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ULTIMOS DIAS DE LA HACIENDA

  • 2 feb
  • 4 Min. de lectura

IMAGEN


FOTO UNPLASH
FOTO UNPLASH

Por Francisco Almagro Dominguez


Siempre me pregunte por qué el ex Máximo Líder usaba el uniforme verdeolivo como si estuviera en perenne batalla contra sus demonios. Una explicación plausible la dio el mismo en varias entrevistas. Nunca dijo lo simbólico del atuendo militar: capitán de todos los capitanes. Dio una explicación más terrenal, diríase utilitariamente creíble: evitar la pérdida de tiempo frente al ropero. Eusebio, llamado por el vulgo choteísta el Leal, fue más sincero. Decía que la camisa y el pantalón gris eran el uniforme de los obreros y técnicos con los cuales trabajaba y, por supuesto, también ahorraba el engorroso trámite de “combinar” la ropa, repetirse frente a un público siempre al tanto de las ostentaciones de quienes pueden hacerlas.

En la época del Difunto Líder la imagen era un asunto de Estado.  Tal vez me traiciona la memoria, pero existía, y tal vez aun exista,  un “departamento de imagen” adscrito al Comité Central. No sabría decir con exactitud cuál era su función, además de recomendar y ocultar la llamada memoria grafica de la Involución. Tal vez comenzaron borrando la imagen de Mario Chanes de Armas al salir del Presidio Modelo junto al Difunto Líder; evitar que alguien se preguntara después por qué ese asaltante al Moncada se convirtió en el prisionero político más antiguo del mundo, superando a Nelson Mandela. Es posible que ahí se hayan procesado las fotos apócrifas del ex Máximo Líder tirándose de un tanque en Playa Girón cuando la batalla era a decenas de kilómetros de allí y estaba ganada. O esconden las comprometedoras fotos de los bacanales marimbistas (¿o marimberos?). Presumiblemente hay un instantánea de José Martí sin bigote, afeitado unas horas antes de partir de nuevo al exilio y morir misteriosamente en Dos Ríos.

Si, una de las cosas que el Difunto Líder conocía y manejaba con maestría era la imagen pública. En el vivac de Santiago de Cuba, después de ser capturado mientras dormía en una vara entierra, salvar la vida gracias al arzobispo Pérez Serantes y sin una foto de agradecimiento que sepamos, se hizo una debajo del cuadro del Apóstol, quizás el mismo cuadro en todos los precintos de la época republicana. Para desgracia de los heraldos de la Continuidad el mundo de la imagen ha cambiado de ser propiedad privada a publica; de poder controlar lo que capta el lente, a ser el lente quien controla lo desconocido.

La democratización de la imagen, como todo, tiene luces y sombras. Cada individuo es un periodista en sí mismo, y sus imágenes se esparcen por el mundo en milésimas de segundos.  Las sombras se esconden detrás de esas mismas imágenes: cuántas son reales, cuantas son creadas por la llamada Inteligencia Artificial, ahora cuesta trabajo saberlo. Quizás el perfil que mejor ilustra el final de la Involución -el retroceso moral e ideológico, el peor de todos- es La Habana apagada y la nombrada Torre K con luz eléctrica en algunos de sus pisos.  Sin duda, es difícil de ocultar no por la altura del adefesio, digo edificio, sino porque se erige sobre lo que hace más de medio siglo fue llamado el París del Caribe, hoy un gran basurero, sediento de agua potable mientras las calles están inundadas por salideros, y en las calles fracturadas rueda un Tesla al lado de un Almendrón-Frankenstein que renuncia a morir.          

Tampoco los jefes continuistas han sido muy cuidadosos con sus propias imágenes a pesar de usar camisitas a cuadros, mezclillas extranjeras, zapaticos de suela blanca. Es el sobrepeso de la mayoría; sobrepeso y pesados, valga la no redundancia. Como la mayoría pasa de los sesenta años no hay otra opción que dejar de comer en los refectorios especiales localizados lejos de otros empleados. Y como el aire acondicionado y el asiento del automóvil enlentecen el metabolismo, deberían renunciar a las dietas que les envían a sus casas. En su favor habría que decir que padecen de cierta candidez iconográfica: o no se dan cuenta del daño que provocan los botones al reventarse, las papadas y pescuezos irreverentes; o se dan cuenta y no poco les importa porque su reinado no tendrá fin y el departamento de imagen ya no está supervisado por un capi di tuto capi.   

A la emblemática imagen de una gran ciudad apagada con velas-hoteles encendidas como un cumple-muerte anunciado, palidecen los basureros en cada esquina, los derrumbes de verdaderas joyas patrimoniales, los rostros prematuramente arrugados de quienes sin ser deambulantes “crónicos” caminan en busca de un malecón que no acaba de secarse.

¿Por qué para esta gente es tan difícil comprender que nadie los quiere ni los necesita? ¿Por qué no comprenden que no lucen bien, ni por fuera ni por dentro? ¿Es tanta su ceguera triunfalista que no les basta la imagen de una ciudad muerta y un candelabro inservible de 42 pisos en la más grande noche triste de Cuba? ¿No les alcanza la razón para darse cuenta cuanto rechazo y animosidad generan en cada noticiero donde sonríen como si nada pasara… o fuera a pasar?  

 

 
 
 

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