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Semana Mayor, y semana peor.

Por Francisco Almagro Domínguez.
El Domingo de Ramos el mundo cristiano celebró el inicio de la Semana Santa, o Mayor, como también se le conoce. Estamos hablando de unos 1,400 millones de católicos, cerca del 18 % de la población mundial. Las denominaciones protestantes celebran la Semana Santa con lecturas bíblicas y oración, al sumar el Cristianismo todo la cifra rebasa los 2,500 millones de creyentes. Las procesiones y las cofradías tienen siglos de existencia, y más allá del evento religioso que es, son parte indisoluble de la cultura occidental.
Es imposible preciarse de ser una persona culta si se ignora que significa este evento. Escritores y artistas plásticos, directores de cine y de radiotelevisión, músicos y actores han hecho de la Semana Mayor parte de su obra. No podríamos entender una Saeta, ni el poema de Antonio Machado, si no lo vinculáramos a las procesiones andaluzas, iniciadas por los Padres Franciscanos en el Siglo XVI. O entender el propósito del autor comunista francés Louis Aragón cuando escribió La Semana Santa, novela ambientada en la época napoleónica.
En toda América hispana hay peregrinaciones que culminan el Domingo de Ramos en las parroquias. Marca el día de la entrada de Jesucristo a Jerusalén, donde tendrá lugar la Ultima Cena, la Pasión -juicio, sufrimiento, crucifixión, muerte -y Resurrección el Domingo de Gloria. Esto viene sucediendo hace cinco siglos, desde que España y Portugal trajeron a estas tierras su idioma, cultura, religión y avances junto, desgraciadamente, con enfermedades desconocidas y no pocos vicios y maldades que aun padecemos. Aunque para ser justos, ni Moctezuma ni Atahualpa eran demócratas ni el canibalismo y las ofrendas humanas en el Teocalli eran practicas muy piadosas.
De esa mezcla, con más luces y sombras, y a las cuales se les unirían los cultos africanos, surgió un continente hibrido cuya idiosincrasia mestiza tiene como base lo judeocristiano, grecoromano, y no en menor grado lo africano; gravitan todos sobre el ideal de preceptos cristianos como la fraternidad -es Cristo quien primero habla del ‘frater”, de hermandad entre los hombres al ser hijos de un mismo Padre-, igualdad -al conferir a hombres, mujeres y niños el mismo lugar en la mesa-, y libertad al propugnar la responsabilidad individual –“al César lo que es del César, al Hombre lo que es del Hombre”.
Si bien la Iglesia en la etapa colonial protagonizó episodios bochornosos, también tuvo al Padre Bartolomé de las Casas, a Fray Antonio de Montesinos, a los misioneros jesuitas en los Andes y en las Cataratas del Iguazú, a los padres dominicos, fundadores de colegios y universidades, a los hermanos mercedarios para liberar de la prisión a los padres de familia. No hay que profesar una religión para saber que el esclavismo es pura crueldad. No hay que ir a la iglesia para ayudar al vecino, al necesitado, a quien sufre por soledad y abandono. Pero la Fe cristiana bien asumida y practicada pone al hombre lentes de aumento; a partir de ese instante, nada humano vuelve a ser ajeno, incluyendo a supuestos enemigos.
Ha sido un mandato universal para los comunistas borrar todo lo positivo del Cristianismo. Presentarlo como “pensamiento mágico”; y al Jesús real, confirmado por diversas fuentes históricas, como una “invención” sin fundamento. La misión de los marxistas ha sido “materializar” el espíritu humano, como si eso fuera posible, al punto de que los hombres solo puedan creer en lo que ven, y no ver más allá de lo que sus limitados ojos permiten ver.
En pocos lugares del mundo el experimento de ingeniería social-espiritual ha sido tan vehemente como en Cuba. Al inicio contaban con una sociedad donde el liberalismo y el pobre vínculo de la Iglesia con las clases pobres hacia fácil el discurso materialista. Algo vino desde la Colonia. El Catolicismo fue fiel aliado del poder peninsular. Solo algunos adelantados como el Padre Félix Varela se opusieron a tal connivencia, al punto de que el Padre debió morir fuera de su Patria. En la Republica, a pesar de muy grandes y olvidadas excepciones, una parte de la Iglesia estuvo muda frente a las dictaduras.
Quizás una honrosa excepción fue el Padre Pérez Serantes, a quien, por cierto, el Difunto Líder le debía la vida tras el Moncada. Eso explica por qué el Padre Pedro Maurice, también arzobispo santiaguero, durante la visita de San Juan Pablo Segundo, dijo las palabras más valientes y certeras que se recuerden en toda la Involución cubana. Lo único que ha faltado a los camaradas cubanos, y no porque a ninguno se le haya ocurrido, es cambiar los nombres cristianos de las ciudades: Santiago de Cuba por el apóstol; Santa Clara por la líder espiritual de las clarisas, cercana a San Francisco; Sancti Espíritu por el Espírito Santo. Han tenido cierta decencia en mencionar a San Cristóbal de la Habana de vez en cuando, pero no al Castillo de los Tres Reyes Magos del Morro… Castillo del Morro y va que chifla.
Hay varias razones para que el comunismo marxista vea como encarnación diabólica la Cruz de Cristo, y en su lugar coloque la tosca Hoz y el Martillo. El materialismo pone todas las esperanzas del hombre en un futuro que no llega –así no podrá llegar jamás-, impidiendo revelarse contra el Hoy, que en las sociedades comunistas resulta insufrible. El Líder comunista es como un Dios vivo, infalible, invulnerable, venerable. Como diría el cardenal Jaime Ortega, para el comunismo el corazón del hombre debe pertenecerle en su totalidad; no puede haber espacio para otras doctrinas.
Este Domingo de Ramos, cuando la tercera parte del mundo celebra la entrada en Jerusalén del Salvador, inicio de la Semana Mayor, Cuba esta apagada y afligida, viviendo otra semana menor. Y no es responsabilidad de nadie más que de quienes han mal gobernado el país como su propia finca. El fracaso de la Involución cubana no es solo su modelo económico, insalvable, un desastre en los cuatro puntos cardinales. Es porque le han tirado desde el primer día a la línea de flotación espiritual de la nación, inventándose otra “religión”, apócrifa, donde los hombres pretenden disponer a sus anchas, como en el Génesis, del Árbol del Bien y el Mal.
La tristeza de la Isla es haber perdido los valores humanos trascendentes, que no son creaciones comunistas. La solidaridad verdadera, que es subsidiariedad; la familia y la amistad –“si no eres revolucionario no eres mi familia ni mi amigo”- el respeto a la libertad individual, que incluye el derecho inalienable a la propiedad privada. Seguirán sin Luz porque el apagón de Cuba es moral. Es el peor de todos. No hay petróleo en el mundo que pueda alumbrar semejante impiedad.

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