recomendable que cada uno tomara sesiones individuales hasta que pudieran establecer un diálogo mínimo. Eran incapaces de aceptar el cambio de roles, y enfrentar la siempre difícil nueva fase del Ciclo Vital: el nacimiento del primer hijo.

 

La atracción física puede ser el eslabón inicial de la cadena de acontecimientos que hace a dos personas comenzar una relación. Tampoco hay reglas para “gustarse”. Nos tropezamos con “parejas disparejas”: los bajitos buscan mujeres altas; las morenas a caucásicos; los jóvenes se fijan en mujeres maduras, y los hombres maduros gustan de chicas jóvenes. ¿Es complementariedad? ¿Son las llamadas feromonas? [3]         

En cualquier caso, en el primer encuentro con la potencial pareja debe haber simpatía. La palabra significa “sintonía” -sim-pathos- con el otro, algo así como caerse bien, aunque no son pocas las relaciones que reportan haber tenido la peor opinión sobre la otra persona al principio:  “era un pesado”, “se creía muy inteligente”, “parecía un tonto”, “no me veía en una relación con ella”.  Hay una segunda etapa que puede rebasar la primera “mala impresión”: la empatía. La empatía, como sabemos, es “ponerse en el lugar del otro”. Ser empático es algo así “vibrar” en la misma cuerda, estar en la misma página, sentir lo que otro siente. Pero simpatía y empatía no bastan para unir como pareja a dos individuos.  

La “goma” que une a dos seres humanos es mucho más. Después de la empatía puede venir una sincera y profunda amistad. Las parejas relatan que lo primero en llamar la atención fue, justamente, la apariencia del otro. Y aquí tampoco hay reglas. Los encantos naturales varían con la idiosincrasia, la edad, la subjetividad de cada individuo. Una joven bella puede enamorarse del hombre más tenebroso del teatro, o de la Iglesia, o ese ser despreciable luchar desde un campanario o un túnel secreto por ese amor imposible[4].  También hay hombres y mujeres ricas, bien parecidos, que sucumben ante los encantos de personas comprometidas[5].

Años después, en una sala de terapia, en una corte de familia, o en un bar de mala muerte, ante la inminente ruptura, recordaran ese momento en que supieron por primera vez del otro. Y en los tres escenarios descritos, el recuerdo hará que al menos la historia en común sea parte indisoluble de cada uno. La pregunta esencial para comprender la “novela de sus vidas” es:

- ¿Y cómo empezó todo?   


NOTAS:     

             


[1] Quizás el ejemplo más conocido sea el de la mafia en Estados Unidos. En los pobres barrios de Nueva York a finales del Siglo XIX y principios del XX se asentaron grandes cantidades de emigrantes italianos y judíos. Ciertos personajes se atribuyeron la “protección” de los demás, y terminaron formando bolsones de pobreza donde las leyes federales no contaban. Es un patrón que se repite allí donde el estado de algún modo arrincona al emigrante y lo entrega en brazos del crimen organizado.  

[2] En teoría de la comunicación humana significa que el mensaje de uno trata de ser superado por el otro “escalando” a otro nivel superior para anula al primero. La escalada simétrica intenta colocar a la otra persona en un plano inferior y de subordinación; al final, ambos no se entienden y es una situación donde puede aparecer violencia física. También existe la escalada complementaria:  los argumentos chocan entre si a un mismo nivel; tampoco hay una adecuada comunicación.  

[3] Hay muchas investigaciones sobre la llamada “química del amor”, donde entran las feromonas, sustancias que emanan los insectos y los mamíferos para comunicarse e iniciar el cortejo amatorio. No se ha comprobado científicamente su papel en la atracción sexual humana. 

[4] El arte ha explotado estas “parejas disparejas” que llevan en sí mismas el conflicto del amor no correspondido. En El fantasma de la Opera (basada en hechos reales)  la novela gótica de Gastón Leroux (publicada en 1910) el ingeniero Erik provoca el miedo para atraer a la corista Christine. Víctor Hugo creo el personaje del Quasimodo, el jorobado, quien se enamora de la bailarina Esmeralda. Ambos, amores imposibles, alertan de que la atracción física no conoce fronteras ni juicios racionales.    

[5] F. Scott Fitzgerald (1896-1940 ) lo novelo al revés en El Gran Gastby: el hombre rico y apuesto que no renuncia a su amor de la juventud a pesar de los riesgos que implica el triangulo amoroso.  

 
 
 

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